Crónicas Mundanas

Crónicas de viajes, viajes no sólo geográficos, sino emocionales, sentimentales intelectuales y mentales.

24/08/2006

Managua o el sentimiento latinoamericano

Fue uno de esos encuentros ambiguos, destinado en principio a la reunión en grado de igualdad (¡submit!), de representantes de universidades gringas y de universidades latinoamericanas. Pero el encuentro se convirtió rápidamente en un acto de pleitesía latinoamericana para con los visitantes del norte. Primero, porque a pesar de la muy eficiente traducción simultánea con la que contó el evento, el idioma cotidiano fue el inglés. ¿Por qué los visitantes, por pura cortesía, no se prepararon para hablar en español? ¿Por qué asumimos tan naturalmente que debíamos hablar, incluso entre nosotros, en el idioma del imperio? ¿Por qué en un país como Nicaragua, con una historia tan tormentosa, generada precisamente por la sistemática intromisión yanqui, se dispuso todo para hacer sentir bien a los prepotentes huéspedes?

La segunda señal ocurrió muy pronto. Después de un breve saludo de bienvenida, la actividad primera fue un tour por la ciudad de Managua. Eso, definitivamente, le dio el tono a la reunión: turismo para los gringos, quienes, de otro lado, llegaron acompañados de sus mujeres y vestidos con el atuendo típico de quien cree que Latinoamérica es un infierno a donde sólo se puede ir de pantalones cortos, pantuflas y camisa de colores.


Pues bien, salimos del hotel Hilton donde estábamos hospedados, ubicado en la pomposa aunque pequeña zona rosa de Managua, hacia el centro histórico, pasando por la catedral nueva, el mirador Tocapa, el malecón


y llegando finalmente a la zona donde tres edificios se destacan: la catedral vieja, el palacio presidencial y el palacio de cultura, antigua sede del parlamento, famosa, porque ahí tuvo lugar el incidente del comandante cero, Edén Pastora en 1978;


y terminamos el paseo en el mirador del Lago de Managua, a la sombra del monumento a Sandino.


Los dos días siguientes fueron de alguna manera más “académicos”, sin embargo, siempre hubo lugar para la fiesta, como la cena en la feria de Masaya, un pueblito a una hora escasa de Managua y donde tuvimos, comida típica, artesanías y espectáculo folklórico, muy bello y todo, pero muy para ellos y muy poco para nosotros.



El segundo día estuvo marcado por dos acontecimientos que convirtieron mi malestar creciente en el retorno a una vieja conciencia, a un viejo sabor: el de la solidaridad latinoamericana, cúmulo de sensaciones que no había vuelto a experimentar desde mis épocas de universitario. El primero de esos acontecimientos ocurrió en el seno mismo del congreso, cuando uno de los actos marginales: la presentación de un grupo de trabajo comunitario, se transformó en una auténtica conmoción.


En efecto, un grupo de jóvenes campesinos, curiosamente liderados por un viejo jesuita gringo que tenía más pinta de hippie que de cura, expuso su trabajo. Los tres miembros del grupo, Solidaridad de Arenal, al principio tímidamente y luego, alentados por la cara de sorpresa del auditorio, con mayor seguridad, nos mostraron su hermosa labor, orientada a recuperar la memoria colectiva, a atender a sus mujeres y jóvenes, a procurar la salud de sus gentes, a respetar el medio ambiente, a fomentar expresiones tradicionales como la cuentería y donde los universitarios que se han formado en la capital o en el exterior, regresan a ayudar a su comunidad y donde el cooperativismo es una verdadera estrategia de apoyo mutuo.

A medida que veíamos las imágenes que daban testimonio de su organización, de la determinante participación de las mujeres, del acompañamiento a los jóvenes, de la forma en que rescatan sus raíces culturales; a medida que nos adentrábamos en ese mundo con sus ferias campesinas, con sus actos culturales, con su bella solidaridad, con su apuesta por la historia propia; a medida que el discurso de las muchachas y muchachos que teníamos al frente con su semblante indígena, con su acento indígena, con su visión indígena, iba subiendo de tono, a medida que comprendíamos el valor de los héroes, de Sandino, claro, pero también de Carlos Fonseca, del Padre Romero, de Bolívar, nosotros y digo nosotros, los latinoamericanos y también los gringos, sentíamos todos que sí hay alternativas, que sí hay esperanza, que sí hay posibilidades.


Y entonces sucedió algo insólito, los gringuitos empezaron a expresar un sentimiento ya no de sorpresa, como de culpa, de contrición. Curioso, pero del todo inocuo, pues la gente de Arenal no cuenta ni con ese sentimiento, ni con ayudas más concretas; han aprendido muy bien la lección histórica, lección que, en contraste, no percibí para nada asumida entre los anfitriones: profesores, directivos y estudiantes de la clase alta nicaragüense.

El segundo acontecimiento ocurrió en la noche de ese mismo segundo día. Fernando Escobar, Méxicano, representante del Iteso, con quien había trabado ya amistad a pesar de nunca habernos cruzado en el camino, me invitó a una presentación suya en la casa de los Mejía Godoy. Fernando, tal y como reza en su semblanza, es un cantautor tapatío que ha incursionado por diversos géneros “en busca del disfrute, el aprendizaje y un poco de comunicación”. Sus primeros años artísticos los dedicó a la interpretación de la trova clásica, explorando la poesía y la composición, luego experimentó con el Rock (con el grupo Prólogo), con algo de música para teatro, con la coral clásica (Coro Providencia), y con el progresivo, en donde probó esa sabrosa mezcla con la trova que supuso la experiencia con el grupo Cristal Líquido.

En su trabajo como solista retoma algunos de esos temas y propuestas, pero exhibe con claridad un proyecto propio, muy personal, como son las canciones que presenta en su producción “En este viaje” (2004) que tuve el honor de recibir de sus propias manos

Ha compartido escenario y grabaciones con artistas como: Pancho Madrigal, Paco Padilla, José Fors, Fernando Delgadillo, Alejandro Fillo, Amaury Pérez, Yahir Durán, Jaramar, David Fillo, Andrés Huerta, Eduardo Ulloa, Gonzalo Ceja, Alberto Escobar, Mauricio Díaz “El Hueso”, y Gabino Palomares, quien en su producción “Historia Cotidiana” (2000), le grabó el tema “Cantamos”.


Y allí, de pronto estábamos en la Casa de los hermanos Mejía Godoy, un lugar mágico, donde se respira un ambiente festivo y de libertad realmente especial. Carlos, el mayor de los hermanos (famoso por su Son tus Perjumenes Mujer, María de los Guardias y Nicaragua, Nicaraguita entre otras muchas canciones que ya antes había escuchado, pero sin mucha conciencia), fue hasta nuestra mesa, saludó efusivamente a Fernando y nos lo robó por media hora, media hora en la que el mexicano nos asombró con su poesía.

Fernando es un magnífico representante de los cantautores latinoamericanos, que son seres que le apuestan a la revolución cultural y mental antes que a la social socialista. Precisamente un poema suyo, presente en “Este viaje”, es como su manifiesto:

Ya sé que pasan los años

Ya sé que pasan los años
Y aunque resulte extraño
Voy tras los mismos sueños
Muero en el mismo empeño
De hacer las cosas a mi manera.

Y no es que tenga madera de profeta,
Ni es por llegar a la meta
Primero que los demás
Tal vez no supe, ni sé
Como hacer trampa al destino

Este timón es un sino,
Roto como mis manos
Roto, y no sé por qué

Ya sé que pasan los años
Y te resultan extraños
Mis jeans y mi pelo largo
Y sin embargo, no es nada
Cuando de ideas se trata,
“eso está bueno”, me dices,
“cuando teníamos veinte
¡Mira tus cicatrices!
No es para gente decente

Cantautor que conserva la esperanza y la irradia con esa fuerza arrolladora que sentimos sus invitados esa noche, cuando tomó su guitarra y nos recordó por qué canta, por qué sigue cantando:

Cantamos

Preguntas los motivos de este canto
Que se alza entre lamentos, entre llanto.
Son muchas las mentiras que has bebido
Son tantas las esperas sin sentido

El viento ya no sabe a hierba fresca
Chapala ya no tiene buena pesca,
En las calles se ha enseñado la tristeza
Andando entre la prisa y la violencia

Preguntas, y no te faltan razones
Si al cabo de los años nada cambia
Y sigue, sin haber explicaciones, reinando el odio sobre las razones
Y entonces… ¿Por qué cantamos?

Cantamos porque huele a primavera
Si bien no es que se anuncie nueva era
Nos trae algunas flores de esperanza
Y tiene otro color, otra fragancia

Cantamos porque el canto es esperanza
Y envuelto en la canción mi pueblo avanza
Quien canta por la vida y por la muerte
No aprenderá a callar ante amenazas

Cantamos porque el niño pese a todo
Sabe mirar al centro de la tierra
No ignoro los cañones de la guerra
Mas no hemos de vencerla a su manera.

Hombre romántico que le canta al amor, al desamor, a la muerte y a la vida, sobre todo a la vida:

Es tan difícil

Es tan difícil no estar junto a ti
Más si te acercas no sé qué decir,
En tu mirada viaja un no sé qué de abril
Tantos recuerdos, tanto porvenir

Como quisiera darte una canción
Que te dijera más que una razón
Viento en las alas, ojos en el corazón
Mirada firme, sin miedo a la ilusión

Sé que te han dicho que el amor termina mal,
-siempre al final-
Y el beso pierde su caudal
Que nada valen tantos años de intentar
“una vez más”
que al fin de cuentas es “normal”
que lo que empieza debe terminar

Pero sobre todo, poeta, Fernando es un poeta y de largo vuelo, o si no, este botón:

De viaje

Junto al ocaso de tus ojos
hace frío
-nada lo quita-

en el viaje de tu risa
sólo el silencio

frío y silencio
(hay un invierno creciendo)

Hombre de viajes, de convicciones, de fuerza y de ternura grande, de una ternura que seduce y que confronta a la vez:

Yo no nací en el mar

Yo no nací en el mar
Pero conozco su abrazo poderoso
Su soledad impostergable
Su vida y su muerte, mi muerte
En el vaivén interminable de sus olas
En su inquietante arrullo de sol… y caracolas
Yo no nací acaso junto al mar
Pero en mis playas anidó también una gaviota
Junto a mis remos juguetean sus peces
Bajo mi cuerpo el agua, bajo mi noche un verso,
Que se repite como tu, con la nostalgia
De soles bebidos por tu boca
De ojos extasiados de horizontes
De soledades y abrazos de risas y llantos
Versos y cantos, de lunas de besos de esperanzas


Ya no sé si fue por efecto del delicioso Flor de caña - once años, que nos bebimos aquella noche o por la energía maravillosa que circulaba en ese lugar, lo cierto es que estábamos embriagados, pero no de licor, sino de amor, de amistad y de solidaridad. En la mesa estábamos un colombiano, varios mexicanos, un venezolano, una salvadoreña, un guatemalteco, varios nicaragüenses y… una gringa que se tiró todo, porque nos tocaba hablarle en inglés, porque se desinhibió vulgarmente y porque terminó mostrando el cobre al invitar a Fernando, no a dar una conferencia, sino a cantar en su universidad gringa; claro los que hablan son ellos, los bufones somos nosotros.



Y luego, la apoteosis: el canto de Carlos Mejía Godoy. Nada mejor para una justa semblanza del cantautor que estas palabras tomadas de su biografía en Internet:

Uno de los compositores e intérpretes más importantes del canto nicaragüense. En los años 60 irrumpió con su "Alforja Campesina", interpretada por Los Madrigales, en toda esa década escribe numerosas canciones que aún no decide interpretar públicamente. Su inserción en el movimiento estudiantil de la Universidad, marca una etapa decisiva, como cronista – cantor de la dramática vida de nuestro pueblo. Así lo vemos aparecer sólo con su acordeón, cantando las primeras tonadas musicales sociales: "desde Siuna con Amor", "Muchacha del F.S.L.N.", "La Tumba del Guerrillero". En esta época es importante destacar su acercamiento a "Los Bisturices Armónicos" con quienes recopila y divulga viejas canciones campesinas.

“Yo no sé cuánto debe la Revolución – reconocía Sergio Ramírez en 1982- a las canciones de Carlos Mejía Godoy, que lograron organizar un sentimiento colectivo del pueblo, extrayendo sus temas y sus acordes de lo más hondo de nuestras raíces y preparando ese sentimiento para la lucha".

Y, realmente, Mejía Godoy – como trovador moderno – contribuyó en forma decisiva gestar esa lucha y su victoria el 19 de julio de 1979”. En los 70, su canto fue arrollador, identificándose con las esperanzas e ilusiones de las mayorías, creando o retratando personajes populares ("Terencio Acahualinca", "Panchito Escombros", "Clodomiro el ñajo", "María de los guardias", siendo esta pieza acaso la de mayor dimensión nacional porque era compartida y disfrutada también).

...Pero también sonaron allí, La Tula Cuecho, Clodomiro el Ñajo, El Almendro deonde la Tere, Quincho Barrilete, Flor de Pino, Palomita Guasiruca, Hacienda de don Merlo, Comadre tengame al niño y El Pocoyito, o al menos eso creo, eso deseo ,que haya pasado...

El último día del congreso fue muy pesado: conclusiones, discursos y sobre todo: guayabo, no por el licor, sino por la certeza de que habíamos sido poseídos por unos instantes nada más, de que la magia se había acabado, de que volver a vivir lo de aquélla noche sería ya un imposible.

Pero quedo agradecido. Con Fernando en primer lugar, por su amistad, su apertura y su canto; con Carlos Mejía Godoy en segundo, por la potencia de su voz, por el poder de su energía vital, por la capacidad de llevarnos a nuestra raíces; y, finalmente, con los amigos que estuvieron allí, compartiendo ese pedacito de felicidad




Managua
Marzo de 2006
Bogotá. 2006

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11/08/2006

El ascenso a la pirámide

La primera vez que tuve la convicción de que moriría una tarde, solitario y lejos de casa fue en México. Había ido a un congreso en el deefe por una semana y el día posterior al de mi ponencia decidí ir de tour a las pirámides de Teotihuacan.

Estuve todo el día fuera, bajo un sol despiadado, recorriendo con desconocidos el camino prefabricado para los turistas. Ya en las ruinas de la ciudad azteca, me sorprendió gratamente el poder de mis pulmones y de mi sangre todavía joven cuando superé, camino a la cima de la pirámide del sol, a un grupo de adolescentes con descarada y fastidiosa pinta de gringos bien que debieron hacer un par de largas estaciones antes de coronar. La vida en Bogotá, una ciudad ubicada a 2600 metros de altura, según me lo han repetido desde chiquito, me había dado esa virtud de la que sólo ahora me hacía consciente. En la cúspide, cumplí cuidadosamente el ritual de recarga energética que me había recomendado un colega antropólogo y disfruté por varios minutos de la espectacular vista que me sugería, con una atracción increíble y misteriosa, todo el poder de la historia albergada en esa calle ahora deshecha: la calle de los muertos.

Regresé al atardecer y ya en el metro tuve un aviso de lo que vendría: un ataque inaudito de claustrofobia que me obligó a bajar varias estaciones antes de mi parada y a caminar por unas calles deterioradas y apestosas a maíz cocido.


Apenas si comí algo y me acosté temprano sin esperar al dueño del apartamento donde me hospedaba, el amigo de un amigo que me había recibido en su casa y que de ese modo me había permitido un ahorro oportuno. Al día siguiente, volví a la sede del congreso, pero el dolor de cabeza que se me había instalado subrepticiamente durante la noche, y que me había estropeado el desayuno, no me dejó ya en ningún momento. Tras el almuerzo, la situación empeoró, así que resolví ir a casa.

Por supuesto no había nadie cuando llegué. Me recosté y me quedé dormido unos minutos. Me desperté con una nostalgia tan profunda que me estremeció hasta las lágrimas. Jamás me había sucedido, ni tras la muerte de mi hermano, ni durante las vivencias de largos años en el extranjero, cuando estuve más expuesto a la separación. Fue como si una potencia extraña se hubiera tomado mis afectos durante el breve sueño y me hubiera sorbido hasta la última gota de esperanza, de esa esperanza que había construido y reconstruido con temple y no sin afugias por años. Una sensación insoportable que me hizo levantarme todavía un poco mareado y decaído. Miré por la ventana del cuarto hacia la calle y entonces sobrevino: una especie de indolencia del mundo que me excluía de su lógica y de sus movimientos.

Afuera, un gato maullaba con la extraña sonoridad del llanto de un niño y los niños llegaban de la escuela, vistosos y tranquilos, y las nanas empezaban a prepararse para salir. Afuera, un sol todavía radiante teñía de miel las fachadas de los edificios, los autos seguían recorridos misteriosos y la gente parecía hacer su oficio con entusiasmo. Desde afuera, el rumor de alguna radio llegaba con la insistencia de una alegría ajena y yo contemplaba todo eso como desde un mirador situado a muchos metros de altura, sin que nadie se diera cuenta, sin que a nadie le importara, como si todo estuviera cumplido y ya no fuera una pieza necesaria del engranaje.

Me alejé de un salto de la ventana y salí del apartamento como si alguna presencia espantosa me hubiera expulsado. Vagué durante horas por las calles de un México que ahora parecía extraño, misterioso y acosador.

Me interné en uno de los túneles del metro y sin pensarlo me subí con una premura inexplicable al tren que estacionaba en ese momento y del que desconocía su origen y su destino.


Sentado en uno de los asientos vacíos, vi entonces el reflejo de mi rostro en el vidrio de una de las puertas de salida que estaba enfrente. La depresión galopaba en mi pecho y pronto se convirtió en necesidad de acabar, de suicidarme, de no darle más oportunidad a la vida, de morir. Llevé mis manos al rostro intentando contener el ansia y lo mantuve encajonado por varios minutos. Sólo escuchaba el ruido del tren sobre los rieles, ni una voz, ni una presencia que viniera en mi ayuda.

Cuando solté las manos, miré de nuevo el vidrio de la puerta de enfrente, pero ya no vi mi reflejo en ella. Horrorizado, sentí como si un pedazo de tiempo se hubiera refundido, como si algo realmente valioso hubiera sucedido mientras tuve agarrada mi cabeza entre mis manos, algo que ya no conocería en mi vida.


Después de varias horas, sin saber muy bien cómo, llegué al apartamento y me envolví en las cobijas a la espera de un amanecer que, como nunca, deseé con todas mis fuerzas que llegara. Pero así como un músculo o un hueso se lesiona de por vida tras algún accidente, así mi ánimo quedó lisiado: basta que me encuentre sólo, recostado en la cama a eso de las dos o tres de la tarde para que toda es barahúnda de sentimientos que alguna vez me perturbó de manera tan inaudita me atropelle con la fuerza de un sunami.

Tal vez fue sólo el efecto de una insolación leve, tal vez cometí alguna imprudencia ante los dioses aztecas, tal vez estaba enfermo, no sé cómo explicar lo que me sucedió, lo único cierto es que fui premiado (¿o castigado?) con la oportunidad de anticipar el tipo de sentimientos que llegarán alguna vez a mi lecho de muerte.


México 1997
Bogotá 2004 - 2006

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Santiago de Compostela o la viveza católica

Algunos de mis sueños más recurrentes tienen que ver con sobrevuelos por regiones desconocidas que sin embargo me resultan familiares. Caseríos medievales, poblados de gente sencilla y trabajadora, volcados sobre ensenadas de mares traidores o a la ribera de vigorosos ríos, como desperdigados por alguna mano poderosa y arbitraria. Si no fuera porque mis creencias me lo impiden, habría aceptado ya que en alguna vida anterior viví en esos lugares.

Mis indagaciones me han llevado a confirmar que las imágenes que sueño corresponden a esa región noroeste del litoral gallego llamada a costa da morte, nombre que produce escalofríos, pero que en realidad proviene de la antigua creencia de que ese lugar era el finis terrae, el fin del mundo, la puerta del más allá, lugar del ocaso, donde el sol se hunde inexorablemente en el mar. Pero también se dice que el nombre atañe al hecho de que a lo largo de la costa se exhiben cruces que recuerdan las víctimas de los múltiples y frecuentes naufragios que se producen en esa ribera desmedidamente recortada, albergue de tormentas y tempestades invernales que las leyendas y mitos han inmortalizado.

El primer “contacto real” con la imágenes de esos sueños lo tuve cuando por pura casualidad vi en la televisión por cable un programa sobre Galicia, realizado precisamente en el formato de sobrevuelo. No pude evitar entonces un profundo sentimiento de arraigo cuando las imágenes mostraron a los oleiros de Buño en plena acción creando sus bellas piezas de alfarería. ¡Quizá yo mismo fui uno de ellos!, pensé en ese momento.

Cómo no respirar el aire salino de Malpica de Bergantiños, cómo no estremecerse con el humor agrio que exudan sus marineros agolpados en el puerto, cómo no errar por entre las callejuelas que cuelgan sobre las rocas, cómo no disfrutar de las vistas del mar desde la parte alta de la zona vieja. ¿Acaso no viví por esos lares? Cómo no admirar el santuario de San Adrián do Mar, si las imágenes de sus romerías se llenaban de un significado secreto, cómo no sentirlo mío si la mirada larga que llega desde sus ventanas hasta las Islas Sisargas se me quedaba extasiada para darle paso a los pulsos de mi corazón. Cómo no confirmar con la sola mención que Beo, Cores y Nemeño son lugares conocidos y transitados. Tal vez viví allí, tal vez me hice matar por una mujer en alguno de ellos, tal vez fue en uno de esos puertos que embarqué para siempre en algún buque fantasma, quién sabe. Cómo no detenerse a orar en la iglesia románica de Mens, donde quizá fui monje superior en tiempos medievales. Cómo no atreverse a subir de nuevo al Monte Branco y disfrutar desde la cima el espléndido encuentro del río Anllóns con el mar que resuena como un bello apareamiento erótico. Cómo no impresionarse con los acantilados de O Roncudo que esconden entre sus quiebres a tanto muerto y a tanto náufrago que todavía cree estar vivo. Cómo no sentir en toda su dimensión ancestral la excitación del origen que causa la vista del Dolmen de Dombate. Cómo no caer en la tentación de pasar unas horas en las bellas y tranquilas playas de Cabana, si sus arenas parecen infinitas.

A medida que avanzaba el documental, me internaba en sus imágenes y me conmovía con la afinidad y la añoranza que me causaba su repaso. Aparecían sobre la pantalla, pero era como si lo hicieran en mi habitación, las dunas de la laguna de Traba que recuerdan que el agua no muere sino que viene y va, va y viene como van y vienen los hilares que mueven las mágicas manos de las palilleiras de Carmiña, cuyos encajes seducen a los hombres. Cómo no adentrarse en el Castillo de Vimianzo, recorrer sus laberintos y enfrentar alguna aventura romántica. Cómo no detenerse en Corcubión a probar los mariscos y el magnífico pescado. Tal vez esas grandes manos mías, y que no sirven para nada en una universidad, hayan sido hechas a golpe de herencias genéticas para la pesca fuerte, para el trabajo duro. Cómo no visitar el Castelo do Cardeal y admirar el Pazo de los Condes de Altamira. Cómo no, finalmente, llegar para quedarse en Fisterra, cómo no volver a sorprenderse con la imagen del sol poniéndose sobre las aguas del Atlántico, cómo no volver a fascinarse con los rocoos acantilados que allí, como en ningún otro sitio, luchan impetuosamente con las aguas del océano. Cómo no ir al castillo de San Carlos y luego parar, para morir, en las playas de Mar de Fora, Langosteira o Estorde,

Y entonces vino la ocasión de un segundo contacto, este más real: la posibilidad de visitar la costa de la muerte, aprovechando un viaje que por motivos de trabajo debía hacer a Madrid.

Dicho y hecho: lo soñado entre tinieblas, lo visto en una mala televisión, se desplegaba ahora ante mis ojos, a medida que avanzaba por las carreteras, caminos y playas que, tras haberme unido a una excursión turística, podía ahora apreciar en su esplendor, y bajo un sol que sus habitantes calificaban de extraño para la época, pero que para mi era como un regalo maravilloso, pues los velos que mis sueños tendían y los efectos del tubo catódico sobre la visión del documental se habían desecho gracias a la luz extraordinaria de ese sol impertinente.


Mi viaje culminó con la visita a Santiago de Compostella, ciudad bella, llena de callecitas laberínticas que conducen irremediablemente a la catedral. Cumplía así y talvez en el orden histórico correcto, con el ritual católico, tras haber hecho el ritual pagano.

La visita a Santiago me dio la certeza de que la región de Galicia había sido una especie de zona de experimentación católica en la que se ensayaron (y se ensañaron) las estrategias medievales de cristianización de lo pagano. Menciono aquí al menos tres ejemplos. El primero tiene que ver con lo que hoy todavía se llama la peregrinación religiosa y la peregrinación profana.




Hay mucha gente de la que hace el Camino de Santiago que después de llegar a la Catedral y de saludar al Santo sigue hasta Finisterra, el sitio que antes del cristianismo era el que merecía la peregrinación de los europeos. Hasta allí llegaba la gente porque se creía que era el fin de la tierra, y esa sensación se percibe hoy todavía. Al menos a mí me causó mayor emoción llegar al fin del mundo que conocer la supuesta tumba de un santo que uno no sabe si en realidad murió por esos lares. Está claro que la intención lograda fue la de darle un sentido cristiano a esas adoraciones paganas, asunto que en su momento tuvo toda la legitimidad, fue en realidad una manera de ordenar los sentimientos, de configurar una especie de identidad, la identidad europea.



Aunque hoy, cuando hasta la misma noción de identidad está en crisis, cuando las grandes ideologías se derrumban, me pregunto ¿para qué sostener la caña? En todo caso me resultó totalmente anacrónico.

Un segundo ejemplo de eso que he llamado la sagacidad católica es el siguiente: en Galicia ha existido siempre mucha espiritualidad cuya fuente es esa cercanía con el fin del mundo que comenté antes. Una de las cosas que los Gallegos desarrollaron dentro de su folklore fue la imagen de la ánimas en pena, o almas que no van directamente al cielo o al infierno, sino que se quedan vagando en la tierra. Era la manera de soportar la desaparición de los cuerpos que se tragaba el mar, debido a los naufragios, a las salidas fallidas a alta mar y todo eso. Hay pues una tercera posibilidad que la iglesia acoge y cristianiza, reconvierte esa idea típica en la idea del purgatorio, lugar de transición entre el cielo y el infierno.

Y fueron, ni más ni menos, los doctores de la iglesia cristiana medieval, los encargados de desarrollar la estrategia discursiva del número tres. Ya no sólo era cielo e infierno, sino también un tercero: el purgatorio. Ya no sólo era el primer advenimiento de Cristo, humilde y difícil, frente al segundo: glorioso y apoteósico, sino un tercero: el advenimiento personal, la apertura de cada quien a la presencia “cotidiana” de Cristo. Esa necesidad tan típicamente cristiana de reconvertir todo lo pagano, de cambiarle el sentido, llevó al descubrimiento de una estrategia discursiva y retórica que definitivamente disparó el pensamiento occidental. Después ya todo es extensión de de esa lógica, no dos, sino tres, no sólo padre e hijo, sino espíritu santo, etc.

El otro caso gallego es el del botafumeiro, esa bella palabra que usan los gallegos para indicar el dispensador de incienso en las iglesias: el aparato que bota fumo, humo, el botador de humo, botafumeiro. Una de las cosas que quería ver en la Catedral era el botafumeiro porque supe de él en uno de los primeros artículos que hablaban de la ciencia del caos o de las catástrofes. Resulta que el botafumeiro es como un gran péndulo cuyo movimiento debe regirse entonces por la ley de oscilación de Foucault, pero han ocurrido accidentes en la Catedral de Santiago de Compostela documentados que indican que no siempre se cumplió la ley de oscilación pendular. Eso llevó a varios científicos a examinar las catástrofes del botafumeiro y a constituir toda una física particular llamada la física del botafumeiro.


Y tuve la fortuna de verlo en funcionamiento, pues no en todas las misas lo ponen a marchar. No puedo negar que es toda una maravilla ver ese gran péndulo oscilando y botando humo, la gente se emociona, y cuando termina su oscilación, cuando ha dejado de moverse sobre nuestras cabezas, se habla de lo que significa ese humo invadiendo el gran recinto de la catedral y subiendo hacia la cúpula, se habla del humo como símbolo de nuestro agradecimiento a Dios y se lo designa como imagen de nuestra comunicación con Él y todo eso. Pues bien, resulta que el botafumeiro se lo inventaron los curas de Santiago para mitigar los olores nauseabundos de los miles de peregrinos que llegaban después de semanas de caminata sin baño y atestaban la Catedral. El botafumeiro es un gran dispensador de humos aromáticos, humos que también son de desprecio y de repugnancia. Y una manera de hacer que esa estrategia tan mundana, incluso tan vergonzosa, tan pagana, tuviera aceptación era llenándola de ese significado espiritual que hoy todavía se expresa en las misas de la Catedral. Una viveza, una más de las vivezas cristianas.

Pero Galicia, estoy seguro, sigue siendo sobre todo tierra de paganos, gente con una espiritualidad que vas más allá de los ritos católicos, que conserva y explora sus mitos, sus leyendas, sus alternativas culturale; tierra indómita, pero tranquila...


Santiago de Compostela, Costa da Morte, 2004
Bogotá, 2006

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9/07/2006

Atrapados en Charlotte

THE SUN IS SO BRIGHT TODAY

El taxista acomodó su cachucha, dobló la pestaña del techo para protegerse del sol y me miró por el espejo retrovisor, mientras la autopista por la que transitábamos se metía con olor y todo por mi ventanilla. “The sun is so bright today”, dijo, y me lanzó una franca sonrisa. Era un hombre dicharachero y amable que, compadecido de mi pobre inglés, hablaba despacio, con frases sencillas, y ayudado de ademanes muy expresivos, de modo que pudiera seguirlo. En realidad yo estaba muy animado, pues apenas habían transcurrido cinco días de mi primera visita a Estados Unidos y ya podía sostener una corta conversación, aunque fuera sobre un tema tan trivial como el clima de Washington. Pero mi jovialidad provenía en realidad de algo mucho más profundo que esa simple comprobación. Durante la corta visita a la “Capital del Imperio” había ido tejiendo, casi inconscientemente, la tenue pero firme convicción de que mis prevenciones contra el sistema norteamericano de vida eran sólo eso: prevenciones. Es más, tenía en mi cabeza planes para volver pronto, con más idioma y algún proyecto concreto que me permitiera ir acomodándome a la academia gringa, única manera de acceder a las disquisiciones más recientes del mundo universitario al que pertenezco. Hasta había hablado con mi mujer acerca de la urgente necesidad de poner a nuestros hijos a estudiar con más disciplina el inglés y planear desde ya el tradicional año de intercambio.

El ambiente no podía ser mejor. A la mañana brillante, a la comprensión del taxista, a mi insólita confianza en el sueño americano, se sumaba ahora la amabilidad de los empleados del Dulles International Airport que a esa hora lucía desocupado y tranquilo. La revisión del equipaje sólo implicó para mí una pequeña molestia: una “special revision”, es decir, pasar por una máquina adicional de rayos X, según se advertía en la tarjeta donde el hombre del counter de la United Airlines consignó la orden. “Tiene razón”, pensé sin apuros ni fastidio: “un colombiano que ingresa por Miami, va a Washington y regresa a Miami, requiere de una special revision”; así que seguí las indicaciones que con tanta claridad había comprendido y fui hasta la máquina con mi equipaje. Hice pasar la maleta por la banda deslizante y puse mi cámara fotográfica y mi teléfono celular en una cestilla. Una y otros pasaron sin ningún problema y hasta le seguí el juego a la chica que aguardaba al final y que se puso a imitar a un fotógrafo con mi cámara, mientras yo recogía los enseres. Sólo entonces me di cuenta que había pasado por la máquina equivocada y que me encontraba en las salas de abordaje. Entonces hablé con la chica, quien sin recelo me indicó el sitio correcto. Allí el procedimiento fue sencillo y sin ningún trauma; es más, creo que el hombre de la máquina estaba completamente distraído.

Volví a la sala de abordaje y busqué un teléfono para hacer una llamada a casa. Debían ser las 7 y 15 de la mañana en Bogotá, cuando entró la comunicación. Le dije a mi mujer que en media hora abordaría mi vuelo a Miami y que la llamaría en la noche. Todo permanecía apacible y el sol seguía brillando en Washington… Pero, ¿acaso otra persona en mi lugar no habría aprovechado que ya estaba en la sala de abordaje para pasar su equipaje al avión, máxime si había algo que ocultar en él? ¿No había demasiado relajamiento en los funcionarios del aeropuerto? ¿Qué era preferible: la incomodidad de una medida de seguridad bien ejecutada o esa holgura que había disfrutado como consecuencia —eso creí— de la confianza, propia del sistema americano de vida? No podía ni quería hacerme esas preguntas. La atmósfera de calma era insuperable. Así que estaba lejos de imaginar que a esa hora dos (o quizás más) terroristas se paseaban a mi lado, preparados para incrustar en la Sala Oval un avión con 70 pasajeros y combustible de sobra como para acabar con todo el downtown. Lo único que me llamó la atención fue la desfachatez de una mujer que dormía en la sala de espera y el rostro casi infantil de un hombre con cabeza rapada que parecía medio despistado.

ESOS OJOS

El avión despegó a las 8 y 45, hora de Washington: justo el momento en que ocurrió el choque contra la primera torre gemela en Nueva York. No debía haber más de 40 pasajeros en un aparato con cupo para 150. Detrás de mí se sentó un hombre al que había escuchado hablar por su celular en español caribeño. Pero más que este detalle estratégico, fueron sus ojos los que llamaron mi atención: unos ojos que, de golpe, involuntariamente, forzaron mi memoria a recordar, sin resultados, dónde los había visto antes. En la misma fila mía, pero al otro lado del pasillo se sentó un hombre moreno y corpulento. Pensé que podía ser árabe. Hacia las 9 de la mañana, empezaron a servir el desayuno. Cuando terminé, pedí un café y alcancé a disfrutar unos sorbos. En ese momento noté un gran nerviosismo y movimientos acelerados del personal de servicio. Una de las azafatas prácticamente me arrebató la taza de café. Simultáneamente el Capitán anunció algo que no comprendí muy bien. Entendí, sí, que había que cambiar la ruta del vuelo y entonces pensé que el huracán, que por esa época amenazaba las costas de Florida, había afectado el clima en Miami y que por eso no podríamos aterrizar allí. El Capitán invitó a sintonizar las noticias en el canal 4 de la radio, habilitado ahora para que los pasajeros pudieran oír los informes. Entonces escuché que había ocurrido un atentado en Nueva York, pero no entendí más. Eran las 9 y 25 de la mañana. A esa hora, mi mujer seguramente ya había visto en Bogotá, en vivo y en directo, el choque del segundo avión contra la torre sur. Yo apenas si podía imaginar la explosión de un carrobomba en algún lugar público de la capital del mundo: ¡mi repertorio personal de imágenes no daba para tanto!

Los demás pasajeros permanecieron serenos, pero al advertir que varios empezaban a utilizar sus celulares, comprendí que algo realmente grave estaba sucediendo. En ese momento el avión comenzó a desviar su ruta hacia el aeropuerto de Charlotte, North Carolina, a donde aterrizamos a las 10 de la mañana. Durante la media hora que estuvimos parqueados antes de ingresar al muelle, pude enterarme de los detalles del atentado y de las medidas que se estaban tomando, gracias a la versión en español caribeño de las noticias, que amablemente me suministró el hombre de los ojos fascinantes. La mujer que dormía en la sala de espera y el hombre que parecía árabe se acercaron para enterarse también, y supe así que una era turista uruguaya y el otro un argentino residente en Miami.

Ingresamos a las 10 y 30 al muelle principal del aeropuerto y la primera imagen televisiva que vimos fue la del derrumbe de una de las torres. Pese a lo increíble de esta impresión, yo seguía sin sentir nada. Curioso: no sentí ni temor, ni pesar, ni siquiera regocijo, no sé si por efecto de la anestesia que ya cargo en mi sangre, gracias a la cotidianidad del terror en el país, o porque me parecía, inconscientemente, que el asunto, más allá de lo audaz, era natural (algún día les iba a tocar a los gringos) o porque no tuve el privilegio de ver en directo las imágenes de televisión y entonces no actuó sobre mí la máquina de visión. No sé, fue como si el asunto hubiera ido creciendo sólo poco a poco, muy lentamente en mi conciencia.

No hubo manera de comunicarme inmediatamente con mi casa y el nerviosismo se apoderó del lugar. Después de recoger los equipajes, movidos más por la fuerza del desamparo que por algún propósito claro, los cuatro latinos volvimos a reunirnos en uno de los corredores de la planta baja del aeropuerto, que a esa hora, debido al represamiento de los vuelos ordinarios y a la llegada de otros 20, desviados de su ruta original, era todo un caos. Mientras tanto tuvimos la oportunidad de intercambiar nuestros nombres y de conocer algunos datos: La mujer uruguaya se llamaba Mónica, El argentino que parecía árabe, Fernando, y el hombre de los ojos fascinantes, Carlos, era puertorriqueño, vivía en Washington y se dirigía a Miami para asistir a una reunión de trabajo.

Al conocer mi procedencia, Carlos lanzó una cuestión que me dejó frío. Esto dijo textualmente: “¿si sabes que a Fabio Ochoa le tenemos una cómoda celda para que pase sus próximos cincuenta años en los Estados Unidos como debe ser?”. Quedé algo molesto, pero sobre todo muy inquieto. ¿Quién era este hombre que se expresaba así de una situación que no debía ser de fácil conocimiento para el ciudadano medio norteamericano? Preferí no reaccionar. Pero mi malestar creció con la expresión exagerada de su indignación por lo que acababa de suceder. Hablaba usando la primera persona del plural como si de verdad fuera un norteamericano de pura sepa. Pedía venganza y una retaliación inmediata. Fue entonces cuando recordé dónde había visto esos ojos.

Estábamos sentados en unas sillas dispuestas sobre uno de los corredores del aeropuerto. Al frente estaban los equipajes de los cuatro. Mónica y Fernando habían ido a averiguar si la aerolínea asumiría los gastos de lo que parecía una inevitable estadía en Charlotte. Carlos seguía profiriendo sus expresiones. De pronto, lanzó un violento, irracional, inesperado, puñetazo sobre la maleta que hacía de mesa y juró estar dispuesto a desempolvar su uniforme de la Fuerza Aérea e ir a dónde se le ordenara… Ese mismo golpe, sobre una mesa, esa misma indignación, esos mismos ojos inyectados de rabia, habían estado al frente mío, casi 16 años antes, en una tienda del centro de Bogotá. Fue el día de la doble Toma del Palacio de Justicia. Otro Carlos, también caribeño, había jurado, con la misma ira, volver al monte, volver a sus andanzas guerrilleras, por lo que consideraba era el mayor atropello del Estado contra las fuerzas progresistas del país. Dos tragedias, dos símbolos destruidos, dos hombres indignados, uno de la izquierda, otro de la derecha, confluían ahora en mi confundida y asombrada memoria.

ATRAPADOS EN CHARLOTTE O LA FICCIÓN SE HACE REALIDAD

Hacia las 2 y 30 de la tarde, cuando ya el aeropuerto estaba semi vacío, decidimos ir en grupo al Counter de United Airlines para solicitar algún remedio a nuestra situación. En ese momento, el hombre de cabeza rapada y medio despistado se unió al grupo. Era un judío, de nombre Nuni, que no hablaba nada de español, pero sí muy buen inglés. Sería el hombre clave para nuestras comunicaciones.

A la grata sorpresa de haber sido atendidos con toda la consideración por los funcionarios de la United, se sumó enseguida la zozobra de saber que nos estaban sufragando hospedaje y alimentación por tres días. “Esto va para largo”, fue la triste conclusión. De ahí en adelante nuestro estado emocional se asemejaría a un péndulo que no dejaba de oscilar entre la tensión y la tranquilidad, entre la tristeza y el humor, entre la serenidad y el desamparo, entre la soledad y la fraternidad. Quizá la sensación más cercana era la que se podía tener si, tras haber sido invitados a una espléndida fiesta, de pronto el dueño ordenara cerrar las puertas e impedir que sus invitados salieran de la casa. Impresionante, eso sí, la disciplina social y la adherencia con la que reaccionó la gente norteamericana. Se había garantizado la seguridad, aunque el precio fuera sentirse secuestrados por un tiempo.

Cada uno cumplió su función. Mónica, una mujer con más de 50 años en su cuerpo, pero aún bella y con un espíritu de adolescente, fue la encargada de animarnos continuamente. Fue ella quien descubrió la piscina en aquél hotel de camino, agradable pero aislado del mundo; fue ella quien se atrevió a explorar los alrededores, quien encontró el café donde vendían el frapuccino y las tortas que endulzarían nuestras cenas. Era ella quien nos llamaba a las habitaciones y nos citaba en el lobby, quien nos despertaba en la mañana y nos sacaba del cuarto, un lugar cómodo, pero donde nos hacíamos propensos a la depresión y a la pena. Fernando era el hombre jovial y apacible, que no le ponía problema a nada, dispuesto siempre a colaborarnos, especialmente con la comunicación a Miami, a través de un celular divertidísimo que él había programado para que sonara de manera distinta para cada emisor, de modo que terminamos conociendo cuándo lo llamaba su novia, la negra o cuándo su amigo, el cabezas. Gracias a Fernando supimos de la evacuación en el aeropuerto en Miami, del pánico que se había apoderado de la ciudad, de las cosas que sucedían allí. Nuni, a pesar de las dificultades del idioma, era el hombre realista e irónico. Con su humor, su inteligencia y su ternura nos hacía más agradables las comidas y los encuentros. Con Carlos nos vimos poco. Su obsesión por volver a Washington lo alejó del grupo. Sin embargo, lo vimos más tranquilo y siempre estuvo atento a cooperar, aunque la habitación del hotel era su lugar favorito.

Mi función no estuvo clara hasta el momento en que, después de hablar un rato con Mónica sobre literatura española contemporánea y sobre Pérez-Reverté en particular, ella me regaló una novela que acababa de leer, lo cual me obligó a vencer mi escrúpulo y a obsequiarle un libro de cuentos de mi autoría que no había distribuido en Washington. “Tienes que escribir nuestra aventura”, me dijo Mónica, casi como una orden. Entonces lo supe: había estado allí para observar, para tomar notas, para preguntar, para pensar, en fin, para realizar la gimnasia propia del escritor que tiene necesidad de contar algo. Ser el cronista de la aventura: Esa era mi tarea.

Fue entonces cuando recordé que hacía por lo menos diez años había descrito una situación parecida en una de mis novelas. El fragmento se llama, precisamente, “atrapados”, y narra en forma esquemática la peripecia de unos personajes aprisionados inesperadamente en un edificio bombardeado y aislado por efectos del ataque de fuerzas oscuras a la ciudad. Estos personajes se encuentran de pronto en la absurda y arbitraria necesidad de encontrar la salida al sitio y pronto terminan hostigados por sus propias situaciones personales. La narración desarrolla ciertas fuerzas de tensión, ciertos resortes dramáticos generados por la heterogeneidad, que ahora me resultaban extrañamente familiares, como si, inconscientemente, hubiera anticipado en mi escritura lo que después habría de vivir. Sólo esperaba que el final no fuera tan dramático como en la novela... Por fortuna, así fue.

VIAJE POR CARRETERA O TODAVÍA HAY TIERRA PARA MUCHOS NORTEAMERICANOS MÁS

El jueves temprano nos vimos abocados a tomar una decisión. Según se supo por las noticias locales, definitivamente no podríamos volver vía aérea a Miami. Todos estábamos ya demasiado tensos y ansiosos como para seguir esperando, y resolvimos por eso probar otro medio. Pero no pudimos conseguir tiquetes de tren ni de autobús. Medio acongojados por esta dificultad y ante la perspectiva nada interesante de pasar un día más en aquél hotel remoto, nos reunimos en el lobby para discutir alguna solución. Encontramos a Carlos allí, aguardando un taxi que lo llevaría, según nos dijo, hasta una agencia de alquiler de autos. Nos ofreció el número telefónico de la agencia y así, un poco más tarde, pudimos arreglar para nosotros un viaje por carretera. Carlos lucía alegre y de muy buen humor. No era para menos: se iba a reunir con su familia en unas horas, algo que todos nosotros deseábamos intensamente. Cuando llegó el taxi, Carlos se despidió como un auténtico camarada, nos ofreció su casa para nuestra próxima visita a Washington y distribuyó unas tarjetas con sus datos de trabajo. Me ví muy sorprendido con lo que leí en la que recibí, así que volví a hacerlo y luego miré a los otros. No hubo comentarios, ni siquiera cuando Carlos se fue, pero yo quedé helado durante unos minutos: ¡Carlos era un agente de inteligencia de drogas! Entonces comprendí su comentario sobre Fabio Ochoa y hasta sus actitudes radicales del comienzo, y me alegré de no haber ahondado sobre el tema. Quién sabe en qué clase de lío me habría metido, si me hubiera dejado llevar por el chauvinismo.

Sólo hasta la una de la tarde nos entregaron el auto en la agencia: un hermoso Chevrolette rojo. Durante las dieciséis largas horas que duró el viaje tuvimos la oportunidad de conocer mejor nuestras historias personales. Brotaron en su más alta expresión los sentimientos de amistad y de solidaridad y las bromas sirvieron para aliviar el tedioso recorrido por esas interminables y aburridas autopistas que nada tenían que ver con nuestras sinuosas, divertidas, estrechas y peligrosas carreteras Atravesamos tres estados: Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia antes de llegar a la Florida. Los tres hombres nos turnamos la conducción del auto, mientras Mónica cumplió a la perfección su labor de copiloto. El paisaje prácticamente no cambió hasta que llegamos a Jackson Ville. Millas y millas de cultivos a lado y lado de la carretera, tierra y más tierra y prácticamente ninguna presencia urbana. Fernando dijo algo que me quedó sonando en la cabeza por un buen rato: “Todavía hay tierra para muchos americanos más”. Era cierto: pese a la multitud de gente que habita Norteamérica, en realidad hay mucho espacio todavía para más pobladores. Estados Unidos: un país grande en muchos sentidos. Grande su territorio, grande su organización social y política, grande su ciencia y su gente, pero también grande su prepotencia Y ahora grande era también su ofuscación...

El camino a Miami se hizo muy fatigoso, pues tuvimos que hacerlo durante la noche y bajo una lluvia que por momentos hacía intransitable la vía. Pero la impaciencia por llegar nos hacía fuertes y resolvimos no parar sino para tomar alimentos y usar los servicios. En Miami nos esperaban personas que habían estado atentas a nuestra curiosa circunstancia y cada uno tenía la confianza de que llegar allí significaría aliviar las contrariedades que habíamos padecido durante los últimos días. En eso pensábamos cuando por fin llegamos. Pese a la ansiedad de estar con los nuestros, la despedida nos dejó la sensación de habernos desprendido de algo muy importante e íntimo. Renovamos las promesas de no perder el contacto y llovieron también los abrazos bajo el aguacero de una Miami calurosa y sensual. Un pedazo de mi corazón se quedaría definitivamente enredado en esos últimos contactos de piel y de ternura con mis compañeros de aventura.

MIEDO COMO EN COLOMBIA

Eran las cinco de mañana cuando llegué donde mi amigo y colega Germán y su esposa, María Isabel. A pesar de la hora y de que estaba completamente extenuado por el viaje, no desperdicié la oportunidad de ensayar una primera versión oral de mi crónica. Pero pronto me daría cuenta de que los hechos significativos de mi experiencia no sólo no habían concluido, sino que requerían de dimensiones que no alcanzarían sino con el tiempo y el reposo. Y es que en Miami hubo por fin tiempo y cabeza para las primeras reflexiones. Germán y María Isabel fueron unos interlocutores excelentes: habían ya elaborado algunas consideraciones interesantes, sobre las cuales pudimos desarrollar varias ideas en torno a algo que no dudamos en caracterizar como la necesidad de apropiar nuevas categorías.

Los hechos del 11 de septiembre habían sido tan graves pero sobre todo tan inauditos que demandaban, no sólo gran reflexión, sino el replanteamiento radical de la mayor parte de nuestras certezas. ¿Qué había que resolver primero: la posición ante la tragedia desatada por la muerte, a todas luces injusta y terrible, de miles de seres humanos o la búsqueda inminente de las razones para lo ocurrido? ¿Cuál debía ser el papel de los intelectuales: la justificación de las acciones subsiguientes o el llamado a una nueva oportunidad para la conciencia de muchos hechos y situaciones antes ignorados y ahora brutalmente evidentes? ¿Era lo ocurrido el primer signo de una nueva era o simplemente una cuenta de cobro por fin extendida al Imperio? ¿Era la solicitud de una solidaridad en torno al “peligro” en que se había puesto nuestra “civilización occidental” una demanda elemental o la consecuencia inevitable ante lo que parecía constituir el primer “accidente global” del nuevo siglo? ¿Era la guerra contra el terrorismo anunciada majaderamente por Bush una defensa de los valores de occidente o la reacción paranoica ante la nueva apariencia de ese proteico fantasma que recorre el mundo capitalista occidental desde hace ya varias décadas? ¿Cuáles serían las consecuencias de todo esto para nuestro país?

De una cosa estaba seguro: esa confianza y admiración por el modo norteamericano de vida que apenas unos días antes, aunque no sin dudas, había admitido, persuadido por el verosímil pero a la larga ingenuo testimonio de colegas ahora bien instalados en el sistema, se había desplomado con la rapidez con la que lo habían hecho las torres gemelas. Si para que yo, o alguno de mis hijos, pudiera alcanzar una posición respetable en el sistema norteamericano de vida tenía que hacer parte de las infames estrategias de sometimiento y explotación del resto del mundo, lo mejor que podía hacer era olvidarme de semejante pretensión.

Pero también en Miami hubo lugar para el miedo. Le había pedido a María Isabel que me indicara algunos sitios estratégicos para realizar un par de compras y ella, siempre tan acogedora, programó toda una correría por Miami que se iniciaría a unos metros de su casa, en el Dayland Mall. El sábado, después de almorzar, salimos los tres, dispuestos a caminar por largas horas y armados con toda la paciencia que se requiere en estos casos. Hacia las tres de la tarde ingresamos al Mall, donde pude comprobar una realidad que no dejaba de ser irónica: no había nada de lo que veía que no se pudiera encontrar en Bogotá y más barato. Con la promesa de ir a otros lugares en ese gigantesco centro comercial que es Miami, salimos hacia el lugar en el que Germán había dejado el auto en el parqueadero. Entonces nos encontramos con la escena, íntimamente familiar, de gente saliendo masivamente de los almacenes. Cierto que no hubo gritos, ni pánico exagerado, pero de pronto todo se llenó de nerviosismo y de confusión. Acaban de dar la orden de desalojo, pues se había recibido una llamada telefónica que advertía de la localización de una bomba en el interior del Mall. Supimos después que tan sólo ese día se habían recibido en Miami cien llamadas de ese tipo, y nos enteraríamos en la noche de que un sargento de la armada norteamericana fue capturado in fraganti haciendo terrorismo telefónico. Resultaba punzante, casi sarcástico, que en el, para muchos colombianos, paraíso del progreso, de las oportunidades y de la seguridad, hubiera ahora también lugar para el miedo, para el peor de los miedos: el del terror.

Tal vez, la fijación de esa extraña idea, que rumié entre preocupado y burlón, durante todo el día siguiente, ocasionó una angustia inconsciente. Solo así puedo explicar ahora que durante mi última noche en Estados Unidos, en un sueño que debió estar gobernado por el aliento del retorno inminente, se alternaran continuamente dos imágenes, en una pesadilla que casi no termina. Dos imágenes terribles que se escurrieron ya en mi vigilia y ensombrecieron la última y esplendorosa mañana de mi estadía en Norteamérica. La primera, era la imagen de unos muchachos latinos que viajaban conmigo en el vuelo de Washington, y a los que había olvidado hasta entonces. Los había visto en el avión y supe que eran latinos por su inconfundible acento venezolano. Un chico y dos chicas muy jóvenes, que después vi. apenas de reojo cuando salíamos del aeropuerto, justo después de que la aerolínea arregló nuestra estadía en Charlotte. Precisamente esa imagen, se agrandaba en mi pesadilla. Los vi confundidos y asustados, los vi en el aeropuerto, desamparados, sin ninguna protección y pasando frío y hambre. Los vi finalmente reprochándome mi falta de solidaridad para con ellos. Y por más que les explicaba que no había tenido tiempo para reparar en su situación, que las circunstancias habían ocasionado mi descuido, ellos terminaban juzgándome como un oportunista desalmado.

La otra imagen tenía que ver con Augusto Escobar, el colega paisa que había salido para Nueva York, después de asistir al Congreso que nos había traído a Washington, y que debió vivir tan de cerca todo lo sucedido aquél martes negro y los días subsiguientes. También a él lo veía en mi pesadilla sufriendo y solicitando mi ayuda, sin que yo pudiera hacer nada por él. Pero al menos sobre Augusto me enteraría poco después a través del correo electrónico.

¡MI COLEGA EN NEW YORK!

Estimado Jaime:
Te cuento que me salvé de chepazo por unas horas, ya que estuve el lunes en la tarde en las gemelas y fui casi uno de los últimos en salir, aunque el deseo era estar a primera hora el martes, pero mi prima, la nueva salvadora, no podía porque esperaba el anuncio de un trabajo. Así que el martes, mientras desayunaba, comencé a ver tal espectáculo de fantasía y me comenzó un temblor tan tenaz que me tuvieron que empepar y casi no se me quita el tembleque y el estado de shock. Claro que tampoco nadie fue capaz de quitarme del televisor. Era algo extraño, además de ese masoquismo, voyerismo y morbosidad juntos que tenemos los latinos. Así que obligado y regañado como chiquito, luego de apagado el televisor, tuve que ir a descansar porque el bicho que me dieron también adormecía.

Casi no me repongo de esa vaina. Y después fue la de Troya con la venida porque tuve que quedarme casi una semana esperando que autorizaran el vuelo, ya que United quebró y tuvieron que conseguirnos cupo en American. Además de que me tocó estar toda una noche y madrugada esperando en el frío y duro aeropuerto de NY (porque no tenían ni una silla ni tapete ni nada, ¡qué gringos¡) para salir. Obvio, a la pobre güeba de Escobar, en su ya estado de inanición y de desnutrición avanzada le cogió una tosecita de esas que sabemos, y como buen cristiano le dio un comienzo de bronquitis que se afianzó con ocho horas de viajes y esperas bajo aire acondicionado. Así que llegó hecho pura hilacha en medio de un aguacero a Rionegro y como a todo afortunado viajero, le tocó rojo y le esculcaron hasta los calzoncillos y zapatos rotos, mientras los negociantes salían felices con ocho y diez maletas repletas de cachivaches de a dolar.

!Sí que maravillosa la vida¡ Así, como un nuevo cristo (mi flacura se parece) resucitado, canto aleluya y recién veo dos o tres fotos tuyas, muy reluciente y feliz por los washingtones, que pronto te mandaré.

Bueno amigo, espero que me cuentes de tu regreso, porque igual te tocó. Invéntate cualquier asunto y me lo cuentas, al fin y al cabo, imaginación te sobra, ¿n'est pas?.

REGRESO A CASA O DE VUELTA A LA DURA REALIDAD

Pese a la paranoia, ya extendida, y al anuncio continuo e insistente de una magnificación de las medidas de seguridad, mi ingreso y permanencia en el aeropuerto de Miami no tuvo ningún inconveniente. Realmente fui objeto de un eficiente y buen trato y hasta me salvé de la requisa aleatoria que se realizó a la entrada del avión. No así el hombre que me tocó como vecino de silla, quien llegó muy agitado por la revisión exhaustiva a la que fue sometido. Con todo, estaba muy animado por el próximo regreso a casa. Ese era el ambiente que se respiraba en un aparato lleno de gente que había estado represada por varios días en un país que de pronto se había convertido en una gran cárcel para todos nosotros. Era como el final de un mal sueño y el comienzo de una rutina renovada por la experiencia.

Pero poco a poco, la conversación con mi vecino se fue enfocando hacia la situación del país y hacia las consecuencias que vendrían tras los ataques a Nueva York y Washington. Mientras se acercaba la hora de llegar, el entusiasmo del comienzo se fue transformando en preocupación. Mi vecino me aseguraba que lo mejor que le podía pasar a nuestro país era la intervención norteamericana, ahora que se anunciaba la guerra global y total contra el terrorismo. Pronto comprendí que mis argumentos en contra no hacían mella en una convicción que parecía muy práctica y peligrosamente deseable. Ya me imaginaba el oportunismo de los candidatos presidenciales, la retórica utilitaria de los políticos y la azarosa paranoia de la guerrilla. La conclusión que iba sacando era que el panorama en el país se había oscurecido como efecto del “accidente global” y por eso, a la ansiedad por abrazar a los míos se unió un inevitable sentimiento de tribulación.

Lamentablemente, muchos de mis temores se han confirmado hoy. El discurso guerrerista se ha acentuado y la ingenua confianza en que los Estados Unidos podrán salvarnos de la presencia guerrillera se ha extendido. Bush ha ordenado por fin el ataque a Afganistan y las posiciones se han radicalizado. Por ahora no parece haber lugar para una postura intermedia en la que los Estados Unidos pudieran entender la oportunidad de revisar muchos de sus equívocos y los países que los han sufrido pudieran ser escuchados. Esa es la otra historia por hacer.



Washington, Charlotte, Miami, septiembre de 2001
Bogotá, octubre de 2001

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2/07/2006

El árabe que nos salvó

Blanca sólo había confundido un dígito del número telefónico, pero ese error nos había condenado al extravío.

Todavía con el recuerdo caliente de nuestra agradable estadía en Brown. U, gracias a la invitación del generoso Julio Ortega, arribamos al congestionado aeropuerto de Newark, provenientes de Providence. Eran las siete de la mañana de aquel frío domingo de abril y apenas si nos recuperábamos de la ansiedad que nos había causado el habernos arriesgado a tomar un taxi demasiado lujoso para nuestras referencias, cuando vislumbramos por primera vez un Jersey City cuya primera apariencia nos decepcionó. Por fortuna el conductor nos había dejado justo al frente de un portón cuya placa indicaba la misma dirección que teníamos anotada en ese trozo de papel que Blanca nos había dejado dos noches antes, en el lobby de ese hotel que miraba hacia el gran edificio de Belmont, allá en la capital de Roth Island.

Al lado de la placa del portón había también un aviso: Álvaro González, Printer. Hasta ahí todo bien Álvaro era el primo de Blanca que nos recibiría en su casa durante tres días, apoyando así nuestra intención de recorrer algunas calles de Manhattan (¿que más se podía hacer en ese escaso tiempo que teníamos dizque para “conocer” New York?). Sabíamos que Álvaro tenía una fábrica y que habíamos acertado con la dirección, pero con lo que no contábamos era con que, domingo claro, no hubiera nadie en el edificio.

De modo que después de haber timbrado y de haber golpeado inútilmente el portón por más de quince minutos, arrastramos nuestras pesadas maletas hasta una esquina donde había un teléfono público y probamos marcar los números que Blanca había garrapateado. Uno correspondía al de la imprenta (this is the González factory, please leave your message after the tone), pero en el otro nos contestaba una voz femenina que aseguraba y rejuraba que su last name era Johnson y no González. Marcamos y marcamos hasta la desesperación, hasta que no quedó otra alternativa que aceptar la conclusión de que, en su afán, Blanca había escrito un número telefónico errado cuando dejó su nota, en ese hotel que daba sobre el Parque Central, allá en Providence

Volvimos arrastrando nuestras maletas y nuestra zozobra hasta el portón de la imprenta. De la casa de la esquina salía un joven y detrás de él un hombre maduro levantaba la mano con una expresión de cariño tan profunda que realmente me conmovió. El padre despide tiernamente a su hijo, pensé, recordando que los míos me esperaban ansiosos en casa después de casi dos semanas por fuera. Así que, confiado en el aura bondadosa que había creído percibir, me atreví a preguntarle al hombre maduro por su vecino. Good morning sir, excuse me, we are looking for Mister Álvaro González, the printer owner, your neighbor, ¿do you know his home address or his telephone number? The factory is closed now and… La reacción del hombre no pudo ser menos sorprendente. Con unos ojos al comienzo demasiado abiertos por el asombro de habernos descubierto y después más abiertos aún por la ira, una ira que yo no comprendía, respondió con dientes apretados: I don’t speak English, I’m Germany.

Pedí excusas, miré a mi amiga, me alcé de hombros y seguí arrastrando mi pesada maleta. Volvimos a golpear con la insensata esperanza de que alguien hubiera llegado entretanto a la imprenta, aquel domingo a las ocho de la mañana. Fuimos y volvimos del portón al teléfono público al menos tres veces más, hasta que decidimos preguntar a los otros vecinos. La casa del lado era pequeña, de una sola planta, con un antejardín modesto y la reja estaba abierta. Entré, golpeé la puerta y me abrió una extraña mujer, tan pequeña como extraña. Vestía uno de esos trajes árabes de los siete velos, con tapaboca y todo, sólo que su cuerpo gordo y fofo denigraba el atuendo. Good morning madam, excuse me, we are looking for Mister Álvaro González, the printer owner, your neighbor… La mujer, no sé cómo, tomó mi mano, y sin pronunciar palabra intentó llevarme hacia el interior de la casa, pero yo me zafé de su atenazante garra antes de cruzar el umbral. Alcancé a ver la sala con sus cortinas y sus tapices y a respirar el aire enrarecido con aromas orientales y salí asustado y presuroso fuera del antejardín. La mujer se quedó allí, parada bajo la escuadra de la puerta, girando sus dos manos sobre las muñecas, moviendo su cadera e invitándome a seguir a su casa. Esta vez fue mi amiga quien me arrastró hacia el portón de la imprenta salvándome así del hechizo de esa mujer, que se quedó afuera todavía un largo rato más sin dejar de mirarme, buscando siempre mis ojos.

Decidí entonces ir a la casa de enfrente y esta vez me abrió una chica de rasgos latinos, muy joven y del todo normal, atenta y gentil, que después de escuchar la consabida perorata me despachó con un dulce Sorry I don´t know y un suave portazo en la nariz. El hombre que decía ser alemán y que todo el tiempo había estado contemplando mi fracasada gestión desde el balcón de su casa, salió al andén y empezó a gritar en un inglés perfecto get out, get out, you aren´t welcome, get out, get out, mientras caminaba en forma intimidatoria, haciendo ademanes militares como un verdadero nazi por todo el frente de su casa, ni un paso más allá, ni paso más acá. Sentimos pánico y nos dirigimos hacia la otra esquina con la firme intención de tomar un taxi que nos llevara a un hotel barato, convencidos de que tendríamos que cambiar de centro de operaciones, pues el sitio al que habíamos llegado era poco menos que el escenario de una pesadilla

¿Pesadilla? Pregunté de pronto, más como expresión de la revelación que había creído tener en ese momento que como una interpelación a mi amiga. ¿Si te dije lo que estaba soñando esta mañana cuando me llamaste a la habitación? Era una pesadilla. Claro, en mí inconsciente sabía que el reloj despertador no había sonado y que tú estabas a punto de llamarme y que yo debía levantarme, y entonces me inventé una pesadilla de la que finalmente me sacaste cuando llamaste preocupada por mi extraño incumplimiento y ante la inminencia de perder el vuelo a Newark. ¿No será que esto hace parte de la pesadilla y que en realidad perdimos el vuelo y que aún estamos en ese hotel que por su salida trasera conduce a los outless, allá en Providence? Piénsalo por un momento: el extraño taxi que nos trajo hasta aquí, este lugar inesperadamente sucio y feo, los extravagantes personajes que nos hemos encontrado, el miedo que nos ha invadido poco a poco, nuestra insensatez progresiva. Nada tiene lógica. Y entonces lancé la afirmación esperada: ¡¡¡estamos soñando!!! Un ardor en el brazo me sacó del delirio. Mi amiga acababa de pellizcarme para demostrar la falacia de mi hipótesis y yo la miré ofreciéndole disculpas, completamente avergonzado.

A pocos metros, abrieron una tienda. Decidimos tomar algo antes de largarnos. Compramos un par de jugos y un kit de donnuts. El hombre que nos atendió era libanés (cero y van cuatro extranjeros, pensé, pero no me atreví a decírselo a mi amiga) y nos aseguró que había alguien que conocía los datos de González en el edificio de la esquina. Apresuramos el refrigerio y salimos a buscar la entrada del mencionado edificio. Al frente de la tienda, alguien espiaba detrás de una persiana, la paranoia seguía creciendo. No era difícil suponer que otros podían suponer que un par de tipos con maletas y cara de extraviados podían tener dólares y pasaportes con visa y debían ser presa fácil. Eso pensé, pero tampoco lo comuniqué. Le dije a mi amiga que esperara dentro de la tienda mientras yo indagaba.

El barrio despertaba. De los edificios salía gente muy rara. Me topé de frente con uno de esos negros que ve uno en la televisión y que se supone que son del Bronx. Y en la puerta del mencionado edificio se habían plantado un tipo enano y deforme y una mujer muy gorda, así que tuve dificultad para accionar los citófonos. De cualquier manera nadie me contestó y los dos personajes de la puerta ni siquiera prestaron atención a mis preguntas, embebidos como estaban en una conversación llena de sucias palabras. Resolví volver a la tienda y proponerle a mi amiga que tomáramos el taxi, modificáramos los planes y olvidáramos el asunto de hospedarnos en casa de González.

Pero entonces oí una voz caribeña que venía del cielo: Oye tú, ¿estás buscando a Álvalo González? Por un momento creí que era un milagro y que algún ángel enviado de Dios me hablaba, pero entonces mi amiga me explicó que ante la angustia que exudábamos, el libanés había llamado por teléfono a la persona que conocía los datos. Si, soy yo dije, levantando la mirada para encontrarme con la facha de un tipo semidesnudo con tatuajes en brazos y pecho que desde la ventana del cuarto piso del edificio me saludaba con una sonrisa que más parecía la mueca de un loco. Pinta de asesino, me dije, conserva la calma. Pues yo sé donde vive el homble, si me espelas bajo y te acompaño a su casa. No hombre, tranquilo, si me da su teléfono o su dirección nosotros vamos solos, no se moleste. No es ninguna molestia, pelo si no confías en mí ahí te va esta taljetita, me dijo, y lanzó un papel que yo agarré en el aire como si fuera el más preciado tesoro.

Y ahí estaba: el número telefónico de la residencia del primo de Blanca. Efectivamente, el quinto digito, de los siete que conformaban la serie, estaba errado, pero que alivio. Marcamos el número y nos contestó la propia Blanca que lo primero que hizo fue reprocharnos la demora. Pero no estábamos para pelear, sino para ser rescatados, así que hacia las once de la mañana, después de cuatro horas de angustias, llegaron Blanca, dos de sus primos, incluido Álvaro, y un sobrino, quienes entre solidarios y divertidos escucharon nuestra historia y terminaron explicando muchas de las cosas que habían sucedido.

La fábrica estaba ubicada en un sector industrial de Jersey City ahora caído en desgracia. El hombre maduro de la esquina era en realidad italiano y además de ser el vecino más intolerante del sector era homosexual, así que el muchacho que vimos salir no era su hijo, sino su amante. Los vecinos de enfrente estaban recién mudados, de modo que no tenían por qué saber nada. La vieja del lado llevaba varios años viviendo allí, leía cartas y realizaba otros oficios esotéricos, pero no hablaba ni una palabra de inglés. El libanés había sido un gran amigo de González, de muchos años, hasta que el once de septiembre, después del atentado, salió a cantar y a bailar, feliz por lo que acababa de suceder, de manera que ahora eran enemigos a muerte. Finalmente, el hombre del edificio con facha de asesino del bronx era un antiguo empleado de Álvaro, conflictivo y drogadicto, del que había tenido que deshacerse hacía unos meses.

¿El acto de generosidad del libanés había sido su manera de enmendar el despropósito del once de septiembre y una señal de paz para Álvaro? Yo quiero creer que sí, que así haya sido, y que los dos hombres hayan vuelto a su antigua amistad. Lo cierto es que si hubiera sido tan legítimo su odio hacia Álvaro y lo que representaba, si hubiera sido un terrorista en potencia como lo insinuó el otro primo de Blanca no habría hecho nada por resolver nuestro incidente.





Jersey City, 2003
Bogotá., 2004

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25/06/2006

Rayos X o perdimos la dignidad

Incluso llegué al aeropuerto El Dorado con algunos minutos más de las tres horas de anticipación que sugería la línea aérea para sus vuelos internacionales. Había decidido viajar por Iberia por la recomendación de un amigo, viajero frecuente a Europa, quien me aseguró que los vuelos de la aerolínea española solían tener menos inconvenientes que los de la colombiana. Pero parece que su consejo había perdido total vigencia, pues no recuerdo mayor complicación, en mi no poca extensa historia de viajes, que la que tuve en aquel nefasto preámbulo de vuelo.

Lo primero que noté fue que ya se había formado una fila de por lo menos cincuenta personas frente al counter de Iberia y que había varios policías del grupo aeroportuario recorriéndola. No obstante, me tomé unos cinco minutos más antes de hacer la fila para hacer sellar mi equipaje, siguiendo el consejo de otro amigo, quien me había asegurado que maletas selladas no eran revisadas. De nuevo, resultó ser una sugerencia inservible, pues tardíamente noté que eran precisamente las maletas selladas las que estaban haciendo abrir con prioridad. No sé si es que esos consejos los siguen en forma oportunista la gente con malas intenciones o qué, pero parece que pronto se vuelven el objeto de observación de quienes controlan los vuelos de mayor riesgo. En todo caso, la conclusión inicial es que en esto del control al narcotráfico las cosas suelen cambiar de una manera tan impredecible que cualquier previsión resulta siempre inútil.

Después de haber presentado mi pasaporte y de haber pagado mis impuestos de salida, ingresé a otra fila en la que un agente de la policía hacía entrevistas del todo improvisadas a cada uno de los pasajeros. La verdad, yo estaba no sólo tranquilo, sino muy seguro, pues el objeto de mi viaje era la asistencia a un Congreso Internacional y tenía todos mis papeles y soportes en regla. Y más seguro me sentía en la medida en que podía escuchar las preguntas y las respuestas de mis antecesores, algunos de ellos con pinta de todo menos de turistas o de hombres de negocios. Algunas historias incluso me sonaban forzadas. ¿Quién se comía el cuento de que la mujer de un amigo requería asistencia de no sé qué tipo y que era esa la razón para viajar? ¿Qué era eso de que el motivo del viaje era la compra de instrumento musical cuya existencia o costo eran imposibles en Colombia? En mi mente empecé a anticipar las preguntas y mis posibles respuestas. A unos pasos, mi padre y mi mujer, quienes habían ido a acompañarme, me hacían gestos de solidaridad y de resignación, gestos que a decir verdad me lucieron un poco exagerados.

El policía que hacía el interrogatorio era un tipo alto y delgado de no más de treinta años y aunque parecía seguro y hasta prepotente resultó ser, a todas luces, un inculto de talla mayor. Lo primero que se le ocurrió al examinar mi pasaje fue preguntarme por qué viajaba a Madrid y luego a Santiago de Chile para volver a Madrid, cuestión que nunca imaginé que fuera posible interpretar de mi tiquete de avión. Mi respuesta estuvo acompañada de una ruidosa aunque inevitable carcajada, resultado de mi inspirada comprensión de la ignorancia geográfica de quien estaba encargado dizque de indagar las razones de viajes internacionales. Pero esa risa espontánea fue el principio de mi perdición. Al intentar explicarle que viajaba a Santiago de Compostella y no a Santiago de Chile y que ese Santiago era español, el policía simplemente evadió mis aclaraciones y comenzó a preguntarme sobre mi trabajo y mis razones de viaje. Ante la contundencia de mis respuestas, todas ellas perfectamente documentadas, el policía se dedicó a examinar mi pasaporte, atiborrado ya de visas y registros de viajes a la misma España, a México e incluso a los Estados Unidos, ante lo cual hizo otro par de torpes preguntas que yo contesté con toda claridad. Al final preguntó por mi equipaje y, claro, hizo que lo abriera a pesar de haber sido sellado previamente. Yo, cada vez más desafiante, abrí la maleta y le mostré uno a uno los enceres y piezas de mi equipaje para demostrarle que simplemente llevaba lo necesario para un viaje corto. La escena era seguida con atención y diría que hasta con morbosidad por mis vecinos de fila, quienes, al igual que mi padre y mi mujer, sabían en qué terminaría toda aquello.

– Pase a chequearse y vuelva conmigo, ¿entiende? –me ordenó el policía en un tono provocador cuyo alcance no supe evaluar.

El checking fue ágil y sin inconvenientes, así que unos minutos más tarde me presenté donde el famoso interrogador, quien primero me hizo esperar unos quince minutos en una actitud despectiva y luego me comunicó su exagerada decisión:

– Lo voy a llevar a la máquina de rayos x

Y enseguida se lanzó con una seudocientífica descripción de lo que eran e implicaban los rayos x, descripción que corté abruptamente al comunicarle que yo era ingeniero nuclear y que por lo tanto no necesitaba de su tosca explicación y que lo que requería era dirigirme lo más pronto a la sala de rayos x, pues corría el riesgo de perder el vuelo. Le planteé finalmente una serie de preguntas que no pudo responderme y que lo arrinconaron hasta la mansedumbre:

– ¿Cuánta cocaína cree que puedo llevar en la barriga, mil, dos mil dólares? Pues esa cantidad apenas cubriría el sueldo mío de un mes ¿Cree que yo arriesgaría mi posición por esa cantidad? Piense un poquito, está exagerando y a lo mejor está desgastando su energía en un caso que no tiene nada de riesgoso y en cambio se le podría estar escapando del control gente que tiene mejor perfil, ¿no cree?

Tal vez para evitar el escándalo, tal vez vencido, el policía me llevó a un lado y me confesó en su jerga:

– Con usted completo mi cuota de rayos x para este vuelo que nos han identificado como un vuelo cargado. Si no marco al menos diez pasajeros, después me pueden chantar la culpa a mí, entiéndame
– Pero cómo quiere que lo entienda, hombre –le reproché­–, no ve que ha afectado mi dignidad y mi honor. ¿No sabe lo que eso significa, no sólo para mí, sino para la gente de bien que es la que se supone que ustedes cuidan? La injusticia, ni más ni menos que una injusticia. Además, si lo que importa es el cupo y no el criterio con que se asigna, háganlo al azar y eviten a la gente la farsa de la entrevista

El policía sólo sonrió sin mirarme y con un ademán seco le ordenó a un agente que llegaba en ese momento, que me condujera a la sala de rayos x. El agente intentó tomarme del brazo, pero yo ya estaba completamente irascible y no me dejé tocar. Pasamos por migración y le advertí al hombre del DAS que esperaba volver para despedirme de mi familia y que se fijara muy bien en mí, pues no tenía pensado volver a hacer la fila.

En la sala estaban ya los otros pasajeros “marcados”, pero el examen por fortuna duró poco tiempo, de modo que antes de haber transcurrido quince minutos ya estaba yo de nuevo en los corredores del aeropuerto, fuera de las salas de abordaje, despidiéndome de mi padre y de mi mujer, quienes supieron calmarme. Tuve tiempo suficiente para tomarme un buen café y lo habría tenido incluso para tragarme las sesenta bolsas de cocaína que suelen cargar la mulas, si esa hubiera sido mi tarea. ¿Para qué entonces tanta alharaca y control? Siempre hay manera de burlar las medidas, siempre hay manera de coronar y más cuando quienes están encargados del control son gente a la que no han preparado adecuadamente.

Volví a las salas de abordaje y luego volé a España, donde afortunadamente no sólo no hubo más complicaciones, sino donde disfruté uno de mis viajes más y mejor recordados

Poco tiempo después conocí de labios de un colega un matiz aún más escandaloso de la famosa marcación de pasajeros en el aeropuerto. A este colega le sucedió lo mismo que a mí, sufrió la misma indignación, pero ese día se había averiado la máquina de rayos x de la terminal y por esa razón llevaron en una taxi bann a los diez pasajeros marcados de su vuelo (incluido él) hasta un centro médico en Fontibón (la población más cercana al aeropuerto) para practicarles el examen. Y no sólo eso, ellos tuvieron que pagar de su propio bolsillo tanto el costo del examen, como el del transporte. La alternativa: perder el vuelo. Aquella vez, un pasajero, más exactamente una joven mujer que parecía “normal” (uso la expresión del colega), resultó “positiva” y no abordó el avión. Habían dado con una de las cargas anunciadas para el vuelo.




Bogotá, 2004
Bogotá, 2004 - 005

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19/06/2006

Salón Apodaca

Ese sábado, ante mi nocivo estado de aburrimiento, Winston, mi anfitrión en Madrid, decidió invitarme al preestreno de una obra de teatro que dirigía un amigo suyo. Nos citamos frente a la estación Cuatro Caminos a las ocho de la noche, para tomar juntos desde allí el metro hacia Tirso de Molina. A pocas cuadras, por una paralela a Huertas, uno de los tantos teatros de la zona anunciaba efectivamente el lanzamiento. Aunque había dejado de llover, empezó a hacer frío, así que resolvimos entrar a la antesala, donde la típica galería de fotos de la obra de teatro brindaba una estupenda anticipación de lo que veríamos un poco más tarde. Comencé a recorrer el salón en círculo, en busca de detalles por los distintos retratos, mientras mi amigo, ansioso, caminaba por el pasillo, primero hacia la calle y luego de regreso.

Pronto hubo tal gentío que el lugar se tornó sofocante. En medio del tumulto y del bullicio que se fue formando, mientras yo seguía mirando folletos y promociones de la rica vida cultural madrileña, vi con alarma cómo Winston saludaba a sus amigos con dos besos, uno en cada mejilla, a medida que iban llegando. Cuando me tocó el turno, y como suele sucederme cuando no estoy seguro de las costumbres, simplemente saludé como sé hacerlo en casa, es decir, evitando lo de los besos; besos que habría estampado con gusto a cualquier muchacha, pero que, según mi entender, “no tenía por qué” darlos a los cuatro varones que ahora me presentaba Winston.

Aunque olvidé su nombre, recuerdo que la obra estuvo buenísima: una serie de historias encadenadas que terminaban cerrando un círculo de conflictos y develando relaciones insospechadas entre los personajes. Recuerdo también que ya en la sala empecé a incomodarme con las actitudes decididamente afeminadas de esos otros personajes: mis nuevos conocidos. Víctor, quien se sentó al lado de Winston, justo a mi derecha, empezó a cuchichear no sé qué cosas al oído de mi anfitrión, quien se reía con un desparpajo poco varonil y totalmente extraño para mí. El tema de conversación entre ellos se desvió muy pronto de los comentarios acerca de la performance de los actores y se dirigió hacia los detalles más recientes sobre reallities y novelones de la TV. De modo que mi malestar crecía en la medida en que no lograba concentrarme en la obra. Pero el ambiente a mi izquierda no era mejor. Carlos y Luis se habían tomado de la mano y Luis posaba su cabeza tiernamente sobre el hombro de su novio, mientras él le acariciaba el mentón y le pedía atención a la producción teatral. El cuarto hombre estaba una fila adelante y de vez en cuando volteaba su cabeza hacia atrás, para comprobar lo que hacían sus amigos, dejando una estela de olores dulzones como efecto de sus repentinos y teatrales movimientos.

Hacia las once, hambrientos, salimos a la calle. Carlos, quien resultó ser un comerciante colombiano, propuso ir al recientemente inaugurado restaurante de comida árabe rápida. El camino sirvió para conocer algo más de los amigos de Winston. Así me enteré de que Víctor era azafato de Iberia, que tenía mi edad y que su novio lo había dejado hacía poco, de modo que estaba en pleno duelo, lo que explicaba su excitación y su verborrea. Carlos y Luis eran pareja desde hacía un par de años y esperaban contraer matrimonio muy pronto y pasar la luna de miel en Cartagena de Indias, por supuesto. El otro, a quien prefiero llamar el otro, pues no recuerdo su nombre, fue bastante parco conmigo. Estaba más preocupado por ondear su largo cabello, por lucir sus zapatos de moda y por saber qué haríamos después de cenar que por mostrarse amable con el sudaca.

Se plantearon varias opciones. Winston insinuó ir a Malasaña, donde se celebraba no sé qué despedida. Carlos y Luis propusieron ir a “El Tabaco”, un bar en Gran Vía a donde suele ir con frecuencia (fue el argumento) Almodóvar. Pero la insistencia casi chillona de El otro produjo sus resultados y terminamos todos enfilados hacia la calle Apodaca donde tendría lugar la inauguración de un Salón de Belleza.

Es innecesario apuntar que yo en todo aquello no era más que un invitado de piedra, y que tenía serías intenciones de volver al apartamento, pero la amabilidad y la compasión de mi anfitrión me dieron fuerzas para mantenerme al lado del grupo e incluso para intentar integrarme. Supe por boca de Wisnton de la “ele” que se forma sobre el mapa del centro de Madrid cuando sigue uno el recorrido de la marcha madrileña. Una ele que comienza en Moncloa y culmina precisamente en Huertas.
Moncloa abarca la zona que va desde la Plaza de España hasta llegar casi a la Ciudad Universitaria. Es un sector elegido por muchos estudiantes para vivir por su cercanía a la Ciudad Universitaria y por eso allí se concentra la marcha que podríamos llamar juvenil o más exactamente universitaria. Hacia el este se encuentra Malasaña, una de las zonas clásicas para salir por la noche. La gente que va por esta área se autodenomina 'malasañera' y por lo general está entre los 17 y los 25 años, pero hay para todos los gustos. Las calles del barrio convergen en la Plaza del Dos de Mayo, donde el ambiente de los bares es animado y da albergue a una variedad de estilos que va desde los puristas del rock hasta las últimas modas. Adyacente a Malasaña se encuentra el barrio de Chueca, uno de los más genuinos y cosmopolitas de la zona. Durante los años ochenta fue el sitio de mayor actividad de la 'movida', pero en los últimos años se ha vuelto una de las zonas gay más concurridas, convirtiendo a Chueca en uno de los sitios más excitantes de la noche madrileña. Dicen que es el Soho madrileño y allí se encuentra precisamente la calle Apodaca. Para qué hablar de Gran Vía, el sector al sur de Chueca que le empieza a dar forma de ele a la marcha. Más bien hablar de Huertas a donde se llega desde Gran Vía atravesando Sol. Es un barrio antiguo y tradicional donde existen numerosos comercios y sobre todo establecimientos para ir de tapas, cervecerías, restaurantes y bares. La zona esta situada entre el Paseo del Prado y la calle Atocha. La plaza de Santa Ana se destaca dentro del conjunto como un espléndido lugar de reunión. Por lo general los bares de la zona son pequeños, pero muy animados y abundan los locales tradicionales. Es la zona Yuppy por excelencia.
Fascinado todavía por el devenir guía turístico de mi anfitrión no me di cuenta de que habíamos llegado a Apodaca. El Otro empezó a brincar ante la inminencia del arribo y yo me puse realmente nervioso. Allí es, allí es, gritaba y los demás lo seguíamos entre divertidos y curiosos. Salón Apodaca, rezaba el aviso en tubos de neón sobrepuesto sobre el gran ventanal que daba a la calle y desde donde, efectivamente, se podía advertir la tremenda fiesta que había adentro. Saludos escandalosos se esparcieron cuando el dueño del lugar, quien se veía excitado y muy contento, abrió la puerta. Winston, Carlos, Luis, El otro, todos, estallaron en risas, ademanes, aspavientos y cumplidos, en un espectáculo totalmente asombroso del que apenas pude separarme un poco, pues cuando iba a dar el paso hacia atrás, Jonatan, el dueño, un hombre rubio de acento extranjero, alto y de muy buna estampa, me agarró de los hombros, dijo algunas palabras que no entendí muy bien y acercó su rostro al mío.
No tuve más opción, lo juro, que darle un beso en la áspera mejilla izquierda a Johnatan y en seguida el otro en la oscura mejilla derecha antes de entrar al Salón, arrollado por esa marea de contorsiones y exóticos modales que continuó con más frenesí adentro. Jonatan literalmente brincaba de un lugar a otro, ofreciendo vino, panecillos e invitando a todo el mundo a acomodarse, repartiendo besos en mejillas y bocas, mientras yo entraba en pánico. Por más que lo intenté, mis piernas y mis brazos se mantenían paralizados. Sólo mis ojos tenían algo de movimiento, así que, arrinconado, esperé infructuosamente la recuperación de la calma, hasta que Winston, quien unos minutos después apareció milagrosamente y se percató de mi estado, se apiadó y prometió salir en unos minutos.

Al otro día, durante el paseo que Winston y yo dimos por El Rastro, donde Carlos tiene un par de almacenes de antigüedades, mi anfitrión no hizo más que reír y burlarse de lo que me había sucedido en la noche anterior y yo tuve que admitir que mi metrosexualidad no tenía nada de envidiable, que seguía siendo el mismo machista de siempre. Cuando entramos al almacén de Carlos, Luis salió a saludarnos. Con toda naturalidad, lo juro, mi primer impulso fue estampar los dos besos de rigor a Luis, quien los recibió sin alharaca. No sé por qué, pero esta vez no tuve la sensación de aspereza. Tal vez, y finalmente, algo había aprendido.



Madrid, 2003
Bogotá, 2004 - 2005

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12/06/2006

Doctores y orines

Salgo de la estación Moncloa e ingreso al Parque Oeste con la sensación de que es la última vez que lo hago. Por eso disfruto cada paso, cada aroma, cada imagen. Hace algo de frío, pero no llueve. Veo a los jóvenes madrileños con su caminar apurado y su desparpajo y siento de pronto una gran ternura. El deseo de retener en mi memoria estos instantes impone por momentos una especie de visión en cámara lenta. Hay en todo caso una suerte de cruce de ritmos que se acrecienta a medida que avanzo por los senderos del Parque: el mío, determinado por la ansiedad del momento, y el de los demás, indiferente a mis sentimientos, definido por la rutina del día a día.

A mi derecha el Palacio Presidencial de la Moncloa, con su imponencia y su misterio. A mi izquierda, la avenida del Arco del Triunfo. Triunfo de quién, me pregunto, conciente de mi ignorancia, pero emocionado por una especie de contacto intuitivo y solidario con el flujo de la agitada historia española. Al fondo, la Avenida Séneca que conduce a Senda del Rey, la calle por la que debo caminar para llegar a la sala donde ha de estar todo preparado para defender mi Tesis de doctorado. Y hacia el norte, la ciudad universitaria con sus grandes edificios y su bulla juvenil. Autobuses rojos y autobuses verdes transitan por las avenidas, mientras la gente apura el paso a la hora de cruzar la calle o espera paciente y disciplinada la señal para hacerlo.

También los árboles mezclan el rojo y el verde. Es el comienzo de un invierno que será moderado. Al otro lado de la avenida se encuentran los llamados Colegios Mayores, especie de centros universitarios en otras épocas, hoy residencias estudiantiles. Cada uno corresponde al nombre de un país suramericano. Miro con cierta curiosidad y simpatía el Colegio Mayor de Colombia. Al frente de la puerta, el busto de Miguel Antonio Caro, personaje prohispánico de finales del siglo XIX, muy querido en estos ambientes, pero ya con poco significado para los colombianos de hoy. Los andenes están repletos de hojas secas que hago crujir con un placer inesperado. A mi espalda oigo que para un autobús. Juego a adivinar si es un vehículo municipal o si recoge pasajeros para fuera de la ciudad. Lo veo pasar hacia la avenida Valladolid. La aparición de varios edificios semejantes entre sí anuncia mi destino final: la Facultad de Filología. Cruzo primero por el recinto de la Biblioteca en plena remodelación, y entro luego al lobby del edificio que he visitado tantas veces. El ascensor me lleva hasta el sexto piso.

En la sala 612 está todo listo: el proyector con el cual espero ayudarme en la exposición de mi Tesis, la mesa desde la que haré la “defensa”, y la del Tribunal, amplia y larga, pero decorada con una austeridad impactante, con sus 5 sillas altas; todo dispuesto estratégicamente al fondo de la sala. Mi Director está ya en una de las sillas dispuestas para el público y para sorpresa mía me presenta a alguien que asistirá al evento.

La verdad, estoy tranquilo. Sé que el trabajo realizado es bueno y que mi viaje desde Bogotá, culminación de un proceso de más cinco años, no será en vano. Con esa seguridad comienzo la exposición, después de haber escuchado de labios del Presidente del Tribunal la secuencia del procedimiento y la presentación de los otros miembros, entre los cuales distingo a uno que ha sido por varios meses un corresponsal abierto y cordial. Me han dado veinte minutos y creo haberlos aprovechado bien. Al terminar, miro furtivamente a mi director y percibo su gesto de aprobación.

Entonces comienzan las intervenciones de cada uno de los miembros del Jurado. Empieza el conocido mío. Escucho sus amables adulaciones con orgullo, pero en seguida viene una serie de críticas al trabajo que le lleva media hora argumentar. Yo anoto en mi libreta cada cosa e imagino los contra argumentos, un poco sorprendido de la capacidad que ha tendido el profesor para ver cosas donde en realidad no las hay. Con la intervención del segundo jurado, quien sigue el mismo esquema: adulación corta, exposición larga de críticas, visualización de detalles inesperados, a veces, arbitrarios, mi estado de ánimo pasa de la sorpresa a la inquietud y con ello sumo ya cinco emociones. Pero no serán las últimas. El tercer jurado con saña maligna y oratoria anacrónica me hace sentir rabia, y el cuarto con sus puntos de vista sesgados, humillación. Pero será el quinto jurado quien, al lanzarse en emboscada franca, tras rebuscar algo que decir, hace estallar mi alma en mil sobresaltos que por poco se traducen en la expresión de improperios.

Durante las cuatro horas que ha durado el asunto, he bebido unas dos jarras de agua y garrapateado unas diez hojas, de modo que el anuncio altanero que hace el presidente del tribunal de los escasos diez minutos que tengo para responder a las inquietudes de los jurados, me hunde en el terror. Logro sobreponerme y vuelvo a la calma. Recojo rápidamente todo en tres bloques de preguntas a las que respondo con sorpresiva eficacia y miro al director, quien vuelve a hacerme el mismo gesto de antes, sólo que esta vez me confunde. El presidente le permite la palabra al director, y él me apoya decididamente, aunque que ya no sé si por los méritos de mi trabajo o por pura compasión. Entonces se nos pide que abandonemos la sala para la deliberación final del Tribunal.

Afuera, a manera de consuelo, la testigo que ha presenciado con paciencia todo el debate, me cuenta la experiencia de una amiga suya en una situación académica similar: las oposiciones, o exposiciones que se hacen con motivo del otorgamiento de una cátedra titular en la universidad. En este caso hay también un tribunal, pero son dos los expositores: los finalistas de un largo y tortuoso proceso de selección de profesores que aspiran al cargo. Y estos expositores tienen que oponerse, es decir, demostrar cara a cara la superioridad de cada uno, en una especie de arena intelectual sangrienta en la que los miembros del tribunal hacen el papel de azuzadores o banderilleros. Pues bien, el cuento de la testigo es que su amiga no fue capaz de soportar la presión y cayó en el llanto abierto y en la justificación personal, creando una atmósfera absolutamente patética. La verdad, la anécdota no es que me tranquilice mucho. A esa hora llego incluso a creer que seré reprobado. Con toda la cortesía de la que soy posible, me retiro hacia los servicios, pues la ingestión de tanto líquido presiona mi vejiga insoportablemente.

Entro al baño, haciendo memoria de la secuencia de mis emociones: tranquilidad, seguridad, orgullo, sorpresa, inquietud, rabia, humillación, sobresalto, indignación, terror, calma, confusión, intranquilidad. Todo sin contar la melancolía, la ternura y la nostalgia de mi paseo previo al arribo a la sala del tribunal. Mientras satisfago mis necesidades fisiológicas veo como cada uno de los miembros del tribunal llega al baño a hacer lo mismo que yo hago y recuerdo entonces la manera como también se fueron vaciando las jarras de agua dispuestas en la mesa de los jurados. Me demoro a propósito para no encontrármelos en el pasillo que separa el baño de la sala.

Unos minutos más tarde, se nos pide el acceso a la sala. Es la hora de la sentencia. Después de un corto preámbulo, el presidente anuncia que el jurado ha decidido otorgar la calificación más alta a mi trabajo: el suma cum laude. Se añaden ahora la perplejidad y el agradecimiento a la saga de emociones del día. Todos me dan la “bienvenida al club” y me llaman entonces “Doctor”. Entiendo así dos cosas: 1) que más que una defensa intelectual, la defensa de tesis ha sido una defensa emocional y 2) que el encuentro en el baño no ha sido más que una anticipación de lo que se estuvo fraguando en la sala del tribunal: la confirmación de que todos, aún antes de la sentencia, somos iguales. Seres humanos con las mismas condiciones fisiológicas, pero también con las mismas aspiraciones. Ser doctor es, por eso, ser igual a otros doctores; curiosidades de la cultura humana que necesita superponer condiciones sobre condiciones para dejar en claro al final que somos humanos demasiado humanos.

Afuera, el paisaje no ha cambiado. Recorro las conocidas calles de regreso hacia Moncloa, pero esta vez lo hago con celeridad y ya sin ninguna emoción. En mi mente no tengo otro propósito que llegar a mi aposento para refugiarme allí hasta el otro día.




Madrid, Pamplona, noviembre de 2002
Bogotá, 2004

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5/06/2006

Sucedió en Monterrey

Apenas tuve tiempo de preparar el viaje, pues la invitación llegó tarde a la universidad. Se nos convocaba a participar en la reunión de un Proyecto Alfa sobre e learning, tema del que soy experto, de modo que se me pidió que actuara como delegado de la institución. En realidad y a pesar de la dificultades que implicaba la improvisación a la que me veía sometido, acepté gustoso viajar al lugar que para algunos es el pionero de la educación virtual en Latinoamérica: el pomposo Instituto Tecnológico de Monterrey.

Una de las recomendaciones que hacían los organizadores del evento era hospedarse en las residencias universitarias, de modo que las reuniones pudieran tener las menores dificultades y se facilitaran los encuentros tanto académicos como sociales del grupo. Parecía una buena opción, así que inscribí mi nombre como huésped de las residencias de la universidad.

Después de media hora de recorrido desde el aeropuerto, y tras la típica exposiciónción de los valores turísticos de la ciudad que me brindara el amable taxista [1], arribé al impresionante campus del ITEM con su arquitectura posmoderna y sus amplias instalaciones. El edificio donde se encontraban las residencias tenía una estampa muy sugerente, pero adentro parecía una especie de hotel modesto y funcional. Me presenté a la recepción y después del consabido registro me entregaron la llave 112 que indicaba el número de la habitación que se me asignada. El hombre del mostrador me hizo dos advertencias: una, que era muy posible que tuviera que compartir la habitación, pues había una alta demanda de hospedaje y la otra, que no podía transitar por el sector de las residencias femeninas, las cuales estaban en el mismo edificio, pero en el ala opuesta. Compartir la habitación, división geo-genérica… no me sonaba bien el asunto. Pero cuando llegué a la habitación y me di cuenta que era más que modesta, pequeña e incómoda, con una televisón que no funcionaba, dos camas angostas, una sola cómoda, con restricciones para llamadas telefónicas y un baño estrechísimo, no lo dudé: me mudaría enseguida. Hice una llamada a otro de los hoteles recomendados y por fortuna encontré cupo. Salí a la recepción, le expliqué al hombre del mostrador mi decisión y diez minutos después disfrutaba de una suite en un hotel cercano, de muy buena categoría y con todos los servicios: telefonía, Internet, cable, gimnasio, spá, piscina, desayuno americano, el paraíso. ¡Qué bien!

Al otro día comenzaron las reuniones del seminario que se prolongarían por cinco días, reuniones intensas que no darían tregua, pero muy interesantes y provechosas, sin duda. Todo estaba muy bien organizado: un salón con todas las facilidades y una mesa grande dispuesta en redondo, con los sitios marcados para cada uno. A la izquierda de mi puesto estaba asignado el lugar pata un profesor chileno que sólo llegaría hacia mediados del evento para acompañarnos dos días, y a mi derecha se encontraba una profesora italiana a la que todos llamaban “Marinita”, de unos cincuenta años, pequeña y delgadita y de una sonrisa tierna, con la que apenas cruzaríamos algunas palabras protocolarias. El puesto adyacente al de la italiana, se nos anunció, estaría vacío, pues su ocupante había cancelado a última hora su participación.

En la noche del primer día me crucé en el hotel con dos personas del grupo que también me reconocieron y así comencé las primeras relaciones amistosas con mis colegas. Nos reunimos en la cafetería del hotel y pronto se nos unieron otros dos compañeros del seminario. Al poco tiempo nos dimos cuenta que todos teníamos un tema en común: la misma apreciación sobre las residencias del Monterrey. Todos habíamos sufrido la misma decepción y al parecer habíamos tomado la misma decisión, lo cual surtió el efecto de una especie de hermandad que sirvió para mantenernos unidos durante el tiempo que duró el encuentro.

Al segundo día noté que mi vecina de puesto, la italiana no podía mantenerse quieta en su silla a pesar de que a mí me parecía que habían dispuesto asientos muy cómodos para todos. Esos movimientos constantes, hacia atrás, hacia delante, hacia la izquierda, hacia la derecha, me distraían mucho, pero no me atreví nunca a expresarle mi molestia, sobre todo porque siempre que buscaba la ocasión ella me devolvía ese rostro de “yo no fui” que lograba inhibirme.

La cafetería del hotel se convirtió las siguientes noches en lugar de reunión no sólo de quienes nos habíamos hospedado allí, sino de otros que por diversas razones no se habían atrevido a trasladarse de las ya famosas residencias del Monterrey. Así nos enteramos de una historia que pasará a los anales del anecdotario del grupo.

Carlos, profesor peruano, llegó un par de horas antes que yo al ITEM y se instaló en una habitación no muy lejana de la que me dieron a mí: la 118. Como aún era temprano y su televisión tampoco funcionaba, decidió salir a reconocer otros lugares del campus, actividad que le tomó unas dos horas, lo que quiere decir que a la hora en que yo le explicaba al hombre del mostrador mi decisión de no tomar la habitación, Carlos seguramente entraba a su habitación para encontrarse con una escena inverosímil. Contó Carlos que al abrir la puerta escuchó ruidos adentro. Primero pensó que aseaban la habitación, pero entonces reconoció el sonido de una ducha que alguien cerraba, de modo que abrió la segunda puerta del recinto, la que daba a la habitación misma y fue recibido por una nube caliente de vapor que inundaba completamente la habitación y que le impedía ver con claridad lo que adentro ocurría. De pronto una visión extraordinaria: alguien, un hombre alto, se cruzaba desnudo frente a sus ojos y se dirigía hacia la zona de las camas. El ruido de la ducha y el estado de la habitación impidieron que el intruso se percatara de la aparición de Carlos, de modo que cuando él, discreto, carraspeó a modo de señal de presencia, el hombre, un joven alto, guapo y bien formado, gritó como una niña asustada. Sin nada a la mano para cubrir su desnudez, el joven sólo atinó a llevarse las manos a los genitales y a mirar con horror al que él consideraba el intruso. Carlos comprendió lo que había sucedido mientras caminaba por el campus:

– Parece que nos asignaron la misma habitación
– Señor, que vergüenza –respondió el joven–, no sabía que…
– No, si yo tampoco, pero tranquilo, acaba de acomodarte que yo vuelvo más tarde

Efectivamente, tal como lo había predicho el hombre del mostrador, Carlos estaba condenado a compartir la habitación, pero él, estoico de espíritu, se hizo enseguida a la idea y finalmente pasó una noche tranquila, al lado de adonis, su compañero de cuarto. No sucedió así la tarde siguiente, la del segundo día del seminario, pues, justo después de terminada la jornada y con el propósito de descansar un poco antes de cenar, Carlos se dirigió a su habitación para encontrarse con una escena de lo más pintoresca pero así mismo intolerable. De nuevo un ruido extraño al abrir la puerta, de nuevo la prevención al abrir la segunda puerta y luego la visión de un arrume de cajas inundando la habitación, incluida una de donde provenía el raro sonido que le había llamado la atención: un guacal con una gallina adentro. Sorprendido, pero también irritado, Carlos se dirigió donde el hombre del mostrador, quien le ofreció la siguiente explicación: el joven, compañero de cuarto de Carlos, era un muchacho de provincia, al parecer sobreprotegido por sus padres, quienes habían enviado una descomunal encomienda para que su hijo no sufriera privaciones.

Además de las explicaciones, Carlos logró otra cosa: su traslado a otra habitación y la promesa de que no sería compartida.

La anécdota fue conocida, comentada, corregida, aumentada por todos los participantes del seminario, y sirvió para que nos acercáramos con mayor familiaridad, familiaridad que hoy ha servido para no perder el contacto.

Entretanto, me tuve que llevar un secreto de regreso a Bogotá, secreto derivado de la comprobación de que los movimientos de Marinita en su silla no respondían a la incomodidad de los asientos, sino a una estrategia de coqueteo muy singular, estrategia que llegó a su climax el última día, cuando Marinita llegó sorprendentemente vestida con una minifalda sin duda atrevida, pero que dejaba ver un par de piernas sanas, extraordinariamente sanas, que no dudó en exhibirme y mostrarme con descaro, durante todo el día, aprovechando que no había testigos, pues los puestos adyacentes se encontraban convenientemente vacíos.


[1] Exposición que incluyó lugares que después conocería, durante los espacios dedicados por los organizadores del evento a recorrer esa maravillosa ciudad que es Monterrey: "la menos mexicana de todas las ciudades del país azteca". El Marco Museo, con su hernmosa escultura "La paloma", en su entrada; el bellísimo museo de historia mexicana; la llamada Macroplaza, el colonial edificio del Obispado; el extraño paraje de la huasteca, con sus imponentes paredes verticales de más de cien metros; el inevitable cerro de la silla de montar; y el muy barroco, barroquísimo, restarurante del rey del cabrito, promocionado como un recinto regional cien por ciento familiar.

Monterrey, 2004
Bogotá, 2004 - 2005

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20/05/2006

La extraterrestre que me sedujo

Azules eran los ojos de mi benefactor, azul, profundamente azul, el cielo de Sevilla en aquella primavera, de azul se había teñido el Guadalquivir, azules eran los ojos de América y azul es el color de Venus, el planeta ligado a la feminidad y de donde ella aseguraba que provenía.

Todo, como en una confabulación, se había juntado para conducir a nuestro encuentro: las dificultades superadas, casi en forma mágica, para mi viaje a España, el encuentro forzado de Paquita, mi anfitriona en Sevilla, la estancia prolongada de América en la capital andaluza.

En efecto, el viaje que por motivos académicos hice a España en la primavera de 1997 estuvo precedido de dificultades poco menos que absurdas que de pronto se resolvieron de una manera igualmente extravagante. Recibí la noticia de que la universidad me había negado el apoyo económico diez días antes de la fecha que tenía prevista para viajar a Madrid a cumplir con la obligación de sustentar los trabajos de seminario de mi doctorado. Y a pesar de mi ira infinita y de mi impotencia, a los pocos días me había resignado no sólo a perder el viaje mismo, sino a lo que eso implicaba: malograr el curso y así la oportunidad de mi formación a alto nivel.

Esa resignación, que seguramente se manifestaba en mi rostro con una máscara de tristeza, fue percibida en el aula de clase por uno de mis alumnos, el aventajado Roberto Gil. Le conté a Roberto lo que me pasaba y él, como si no hubiera nada de drama en todo aquello, simplemente me dijo:

– No te preocupes, yo te regalo el pasaje, no puedes perder ese viaje

La verdad no supe al comienzo si era una broma de mi alumno. Una persona que apenas conocía, que no tenía ningún compromiso conmigo, que, al contrario, podría estar resentida como producto de la natural tensión que se desarrolla entre profesor y alumno, me lanzaba aquel salvavidas sin más ni más, sin demandas o contraprestaciones. Extraordinario, sencillamente extraordinario.

– Mira –me explicó Roberto–, por mi oficio yo viajo mucho y tengo pasajes que puedo utilizar cuando quiera en la forma que quiera, para quien quiera, sin que eso signifique costos adicionales o dificultades para mí. Sólo quiero ayudarte, nada más.

Y efectivamente, dos días después tenía en mis manos un tiquete Bogotá-Madrid-Bogotá a mi nombre sin haber girado un solo peso. En ese momento sólo pensaba en la oportunidad que me daba la vida, en ese regalo que por ser inesperado y no contener empeños resultaba valioso, muy valioso para mí. Así que, cómo dudar, cómo pensar en algo distinto que ir a España, cumplir mis responsabilidades, hacer turismo y disfrutar de mi primer viaje a Europa.

Un último obstáculo se atravesó, tal vez como una señal que no quise advertir. Debía estar en el aeropuerto a las cinco de la tarde y por eso había decidido ir en la mañana a la Universidad. Hacia las tres de la tarde fui por mi automóvil al parqueadero, con el tiempo justo para llegar a mi casa, recoger el equipaje y dirigirme a El Dorado. En ese momento, me di cuenta que había dejado las llaves olvidadas dentro del carro. Intenté de todo: probar otras llaves, romper un vidrio, introducir una ganzúa, pero nada, a las tres y media y ya desesperado llamé a mi mujer con la esperanza de que ella cargara un duplicado, pero tampoco. Lo peor es que el bendito pasaje estaba en la guantera y ya no sabía qué hacer. Estaba en estas, cuando un colega llegó al parqueadero y después de enterarse de mi percance sacó, como por arte de magia, un gancho de ropa de su propio automóvil, y en menos de un minuto abrió la puerta de mi carro. Así logré llegar a tiempo y ya no pensé más en dificultades u obstáculos, sino en la aventura académica y turística de mi viaje.

Al final de mi primera semana y después de haber cumplido mis asuntos en la Universidad, decidí llamar a mi amiga Francisca Noguerol, profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Sevilla, a quien había conocido en algún congreso, pero a quien no había logrado contactar desde Bogotá. Pronto supe por qué: estaba preparándose para presentar oposiciones al cargo de profesora titular en Salamanca. Es más, cuando llamé desde Madrid, la encontré por puro azar, pues estaba en su departamento de paso, recogiendo unos enseres para trasladarse a casa de sus padres, donde se iba a enclaustrar durante las dos semanas que todavía tenía para preparar sus exámenes. No obstante y ante la imposibilidad de atenderme personalmente, Paquita me hizo una propuesta irresistible: que fuera a quedarme en su departamento en Sevilla y que disfrutara de la ciudad que estaba bellísima, según sus tentadoras palabras. No me aseguraba su compañía, pero sí la de algunos de sus alumnos, incluida una chica colombiana, que seguramente me podrían servir de guías en mi visita. Yo acepté sin pensarlo dos veces.

El apartamento de Paquita, apartamento de soltera, era perfecto: pequeño, pero bien dotado, situado en el centro de la ciudad y en todo sentido espléndido. Me había dejado las llaves con el portero del edificio y yo me instalé enseguida. Aprovechando el magnífico clima salí inmediatamente a reconocer los alrededores, que no podían estar mejor. Apenas a unas horas de mi arribo a Sevilla, después de haber disfrutado de la magnífica experiencia de haber viajado en el AVE, la dicha me embargaba por completo.

Según lo convenido, nos vimos al otro día en la universidad, donde me presentó a dos de sus alumnas; una chica colombiana, cuyo nombre he olvidado y a otra mexicana de nombre América quien me miró con sus ojos azules y su bella sonrisa como si ya nos hubiéramos conocido. Esa tarde anduvimos los tres por varios de los sitios conocidos de Sevilla, como la Plaza España, la misma Universidad y algunas otras zonas históricas. Como la compatriota tenía que asistir a clases, América se ofreció a acompañarme a conocer al otro día lo mejor y más reconocido de Sevilla y para ello nos citamos en algún lugar del centro.

Al parecer, América era una mujer de mucho recorrido, pues conocía varias ciudades europeas, incluida Paris, de la que hablaba como si fuera su segunda tierra natal. Llevaba como tres meses en Sevilla y esperaba viajar todo ese año por España, financiada por un padre generoso que desde Veracruz, al otro lado del océano, no hacía sino complacer a su hija consentida. Después de planear el recorrido del otro día, que tenía que ser intenso, pues al siguiente debía regresar en la tarde a Madrid, nos despedimos, no sin volver a recibir el efecto de su mirada azul, entre seductora y cómplice.

El día siguiente comenzamos muy temprano el recorrido, primero por el barrio San Antonio, que tanto se parece a nuestra Candelaria o a nuestro Corralito de piedra; fuimos después a la Giralda y a la torre del reloj y nos dejamos leer la suerte de una gitana que a la salida de alguna iglesia nos predijo larga amistad. Nos trasladamos en seguida al centro para irnos de tapas y dejamos para la tarde la visita a los Alcázares, a la iglesia de la Macarena, a los restos de la muralla y el paseo por el Guadalquivir. Hacia las seis de la tarde, cuando ya varias personas nos habían confundido como pareja, desembarcamos en el muelle e hicimos un largo y romántico recorrido a lo largo del río, buscando un restaurante para cenar. Ya estaba planeado el recorrido del otro día: visita al recinto de la Feria Mundial y a las ruinas romanas, con lo que completaría así el objetivo de conocer lo mejor de Sevilla. Sólo faltaba una cosa: acudir a la cita con Paquita, quien nos había invitado hacia las nueve de la noche a tomar una copa de vino en alguno de los bares cercanos a la universidad.

A esta altura, América había pasado de ser una simple alumna de Paquita a la más perfecta y bella guía turística del mundo, primero y, después, a una virtual pareja mía, para terminar convertida en la mujer que quería amar para toda la vida. Durante la velada con Paquita, América no hacía más que confirmar con su mirada y con su sonrisa aquella secuencia y fue así como terminamos los dos durmiendo en el apartamento de mi amiga, donde hicimos el amor como si lleváramos años de habernos conocido. Nada más hermoso que despertar y encontrarme con sus bellos ojos azules totalmente abiertos, mirándome, como primera imagen del día. Me había enamorado, perdidamente.

América, desnuda, preparó café, mientras yo desde la cama espiaba sus movimientos, fascinado. Llevó las dos tasas a la cama y mientras tomábamos la mágica infusión me confesó:

– Jaime, ¿sabes por que las cosas han salido tan perfectas?
– ¿A qué te refieres América?
– Si, la superación de las dificultades de tu viaje, el encuentro suertudo de Paquita, nuestro maravilloso tour, la rapidez con la que nos conectamos, la bella noche que acabamos de pasar, el futuro que podríamos construir…
– Espera un momento, ¿cómo sabes lo de mi viaje?
– Tú me lo contaste tontito –me tranquilizó América, sólo para soltarme enseguida–: aunque no lo habría necesitado.
– ¿Qué? –le pregunté un poco extrañado
– Si –me contestó ella–. Yo sabía todo esto, sabía como iba a culminar, incluso puedo vislumbrar qué puede ser de los dos si seguimos juntos
– Estás bromeando, ¿cierto?
– No. Es el poder de los que venimos de Venus a ayudar a la gente aquí en la tierra.

Por supuesto, me quedé pasmado, pero para no parecer un tonto le pregunté si lo que quería decirme era que ella era extraterrestre

– Si, Jaime, lo soy, y aunque todavía no se me ha revelado mi verdadera misión en la tierra sé que tú tienes que ver algo con ella

No recuerdo bien cómo reaccioné o cómo se desarrolló después la conversación, pero ella me propuso que la llamara dos horas después, tiempo durante el cual debía decidir si yo quería seguir viéndola después de su revelación. Tiempo que ella aprovecharía para darse un baño, cambiarse de ropa y preparar el resto de recorrido por Sevilla que habíamos planeado. Fueron dos horas terribles, no sabía qué pensar, ¿me decía la verdad? ¿Era una broma? ¿Estaba loca esa mujer? Lo cierto es que también tomé un baño y decidí, más como un reto que por otra cosa, llamar a América para completar el recorrido.

Fuimos a los sitios previstos, nos comportamos como novios y no hablamos de Venus, ni de nada de lo dicho en la mañana, pero mi ansiedad crecía, así que finalmente le dije

– Te creo América, creo lo que me haz dicho y quiero hacer parte de tu plan o de tu misión
– ¿Incluso estarías dispuesto a ir conmigo a Venus?

Dudé un momento, pero al fin confirmé que sí, que iría con ella a donde fuera

– ¿Y tu mujer y tus hijos?
– Tendrán que entender –respondí completamente enajenado
– Bueno, lo siguiente es vernos en Madrid

Lo que vino después fue la locura total: nuestra despedida en la estación del AVE, los días en Madrid esperando que llegara América, su visita, el amor, mil veces el amor, la nueva y desgarradora despedida por mi regreso a Bogotá, las promesas, los planes para vivir juntos, las insoportables doce horas del regreso, las cartas, los emails, las llamadas a escondidas, el desespero, el infierno de la post infidelidad y finalmente la conciencia de que todo había sido una insensatez, el doloroso reparo familiar, la resignación que no el olvido, la decisión de no volverme a comunicar y finalmente la vuelta de las aguas a su curso.

Hoy todavía no sé qué sucedió exactamente en aquellos días en Sevilla, no se sí América estaba loca o si era realmente una extraterrestre, no volví a saber de ella. Al recordar, el asunto parece más un sueño que una experiencia real. De lo que sí estoy seguro es que habría sido imposible evitar nuestro encuentro y que sólo yo estaba predestinado para ser el beneficiario de aquel extraño pero maravilloso suceso, que no sé cuántos puedan preciarse de contar.



Jaime Alejandro Rodríguez
Madrid, Sevilla, 1997
Bogotá, 2004 - 2005

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13/05/2006

Retorno

A medida que se acercaba manejando por la ruta 40, Soler iba reconociendo cada uno de los lugares que su memoria afectiva había fijado a manera de hitos en ese trayecto que lleva de Mendoza a San Rafael en Argentina. Le gustó la idea de estar regresando como si no hubiera transcurrido el tiempo. La empresa donde Soler trabajaba y en la cual yo hacía mi pasantía, había solicitado su presencia en el Complejo, así que exacto un año después de su traslado volvía a una ciudad cuyo grato recuerdo empezaba ya a empañarse de nostalgias.

A través de la ventanilla, los golpes secos del aire empezaron a hinchar su ánimo. Dejó que se colaran los aromas para entregarse al juego de los recuerdos con olor. Descubrió en el espejo que un auto atrás le pedía espacio para pasar. Lo concedió. La ruta estaba prácticamente vacía (el tránsito congestionado, me dijo, no llegaría sino hasta dentro de dos semanas, cuando el inicio de las vacaciones de invierno ocasionase el viaje intempestivo y furioso de turistas).

Volvió a fijarse en el retrovisor, esta vez llevado por la curiosidad de examinar su rostro. Pese a la débil luz de la tarde, podía observar claramente las grietas de su piel. Con alguna broma se refirió a lo que resultaba la inevitable evidencia de su próxima vejez. Buscó el encendedor para prender un cigarrillo. No lo encontró en la chaqueta. Abrió la guantera, tampoco. Por fin lo palpó en uno de los bolsillos delanteros de su pantalón.

— Por un momento pensé que tenía una erección —me dijo, y volvió a reír, decidido a dejarme en claro que lo de su vejez inminente no le preocupaba

Al llegar a San Rafael, Ingresamos a un paseo de álamos, abandonamos luego la monótona ruta 40 y tomamos la avenida Balloffett. Soler aminoró la marcha para advertirme del curioso espectáculo de unos habitantes que preferían maniobrar bicicletas, y se dejó abatir por el ajeno esplendor de las muchachas. Los recuerdos estrujaban su mente. Apagó la radio. Pasó despacio por los lugares vinculados a su afecto. Estaba cansado, pero no habría de instalarse en el hotel sin antes visitar el barrio donde vivió durante su anterior estadía. Así que sin preguntarme si estaba de acuerdo, siguió de largo hacia la parada del tren metropolitano, cumplió con el ritual de saludar el monumento a los inmigrantes y se devolvió por la avenida Balloffett. Entramos al barrio y Soler se detuvo frente a una casa grande de apariencia antigua. Doblegado por una extraña inquietud dejó caer su cabeza sobre el volante y empezó a contarme su historia

***

Pintorreada, como si hubiera preparado una máscara horrenda para su rostro, vistiendo ropas en desuso, la vieron deambular por las calles del centro hacia el norte. Por supuesto, nadie la reconoció. Dicen también que la gente se apartaba para darle paso y que los chicos se burlaban o la agredían, mientras ella continuaba, inalterable, su recorrido.

Algunos días antes de la noticia, los vecinos de Pami advirtieron su ausencia. Durante las últimas semanas, había vuelto a demostrar una actitud huraña y cada vez se hacía más arriesgado intentar contacto con ella. El primer síntoma de la regresión fue el deterioro del jardín. Pensaron que se encontraba enferma y acudieron a visitarla, pero ella los despidió con frases agresivas y les exigió intimidad. De modo que no volvieron a insistir. Pasaron varios días sin que nadie le hablara. Después ni siquiera volvieron a verla. Se preocuparon. Entonces lamentaron no tener la dirección o el teléfono de aquel hombre joven, que tiempo atrás, la visitaba. Aparte de él no tenían la más mínima idea de quién podría dar razón de ella y no quisieron inquietarme. Esperaron.

Cuando alguien comentó, durante una cena comunitaria, la nota del periódico donde se discutía el incremento en el número de enajenados que vagaban libremente por la ciudad, y donde también se reportaba, como ejemplo, el caso de una anciana extraviada, los vecinos de Pami comprendieron que algo grave le había sucedido.

Pami era la única habitante de los viejos tiempos. La gente que vivió los primeros años del barrio había muerto ya o se había trasladado a sectores más progresistas. Así la trataron siempre, como la anciana de la casa grande. Nunca conocieron a ciencia cierta nada acerca de su origen o de su historia. Suponían que era alguna solterona rica y extravagante. Además, desconcertaban aquellas visitas misteriosas hechas con incalculable frecuencia por un muchacho de aspecto físico semejante a ella. Único suceso que alteraba la rígida clausura de la anciana.

El azar quiso que yo me convirtiera en el exclusivo portador de sus secretos. En razón a mi trabajo, fui trasladado transitoriamente a la ciudad por un periodo de seis meses. Así que viajé solo y me instalé en una casa de unos parientes de mi mujer, ubicada en el mismo barrio de la anciana. Al cabo de unas semanas ya había vencido la nostalgia y me sentía como un paisano más. Fue entonces cuando conocí la historia de Pami.

Todo se inició como un reto: pese a los años, el barrio nunca adquirió el aspecto decadente de otros, antiguamente esplendorosos. Este conservó el nivel de lo tradicional. Los nuevos habitantes no tenían la alcurnia de los primeros, pero trataban, a toda costa, de evitar su degradación. Me comprometí a integrar aquel esquivo personaje a las actividades de la comunidad. Para la primavera, organicé la cruzada de las flores y con ese pretexto visité a Pami.

La mujer, para quien había preparado toda una retahíla de argumentos fue, para mi sorpresa, en extremo amable. Pronto nos hicimos muy buenos amigos y llegué a sacrificar por ella varios fines de semana, destinados previamente a mi familia.

Mujer solitaria y de pocas palabras, Pami cargaba la pena de haber sucumbido ante el amor. Demasiado apegada a su madre —una inmigrante y viuda de la gran guerra—, en su juventud Pami fue presa fácil de un romance deshonesto. El nacimiento de su hijo coincidió con la muerte de su madre. Se deshizo del niño y decidió vivir sola y apartada en la vieja casa. Ahora, en medio de su amarga soledad senil, deseaba recuperar un pasado ya irreversible.

Me bastaron pocos encuentros para ganar su afecto. Incluso logré establecer lazos de relación entre ella y sus vecinos. De ese modo comenzó a ceder en la obsesión de su vejez. Sin embargo, no logré que modificase el ambiente de su casa; deteriorada, aunque limpia, todo en su interior era oscuro, antiguo y oloroso. Ni un solo espejo colgaba de las paredes. No había televisor ni tampoco ninguna otra de las comodidades modernas. Solamente una radio muy antigua, casi una reliquia, que escuchaba a todas horas, con una regularidad compulsiva.

Creo que tuve el privilegio de ser el único invitado a la casa grande. Creo también que ella sólo a mi me brindó su verdadero cariño, porque, cuando supo que yo debía volver, cayó en un mutismo impenetrable. Le hice, no obstante, prometer que seguiría cuidando de su jardín y yo me obligué a retornar. Nunca lo hice... ni siquiera le escribí cartas, y para cuando llegó la Navidad tampoco la tuve en cuenta en el reparto de tarjetas. Ya podrá usted imaginarse, ingeniero, cómo me sentí cuando me contaron lo suyo.

Según el periódico, Pami se presentó a una casa del barrio Norte. Llamó a la puerta y preguntó por un nombre desconocido para los moradores del lugar. Ella insistió, asegurando que la persona por quien preguntaba, no sólo vivía allí, sino que era el dueño de la casa. Aunque compadecidos, los inquilinos aceptaron de mala gana su inspección. En realidad los datos de Pami coincidían. Habló de estar acudiendo a una cita y luego se instaló en la sala. No se movió de allí hasta cuando llegó la policía. Volvió a repetir la historia de la cita y mostró una pequeña tarjeta donde, en efecto, aparecía la información que ella sostenía: dirección, teléfono, nombre y fecha. Alguien entonces reconoció aquel apellido impreso: el antiguo dueño, muerto un par de años antes. La fecha de la cita coincidía con la del día excepto por el año. Pami afirmaba, sin embargo, haber visto al hombre y haber hecho los arreglos del encuentro la semana anterior. No hubo duda de su trastorno.

Cuando me contaron aquella absurda historia, recordé algunas confidencias. Pami me habló de los encuentros con su hijo (el extraño hombre que los vecinos veían llegar con frecuencia a la casa) y me confesó un terrible tormento: jamás se perdonó el haber evadido nuevas entrevistas con él. Vivió amargada, esperando en vano su retorno. Pero él había impuesto como condición que Pami lo visitara a su casa. Un intento, a su manera, por reformar el modo de existir de ella, de estimular sus intereses en la vida. Pami, sin embargo, insistía en la clausura. Consideraba el deterioro de su aspecto físico como un justo castigo del destino y se negaba a salir de su casa más allá de lo necesario. Se sentía infeliz e indigna en efecto. Por eso jamás cumplió la cita. Por eso nunca se enteró de la muerte de su hijo...

***

Soler aclaró la voz. Intentó decir algo más, pero calló. Se escuchó el chirriar de llantas de un automóvil que trataba de evitar a un ciclista. Quise hacer algún comentario a la historia que Soler acababa de referirme, pero la visión de su rostro, sudoroso y congestionado, me detuvo. Me paralizó también el brillo de sus lágrimas.

Luego, se hizo el silencio no sólo en la cabina del auto, sino en las calles de alrededor. En seguida, Soler puso en marcha su coche y fuimos a instalarnos al hotel

No pude dormir en toda la noche recordando mi última visita a casa de Soler, allá en Mendoza, tras el funeral de su único hijo. Cómo olvidar esa apariencia antigua, oscura y olorosa que impregnaba toda su casa. Cómo dejar de recordar la extraña manía de su mujer de escuchar la radio a toda hora.





Mendoza, San Rafael (Argentina), 1986
Bogotá., 1987 - 2005

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12/05/2006

Gabriel Ángel

Apenas si pude reconocerlo. La imagen de ese cuerpo inerte que mostraban los noticieros no coincidía para nada con la facha del tipo vivaz, aunque inesperadamente flemático, que tuve frente a mí, la última vez que nos vimos, unos doce años atrás. Y sin embargo tuve la inmediata certeza de que era él: Miguel Gómez, o Gabriel Ángel, comandante-del-bloque-Caribe–de-las-FARC, como majaderamente anunciaba la presentadora. Los gestos juveniles de su rostro que -persistentes- aún guardaba en mi memoria como la referencia más clara de su asombrosa presencia, habían desaparecido. El bigote espeso y descuidado que llenaba el primer plano de las imágenes restaba protagonismo a sus ojos grandes, vivarachos y brillantes, sin duda el rasgo más seductor que poseía Miguel. ¿A dónde había ido a parar ese encanto que enamorara perdidamente a Carolina hace veinte años, cuando todo esto comenzó?

— Hermano, pero si esa vieja es de lo más feo que ha pasado por el bufete. ¿Acaso no sabes cómo la llaman aquí? “caremuerto”. Claro que ella ni se da cuenta. Imagínate que se queda lo más de tranquila. cuando se la encuentran de frente y la llaman “Care”.
— No sé por qué te preocupas tanto, Jaime. Carolina es una mujer maravillosa, llena de virtudes, virtudes que los que andan como tú, ansiosos de piernas torneadas y caras perfectas, no pueden apreciar. Desde ayer es mi novia y así quiero que la traten aquí, como a mi mujer, es decir, con el mayor respeto.

Y entrábamos en discusiones sobre si el respeto no debía más bien ella merecerlo por sí sola, y entonces él contra-argumentaba diciendo que se refería a un respeto adicional, derivado de la relación con él, y que por eso había utilizado el adjetivo “mayor”, y no dudaba en sacar a relucir sus mejores armas retóricas del arsenal que los jesuitas le habían proporcionado durante su formación básica y que él se había encargado de pulir mientras culminaba una brillante carrera de abogacía en la Nacional. Así era él: categórico, brillante y sobre todo terco como una mula. Por eso me parecía tan raro que Miguel se hubiera enamorado de Carolina, una abogada sin mayor talento, ni belleza, con unos ojos verdes demasiado grandes que no le hacían gracia, pero que a él, a Miguel, le parecían los ojos más hermosos del mundo. Razones tendría ese hombre joven, bien parecido, culto, de palabra fascinadora e insidiosa, graduado con honores, sensible a la injusticia social, generoso, y terco como una mula; razones que nunca quise indagar.


Los noticieros estaban todos en la misma cosa: anunciando el “golpe contundente” que acababa de dar el ejército a las FARC con la muerte de Gabriel Ángel. Y, como siempre, ahora resultaba que este comandante guerrillero era el autor de no sé cuántos asesinatos, masacres, secuestros, dueño de todo un prontuario que de pronto salía a la luz pública como por arte de magia. No sé si alguien se ha puesto en la tarea de averiguar por qué es que cada vez que capturan o matan a un guerrillero resulta ser el más temido, causante de todo lo que se ha cometido en las últimas semanas. El resultado sería evidente: se trata de la convergencia, siempre oportuna, siempre dispuesta, de la maniobra del chivo expiatorio del establecimiento, el sensacionalismo mercantil de los noticieros y la mala memoria de los colombianos. Una fórmula perfecta que por eso nunca falla.

Aunque jamás me lo dijo -ni siquiera cuando nos vimos hace doce años y se lo pregunté de frente- yo sé de donde sacó Miguel su alias. Gabriel por nuestro Nóbel y Ángel, por Miguel Ángel Asturias, por el Cara de Ángel de El señor Presidente. ¡Alumbra lumbre de alumbre, luzbel de podredumbre! ¡Alumbra lumbre de alumbre, sobre la podredumbre, luzbel de podredumbre! El efecto de ese apodo es a la vez poético y extraño. Miguel era –había sido toda la vida– efectivamente, un ángel, un tipo medio ingenuo y sobre todo quijotesco; lleno de sensibilidad y de arrogancia, pero siempre dispuesto a ayudar al necesitado con una generosidad que alcanzaba a veces los límites de lo irracional. ¿Por qué entonces llegó a ser lo que fue? ¿Se convirtió en un ángel exterminador o, mejor aún, en un ángel caído, bello y malo como Satán, o simplemente –como percibí en nuestro encuentro– se había encerrado en un mundo hermético y austero, como debe ser el de los ángeles? No creo que fuera sólo su gusto literario lo que estuviera en juego en su alias, sino algo mucho más profundo y del todo misterioso.


Entró a mi oficina perfectamente vestido. Se le notaba que estaba estrenando su modesto pero elegante traje de calle, se le notaba también que hacía mucho tiempo, desde la época del bufete, que no usaba corbata. Estuvo incómodo desde el primer momento. El frío ademán de saludo con el que respondió a ese abrazo lleno de calor que le brindé y que cayó en el vacío de una espalda tensa, erguida, marcó la pauta de la corta conversación que sostuvimos.

–Tiempo sin verte Miguel. ¿Dónde estuviste todos estos años? Estabas perdido. Pero siéntate ¿En qué te puedo servir?
–Bonita Oficina señor Defensor. Hecha a la medida de lo que mereces –me dijo con un tono ambiguo en su voz, que me desconcertó. Supe que no estaba ante el amigo que diez años antes me había pedido sinceramente consejo y ayuda.

Llamó a mi casa muy tarde. Recuerdo que acababa de dejar las copias de algún sumario que estaba leyendo, y que me había sumergido ya en el primer sueño, cuando el timbre del teléfono me sacudió. Recuerdo que renegué por haber olvidado desconectar el aparato, pero al fin contesté. La angustia de Miguel era tan intensa que se hundió en mi cama y acabó de despertarme. Me hablaba de un problema familiar que había tenido Carolina y del viaje intempestivo que ella había tenido que hacer a su pueblo. Estaba realmente acongojado por no haber podido acompañarla y me suplicaba que le ayudara a conseguir el dinero para trasladarse a la costa y estar lo más pronto con su amada. Le prometí que hablaría con mi padre para ver si él podía adelantarle algo de salario, y así pude deshacerme de sus súplicas emotivas e insistentes. Recuerdo que volví a renegar por mi descuido y que ya no pude conciliar el sueño. Recuerdo que volví a tomar el fajo de papeles y que el frío comenzó a helar mis manos.

–Pero cuéntame de tu vida, hombre. Lo último que supe fue que te quedaste a vivir en el pueblo de Carolina después de su muerte.
–La verdad, Jaime, no vine a hablar de eso contigo –me cortó sin piedad-. Mi vida ahora no me pertenece, está empeñada al proyecto de liberación nacional. Mi pasado ya no importa, es del presente y del futuro de lo que quisiera hablar contigo.
–Estás muy misterioso, Miguel –le dije confundido–. La verdad no comprendo de lo que me hablas.
–Misterioso no. Clandestino que es otra cosa.

La expresión heló mis gestos. Comprobé así, de esa manera terminante e inesperada, lo que había sido hasta ahora un rumor que me negaba a admitir: que Miguel se había unido a las filas de la Subversión. Entonces no había muerto, como algunos llegaron a afirmar, sino que se había hecho “clandestino”.


En la televisión, el periodista seguía con sus disparates. Hablaba de no se qué antecedentes y de no sé que vida anterior del comandante muerto, se magnificaban sus acciones como estudiante de la Nacional y hasta forzaban una imposible relación de la orden jesuita con su vinculación a la guerrilla. Una sarta de mentiras que ahora se tragaría entera el honorable público. Ganas daban de intervenir, de aclarar, pero ¿para qué? ¿Qué sentido tendría que un magistrado ofreciera su testimonio de relación personal? ¿Qué podría ganar Miguel, qué podría ganar yo, que podría ganar el país, confundido como está?

Miguel llegó temprano a la oficina y esperó la cita con papá, a quien yo había enterado de lo sucedido. Pero no obtuvo el apoyo esperado ¿Se había vuelto loco Miguel? ¿Qué era esa carajada de correr tras el culo de Carolina? Ni más faltaba, que espere un poco, al fin y al cabo, el viejo no había muerto, sólo estaba enfermo. Miguel renunció ese mismo día al bufete, ante el asombro de papá, quien confiaba ciegamente es su genio, pero no contó con su emotividad. Y como loco viajó esa noche en autobús hasta la costa, sometiéndose a un duro viaje de más de treinta horas. Tres días después del viaje de Carolina, Miguel llegó al pueblo de donde ella era oriunda y se encontró no con uno, sino con dos ataúdes. Suegro y novia muertos fue lo que tuvo que presenciar Miguel a su llegada a Valledupar.

–Si hombre, no te asustes. Ando en la clandestinidad desde hace ocho años. No tuve otra opción.
–Pero, ¿como fue? ¿Qué pasó? ¿Tuvo algo que ver la inesperada muerte de Carolina?


Ufano, el comandante del ejército ratificaba las especulaciones periodísticas. Se mostraban fotos de Miguel de diversas épocas. Fotos tan diferentes unas de otras que parecía que estuviéramos viendo personas distintas. Se hablaba de la función ideológica del comandante muerto, del papel estratégico que jugó durante las llamadas audiencias públicas del Caguán. Incluso mostraron un par de videos en los que aparecía uniformado y armado, detrás de los jefes del Secretariado. No faltó su vinculación al asesinato de la Cacica. Todo tan bien documentado que resultaba evidente la alianza entre periodistas e inteligencia militar.


Según me contó Miguel en nuestro encuentro de hace doce años, después de la muerte de Carolina las cosas se fueron desenvolviendo de una manera tan frenética y precisa que parecían obedecer a una especie de libreto predestinado. Primero el deber moral de acompañar a la viuda y a los hermanos menores. Después sus buenos oficios como abogado para sacar adelante lo de la sucesión. Más tarde el favor a un primo en aprietos y la asesoría al negocio de algún familiar. La cola de “clientes” se hizo interminable y él se sentía obligado a atender a tantos “necesitados de justicia”, así lo dijo: necesitados de justicia, como si no fueran más que simples litigios. El éxito de sus gestiones lo llevó al sindicato y desde allí al liderazgo comunitario y finalmente a la tentación política. Todo esto en menos de un año, cosa que no me sorprendió, pues correspondía en una medida apenas justa, al reconocimiento de su genialidad. Pero tras la luna de miel, los problemas. Al comienzo con otros abogados, después con los políticos de la región y al final con la policía. No tardó en llegar el acoso de otras fuerzas menos claras. Pero la gota que desbordó el vaso fue su ingreso a la UP.

–O renunciaba a mis ideales, desafiliándome, o moría en alguna de esas operaciones de limpieza que empezaron a darse en toda la región.
–Pero hubieras podido regresar a Bogotá, donde tenías amigos y familia.
–No creas, Jaime. El efecto del estatuto de seguridad se había consolidado en una red tenebrosa que te impedía moverte sin riesgo en ninguna parte. El gobierno prácticamente había expedido licencias para matar a todo activista o simpatizante de la izquierda. Además Bogotá, conociendo a tu papá y tras la escena de mi renuncia, estaba vedada para mí, así que no tuve opción.


Al otro día ya no se habló más en los medios de Gabriel Ángel. Algún peculado, alguna toma guerrillera, tal vez un huracán o el resultado de un partido de fútbol llenaron el espacio noticioso. Llamé a la familia de Miguel y les ofrecí mi sincero pésame, así como disculpas por no poder asistir a su funeral. Noté en sus reacciones el mismo tono de reproche que de alguna manera advertí en las palabras de Miguel, durante nuestro encuentro de hace doce años.

–Hermano, este país se jodió hace rato y no hay manera de arreglarlo a las buenas, como tu intentas hacerlo desde la comodidad de tus cargos y de la herencia política de tu papá –me dijo Miguel ya roto el hielo.
–¿No crees que es injusto lo que dices? Yo en cambio creo que es desde la apuesta a una institucionalidad fuerte que podemos hacer algo. No creo que la toma violenta del poder pueda ser la respuesta. Llevamos no sé, cien años o más en lo mismo y sólo hemos dejado resentimiento
–No, viejo, el resentimiento viene de la injusticia social y del sistemático ataque a los derechos civiles que la gente como tú, apoltronada en el poder, han causado.
–La nueva constitución intenta remediar muchas de las cosas que hemos hecho mal por años –intenté repostar.
–Nosotros apreciamos el esfuerzo –dijo Miguel como si me estuviera entregando un mensaje del Secretariado–, pero tenemos serias dudas de que la cosa funcione. Lo más seguro es que todo quede en el papel o que la reacción reforme el texto a su favor. Estas cosas, Jaime, tienen el peligro de demorarse o desviar el objetivo.

En sus palabras notaba una especie de discurso viejo, proveniente de los setentas, ninguna evolución, ninguna nueva propuesta. Se lo dije y fue como si hubiera echado hielo a la entrevista. Tomó su cabeza con ambas manos y sé que hizo un esfuerzo muy grande para no lanzar improperios. Entonces dio por terminada la reunión

–Sólo quería que supieras que estoy vivo, que el país no es lo que tú piensas que es, que estamos ahora en dos extremos irreconciliables y que ya no creo en la salida pacífica
–Pero Miguel, deberías pensarlo. Mira que los del eme han cambiado su apuesta, yo podría ayudarte, hay programas de reinserción…
–Viejo –me interrumpió–, la única ayuda que necesito es para con mi familia. Que no los jodan. Sé que te puedes encargar de eso, que no los jodan.

Lo dijo con lágrimas en sus ojos, se levantó y salió ya sin despedirse. Yo me quedé un rato pensando si habría podido hacer algo por retenerlo, si el riesgo que Miguel había corrido al presentarse en mi oficina no tendría otro objetivo. Llegué a la conclusión de que nos habíamos alejado irremediablemente, de que no había nada que hacer, y que vendrían cosas muy duras para el país.


Gracias a mi cargo obtuve información detallada de las circunstancias de su muerte. Su familia la recibió de mis labios con desconfianza y dolor. Hablé luego con algunos de los compañeros de colegio con quienes organicé un homenaje discreto para Miguel. Nos reunimos en la casa de uno de sus mejores amigos de la época, el quechua Quiroz. Fue una linda oportunidad para recordar sus travesuras en el colegio, su extraordinaria personalidad, su gran sensibilidad poética y literaria, su inmensa capacidad de liderazgo. Pero por más que buscamos, no encontramos por ningún lado la secuencia lógica que explicara finalmente su destino. Quedaron sin resolver muchas preguntas. ¿Tuvo algo que ver la extraña muerte de Carolina? ¿En realidad no había otra opción que la clandestinidad? ¿Qué había hecho Miguel para ser considerado por las fuerzas oscuras como objetivo militar? ¿Habría matado a alguien? ¿Éramos nosotros los que no veíamos claro? Nos sentimos confundidos. Algunos consideraron que Miguel había enloquecido, otros se sintieron defraudados, pero la mayoría manifestó una especie de respeto por su decisión y su valor.


Esos veinte años que van desde el momento en que Miguel como un loco corre tras Carolina y el instante en que los noticieros lo muestran abatido serán para nosotros un completo misterio, pero no podrán dejar ya de afectarnos. De alguna manera, ese tiempo oscuro, ese viaje inesperado, significa la diferencia entre lo que somos y lo que pudimos ser.




Bogotá 1970 - 2003
Bogotá, 2004

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8/05/2006

En Chile con Diamela

Conocí a Diamela Eltit en 1995, cuando vino a Bogotá como jurado de cuento en el marco de los premios nacionales de literatura del Ministerio de Cultura. Es poco caballeroso hacer cuentas, lo sé, pero Diamela tendría 45 años en ese entonces y 54 para cuando la volví a ver, en Santiago de Chile, a dónde había ido para asistir a un congreso de humanidades en lo que resultó ser la sede de su cátedra: la UTEM. Y el paso de esos años se notaba…


Después de haber sido aceptado al evento, intenté contactarla, pero no encontré sus datos en Internet y ya había desistido de hacerlo, cuando recordé que en nuestro primer encuentro ella me había regalado su libro Los vigilantes con la dedicatoria correspondiente y, tal vez, su dirección. Corrí a buscarlo y efectivamente allí estaba ese libro, desvencijado por lo maniacamente leído, con su dedicatoria en la primera página:

Para Jaime Alejandro
Con mucho cariño en
Bogotá
Diamela
Oct, 95



Y una hoja más adelante, sus datos. De esa manera pudimos concertar una cita: miércoles 1 y 30 pm en su casa de Domingo Faustino Sarmiento, para almorzar

Diamela es una magnífica y muy reconocida escritora chilena que, como se afirma en su semblanza, desarrolló una innovadora propuesta discursiva, usando diversidad de soportes artísticos –especialmente ensayo, novela y artes visuales- y desplegando una atenta y crítica lectura de los signos sociales y culturales del entorno, tal como ella misma lo afirma: “estoy abierta a leer los síntomas del desamparo, sea social, sea mental”. En el ámbito literario, logró construir un estilo formal único, cuyo rasgo distintivo fue, en palabras de algún especialista: “el carácter fragmentario, la acogida de distintas hablas, la presencia de una oralidad que permea el discurso escrito, alterando su sintaxis constitutiva y la heteroglosia buscada como elemento desestabilizador de la estética y el orden social dominantes”.


En Bogotá le hice una entrevista que luego publiqué y en la universidad fui promotor y director de varias tesis sobre su obra. En Bogotá, hicimos una bonita amistad no exenta de coqueteo y seducción y aunque prometimos seguir en contacto, eso no fue posible. Esa experiencia, la experiencia bogotana y la de nuestro encuentro sería recreada por ella, ante un auditorio insólito, en el almuerzo de ese miércoles de finales de mayo del 2003 en su casa de Santiago de Chile, sólo que con un sesgo, el sesgo de la memoria y de los cambios sufridos por ambos en esos casi nueve años sin vernos ni hablarnos, y en un ambiente que me resultó hostil.


Pero el almuerzo con Diamela no fue mi primera actividad en Santiago. Había llegado dos días antes, durante los cuales había presenciado la inauguración del IV Congreso Latinoamericano de Humanidades y había hecho algo de turismo por el centro de Santiago, con el reconocimiento de rigor: la parada de autobuses y el Mercado central, ambos sitios aledaños al hotel donde me hospedaba; la plaza de armas con su estatua ecuestre, la Catedral,


el Paseo Ahumada que tanto me recordó la Calle Florida en Buenos Aires, la tristemente célebre Casa de la Moneda, con su monumento a Salvador Allende, monumento a la contrición; el Cerro de Santa Lucía a unos pasos del centro y luego el de San Cristóbal, con su zoológico, su degustación de vinos, su teleférico y su Virgen en la cima, desde donde se podía ver una Santiago abrumada no sé si por la contaminación o por la humedad.


Me sentí acogido en Santiago, no sólo por la amabilidad de mis anfitriones en el hotel, sino por la de su gente en las calles, la de sus taxistas que hasta cobran menos, la de los académicos y organizadores en el congreso tan atentos a todo lo que necesitábamos; de modo que con ese ánimo llegué a casa de Diamela aquél miércoles de finales de mayo. No puedo decir que la escritora hubiera sido grosera, no, ni tampoco ninguno de los invitados (mejor decir, invitadas) al almuerzo.


Es más, la hostilidad creciente que iba percibiendo, a medida que se iba llenando la casa de mujeres, ¡de sólo mujeres!, pudo ser puro mecanismo de defensa. Aunque también creo que se dio la ocasión para que Diamela me expusiera como bufón en medio de esas siete mujeres, para quienes el hombre (lo percibí con toda certeza), cualquier hombre, les resultaba poco menos que despreciable.

Espero que no te sientas incómodo en medio de tantas mujeres

Me dijo Diamela con ironía, al momento de hacernos seguir a la mesa. Y yo me defendí


- Que va, Diamela, he estado en peores escenarios
- ¿Verdad? ¿Cómo puede ser eso?
- Pues mira, haz de saber que uno de los seminarios de mi doctorado fue literatura y feminismo, ni más ni menos
- ¡Bruto!
- El día que tuve que sustentar mi trabajo final (un análisis de la novela de Cela: Mrs Cadwell habla con su hijo), llegué tarde, por culpa del taxista que me llevó a la universidad en Madrid, quien se pegó la enredada del siglo. De modo que sudoroso y molesto, entré estrepitosamente al salón, un salón para treinta personas, colmado completamente de mujeres, solamente mujeres.
- ¡Bestia!
- Entro con ese afán y se hace un silencio absoluto y 62 ojos tornan todos hacia mí y yo vislumbro el último asiento vacío, justo al otro extremo, al lado de la profesora, que en ese momento hacía la inducción a la sesión, y entonces camino aplastado por esas treinta y un miradas y por ese silencio ensordecedor, como diría Borges, y logro por fin llegar, empapado, al asiento, al que me agarro como tabla en un naufragio. Y aún después de mi acomodo, el silencio se prolonga y entonces tengo la certeza de que la bruja, perdón señoras,
- ¡Animal!
- la profesora, estaba despotricando a sus anchas del pobre y débil género masculino, pues la oigo balbucear, intentando, no ya retomar el hilo, sin fundar otro, otro que poco a poco llevó a lo mismo: a despotricar de nosotros los hombres, pobrecitos…
- ¡Mi madre!
- De modo, queridas, que soy un hombre curtido en esas lides


Pero la defensa fue más bien contraproducente, fue como punzar a un toro ya herido, un toro de siete cabezas a cual más grotesca. Así que durante las dos horas laaaargas que duró el almuerzo ya no hubo ninguna empatía, ninguna posibilidad, ningún flanco de escape.

Y es que todas estaban, lo supe después, demasiado tarde, formadas bajo la férrea escuela de la mexicana Margo Glantz Shapiro de quien Diamela era su discípula y alentadora.


Para que tengan una idea de la contundencia de la mirada de estas feministas radicales, este botón de Los trabajadores de la muerte, obra de Diamela



La llegada del vino produce en los hombres una cierta agitación. Cuidando de no precipitarse sobre los vasos, la urgencia se deposita en un vértice alucinatario de las retinas o yace incubada en un súbito endurecimiento en las mandíbulas o se camufla tras un ceremonial demasiado forzado que actúa como sólido muro de contención para una sed largamente cultivada. Cuando la mano del hombre que sueña atrapa su vaso, sus invitados proceden a imitar con fidelidad sus movimientos. Los integrantes de la mesa sorben el vino y lo tragan con una enervante lentitud ritual. Pero el artificioso protocolo de las gargantas y de los gestos no viene sino a remarcar el indesmentible protagonismo de una sed viciosa que carece de contornos.




No es paranoia, pero si nos atenemos a la idea de que las mujeres tienen un código de habla que sólo se desarrolla cuando están solas y que para nosotros los hombres permanece vedado, ésta puede ser una muestra de ese terrible código. En primer lugar, cuando en el fragmento se nombra a los hombres, no es a la humanidad a lo que se refiere, sino al género, al pobre género masculino. Luego viene, nada más femenino, la observación morbosa, detallista, terrible, que llega hasta el vértice “alucinatario” de las retinas, que percibe hasta el endurecimiento en las mandíbulas, que vigila la mano del hombre cuando atrapa su vaso. Y luego la evaluación, no menos temible: tomar vino, según esta pavorosa mirada, es calmar una sed viciosa, y lo hacemos, según ellas, tragando, sorbiendo, con enervante lentitud ritual, con artificioso protocolo, con gestos infantiles y risibles (bueno eso último es mío).

Tal vez por eso, salí aturdido, abrumado, de ese almuerzo que yo había imaginado de otra forma, más cercano al acto de la entrevista en la Bogotá de nueve años antes. Y entonces toda mi esperanza de continuar el juego de la seducción que Diamela y yo habíamos iniciado, se vino abajo. No tuve fuerzas ni siquiera para rebatir lo que fue una recreación exagerada y descaradamente peyorativa de la experiencia bogotana de Diamela. No quedaba en su memoria ya ningún recuerdo grato, ni de esa vista desde los cerros que ella calificó de magnífica, ni de ese acento bogotano que ella había declarado bello. No quedaba resto de belleza en su evocación, y en su lugar se había instalado una visión horrible: la presunta amargura de un improbable atraco en plena calle, la supuesta angustia de un terrorismo omnipresente y la fingida autocompasión de la que ella hizo gala

Salí, digo, desanimado, sin ganas de volver al congreso, y entonces decidí irme a ver televisión a mi estrecho cuarto de hotel. Fue en esa tarde que me enteré que un tipo de menos de treinta años había violado a una anciana de setenta, que un hospital acaba de incendiarse con el nuevo equipamiento adentro, que a los chicos en Chile los llaman cabritos y que el negro Asprilla (nuestro orgullo futbolero)había protagonizado, a la salida de algún estadio chileno, otro escándalo, con tiros de revolver y todo.

Pero aún faltaban dos acontecimientos poco afortunados de mi viaje a Chile. Claro que el cierre del congreso fue magnífico y generoso, claro que Diamela se portó allí como un angel, claro que los organizadores nos brindaron toda su acogida, claro que el espectáculo folclórico fue maravilloso, y que el vino que rodó a cántaros esa noche final estuvo delicioso; claro que el congreso estuvo muy bien.

Pero no así la idea de ir a Isla Negra. ¿Cómo no ir a Isla Negra, estando tan cerca? El sábado, después de obtener información sobre cómo llegar, decidí ir a la famosa casa de Neruda. En realidad son poco más de dos horas desde Santiago. Salí a eso de las ocho calculando que el museo estaría abierto hacia las diez, según me habían informado.


Con la emoción de estar llegando ante uno de los altares míticos de la poesía latinoamericana, me apeeé del bus al borde de la carretera, justo donde se indica el camino hacia la casa museo. Eran las 10 y 30, así que me demoré un poco haciendo ese corto trayecto desde la carretera, tratando de evocar lo que las biografías y películas sobre Neruda me habían informado sobre su estancia en Isla Negra. Lo primero fue ver entre los árboles ese mar impetuoso que allí no tiene nada de pacífico. La espuma marina bramando contra las rocas, las huellas que dejaba en la arena. Supe entonces que Isla Negra es, efectivamente, un lugar inspirador, cómo no escribir aquí poesía, cómo no sentir el espíritu del poeta chileno. Y entonces la vi: la cabeza de Neruda sobre las rocas, primero a lo lejos, después ya muy cerca y atrás suyo, arriba, su casa, de la que se distingue en seguida la torre cilíndrica.


Neruda empezó su casa, precisamente con la torre de la piedra cilíndrica en 1939. Durante los siguientes 34 años, agregó, refinó, decoró y mejoró el lugar. Y empezó a llenarla con colecciones de casi todo, la colmó de sus juguetes, incluidos un enorme colmillo del Narval, una asombrosa colección de conchas, así como botellas, máscaras, entalladuras hindúes, escarabajos y mariposas. De todo esto sabía por mis lecturas y por las películas, sólo perdía verlas yo mismo.



Pero… la casa museo, justo ese fin de semana, estaba cerrada para turistas. Lo único que logré después de explicar al administrador del lugar que volaría a mi casa a 6000 km de allí al otro día, fue pasear por lo corredores externos, tomar algunas fotos desde las terrazas y ojear, sólo ojear, algunos interiores. ¡Que fiasco!

Tan decepcionado como podía estar, volví a Santiago y me dediqué a hacer algunas compras en la tarde. Luego volví al hotel, preparé maletas y me acosté temprano, muy temprano, pues debía estar en el aeropuerto a las dos de la mañana… Y efectivamente llegué a las 2 de la mañana, sólo para enterarme de que el vuelo, por mal tiempo en Buenos Aires, estaba demorado. De modo que deambulé por el moderno, pero no tan grande Aeropuerto de Santiago, durante seis horas, indagando cada tanto y cada tanto informado sobre el retraso cada vez más prolongado del avión, hasta que a las nueve de la mañana, se nos avisó que el vuelo había sido cancelado y que sólo había uno para el otro día. Así que empezó el vía crucis del traslado a un hotel, de las condiciones que hubo que exigir para que el asunto no se repitiera al otro día, la consecución de los recibos de comidas y toda esa tramitología aburridora que suele desatarse cuando ocurren estos incidentes



Terminé pues, ese domingo hospedado en el Intercontinental en una habitación, eso sí, muy cómoda, viendo en la televisión del hotel la carrera del Gran Premio de Mónaco, la segunda que ganaba nuestro magnífico piloto de Fórmula 1: Juan Pablo Montoya, emocionado a lo lejos, con otros compatriotas que también habían sufrido la incomodidad de la cancelación del viaje. Y fue entonces cuando recordé que el primer gran premio que ganó Juan Pablo ocurrió durante un incidente aéreo del que resulté también víctima, pero con matices más dramáticos: el que se ocasionó por los atentados del 11 de septiembre de 2001.


¿Es que Juan Pablo estaba condenado a ganar sólo si yo sufría algún incidente de viaje? O, planteado de otra forma: ¿Sólo podría ver ganar a Juan Pablo si estaba en medio de algún incidente?

Por fortuna, el tiempo confirmaría que la extrapolación que entonces formulé no volvería a funcionar

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18/04/2006

Odisea con Mishima

Sucedió así:
Acababa de pasar por una crisis emocional muy fuerte cuando, por asuntos de trabajo, tuve que viajar por aire. Ya acomodado en el interior del avión, ajusté mi cinturón de seguridad, saqué el libro que había comprado hacía unos días y me hundí en su lectura. Nada más coincidente con mi estado de ánimo de entonces que esa novela: El pabellón de oro, de Mishima que, en un tono depresivo, narra la historia personal de Mizogguchi, un muchacho torpe y tartamudo —a causa de un traumatismo psicológico—, afligido por un complejo de inferioridad tan parecido al que yo sufría que en mi alma empezó a resonar esa imagen del joven japonés arrodillado en el monaste¬rio de Rokuonji como si hubiese sido extraída de mi propia memoria.

Tal vez por eso, ni siquiera me percaté del momento en que, ya completo el cupo, el avión decoló y mucho menos del tipo de personas que lo habían abordado. Afuera, la noche parecía haberse adelantado, el tiempo estaba terrible, los avisos de advertencia no se apagaban y el avión se vio sacudido varias veces por los embates de un viento tormentoso que amenazaba constantemente la estabilidad de la aeronave. En el salón, sin embargo, no se escuchaba ni un suspiro. Inmerso en la lectura, yo ni siquiera me inmutaba, y los demás pasajeros, adiestrados en el arte de la inamovilidad, no emitieron ni un sonido, ni una señal de pánico por lo que, en cualquier otra circunstancia, se habría asumido como una situación de real emergencia.

Cuando los truenos se hicieron más frecuentes y la lluvia empezó a rasguñar con furia el fuselaje del avión, yo estaba en medio del Monasterio, acompañando a Tsurukawa y a Mizogguchi en alguna sesión de enseñanza. A esa altura me encontraba absolutamente identificado con el terrible dolor del muchacho, quien ya no podía amar y se sentía molesto por la perversa ironía de su amigo Kashiwagi. Había comenzado ya a manifestar esa paranoia enfermiza que lo llevaría a destruir su ídolo, en una desesperada tentativa por zafarse de su paralizadora influencia, que le impedía ser libre de verdad.

Así, en ese estado, imposible atender el llamado del piloto a permanecer alerta (que tampoco los demás pasajeros parecían considerar). Cualquiera que observase la escena habría creído que en el avión no había pasajeros, sino muñecos, quizás maniquíes, dispuestos para algún simulacro.

Cuando el primer motor se incendió, yo estaba en realidad abismado en medio del templo que ahora había empezado a arder por obra de Mizogguchi, de modo que confundí las llamas que lamían la ventanilla con las danzantes lenguas de fuego que empezaban a consumir el santuario, y el calor y el estremecimiento que empezaron a apoderarse de la nave con el que sintió Mizogguchi tratando de huir, y hasta tosí como el muchacho que ahora se lanzaba en una desatinada carrera...

Sólo entonces, alcé la vista, y vi a mi lado, casi sin sorpresa, a Tsurukawa; miré hacia atrás y reconocí a Kashiwagi y más allá a Mariko y a Yokobutu y al Prior: ¡todos estaban allí! En ese mo-mento me asusté de veras, alcancé a pensar que la lectura me había transportado hasta el lugar de los hechos, y entonces intenté pararme, pero el cinturón me haló de nuevo al asiento. Recobré así la conciencia, aunque sólo por un instante, porque enseguida me desmayé y no pude por eso ser testigo del forzoso aterrizaje que, gracias a la pericia del piloto, se llevó a cabo, allí, en medio de una trocha, cerca de la montaña, a pocos kilómetros del aeropuerto; ni del rescate que se efectuó a los pocos minutos, con el cual pudo ponerse a salvo la misión japonesa que visitaba la zona, y que había abordado, por pura coincidencia, el mismo avión que yo.

Desperté en el hospital, acompañado por mis hijos y por mi mujer, quienes me contaron lo sucedido y también que el único enser que pudieron recuperar de mi equipaje fue el libro de Mishima, del que, aún en mi inconsciencia, no quise desprenderme.


Barrancabermeja, 1995
Bogotá 2000

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14/04/2006

Una Geisha en mi corazón

No lo supe a ciencia cierta, sino hasta que vi la película. Angela había sido para mí, lo que las geishas japonesas para los varones ricos japoneses: un remanso de placer y de armonía. La posibilidad de conversar con ella de asuntos que la mayoría de las mujeres desprecian o no comprenden, como la sensibilidad del escritor, sus proyectos, sus vicisitudes, sus pactos a veces degradantes; la ocasión para jugar al amor, a ese amor sin reclamos ni demandas que la vida me regalaba; el goce de extraer del sexo, de nuestros ejercicios sexuales, sus más recónditos y asombrosos frutos; y también la complicidad en la trasgresión, la burla de las rigideces institucionales y la saña contra los personajes que nos acosaban; todo eso nos henchía de libertad.


Nuestras citas clandestinas nos excitaban, nos llenaban de energía, nos recargaban de amor y de fuerza para seguir jugando después nuestros ridículos y absurdos roles oficiales. No necesitábamos ponernos de acuerdo, no había agendas, ni tampoco horarios, simplemente bastaba una llamada mía y ella me esperaba en su apartamento, al que yo llegaba empapado en ansiedad. Algún detalle inesperado siempre me esperaba: la chimenea ardiendo, una botella de vino adecuadamente aireada, la lectura de algún poema nuevo, su cuerpo totalmente desnudo bajo las cobijas, la noticia que nos hacía reír o la ropa mojada sobre su piel que marcaba sus curvas de esa forma tan infame, y que yo me obstinaba en lamer hasta el dolor.

A medida que fuimos aprendiendo, el preámbulo se hacía más corto y más largo el epílogo. Pero el acto central de nuestros encuentros era el sexo. Mi llegada convertía su alcoba en un recinto de fuego que sólo se apagaba cuando terminábamos de hacer el amor. Sus ropas eran siempre más fáciles que las mías, pero yo logré habilidades muy grandes para el desviste rápido, de modo que la pasión no tuviera tropiezos. Y una vez desnudos, me lanzaba a beber de su sexo fresco, limpio y siempre jugoso. A veces bastaban dos o tres sorbidas de su néctar para que ella estallara en placer, un placer que me excitaba aún más, que me volvía loco de deseo, que me convertía en un acróbata del delirio y la fruición. Pero ella, sabia, me detenía, todavía no, quiero compensarte, tomaba mi pene enardecido, lo besaba con una suavidad que subía como legión de hormigas hasta mi garganta, lo aplacaba por instantes y luego lo atacaba con sus labios, hasta justo el momento anterior a su inminente rendición, y entonces, con una delicadeza que no hacía sino sacar lágrimas de mis ojos, lo introducía con suavidad, con amor, en su estrecha gruta, y allí el encuentro se consumaba, una, dos, tres veces, envueltos ambos en una magia que nos daba poder y felicidad.

Después venía el sosiego, un sosiego que se parecía a la felicidad. Venían las palabras, las de cariño, primero, las de complicidad después. Lo que me había pasado en esos días en que no la había visto, lo que ella me traía de su propia cosecha. Sus poemas, sus pensamientos siempre tan lúcidos, sus comentarios, sus trabajos y los míos; alguna copa, música, velas, el canturreo de la madera a lo lejos, y su cuerpo, su cuerpo volviendo a llenarse de deseo y el mío, el mío, atravesado por los locos anhelos de amarla de nuevo.

Hoy, los recuerdos más vivos, las imágenes más potentes de mi mente, provienen de esa hermosa época en que nos amamos tanto. La del agua que corría sobre nuestros cuerpos en la ducha, destinada dizque a borrar huellas, y que no hacía sino ensuciarnos de más amor, porque inevitablemente nos excitaba y terminábamos por eso allí enjabonándonos con el aceite de la lujuria. La de las acrobacias eróticas que hacían del kama sutra un manual para dummies y de las que quedó una larga secuencia sin ejecutar, lista que el éxito de nuestros encuentros hacía crecer y que incluía el amor en los ascensores, en las grutas, en las oficinas, sobre las mesas, sobre los asientos y butacas; en las poses más incómodas, por delante, sentados, por detrás, en cuclillas, de lado. La de sus senos, pequeños, firmes y temblorosos, respondiendo a mis caricias, mientras mi boca exploraba sus laberintos en busca de ese gesto que confirmaba la llegada explosiva del placer. La de su vientre templado y firme, vientre de mujer que nuca parirá. La de su cuerpo desnudo, de espaldas, cuando se levantaba de la cama y danzaba como una bella prostituta para excitarme malévolamente. La de sus piernas abrazando con fuerza mi cintura cuando hacíamos el amor con apremio contra las paredes

Pero lo que más recuerdo y anhelo es su amor, que era el amor en su mejor expresión: tan lleno de alegría y complicidad, tan falto de reclamos, de proyectos y de compromisos.

El corazón muere en una muerte lenta
Cada esperanza se derrama como las hojas
Hasta que un día no hay nada
Ninguna esperanza
Nada permanece


A principios del siglo diecisiete, el Japón feudal de los shogunes cerró sus puertas al mundo. Sin embargo, no se pudo evitar el crecimiento de pueblos y ciudades y la actividad mercantil.

Los grandes señores despreciaban a los comerciantes, aunque debían recurrir a ellos como prestamistas. Si bien éstos se enriquecían cada vez más, chocaban con una sociedad de reglas muy estrictas: ni siquiera podían usar ropas lujosas para que nadie los confundiera con un señor feudal.


Las únicas libertades que podían tomarse eran las propias de los distritos de cortesanas. Y es lo que hicieron: con las geishas pudieron encauzar la vida social.
En esos barrios florecieron las ochayas, casas de fiestas en las que los comerciantes discutían sus negocios, eran atendidos como señores y se dedicaban a pasarla bien. Los hombres limitaban sus hogares a la vida familiar. Para la esfera laboral y social -y no sólo para el placer- las ochayas eran el verdadero hogar.

¿Qué papel jugaban las geishas? Su nombre deriva de dos ideogramas chinos que significan "arte" y "persona": algo así como "la persona que domina todas las artes". La belleza era secundaria: lo que importaba era la agudeza y fluidez de su conversación. Su preparación demoraba años y no se limitaba a la complicada ceremonia del té: cuando pocos sabían leer y escribir, ellas dominaban Historia, Arte y Matemática, además de canto, baile y guitarra japonesa. Eran también expertas en política y relaciones públicas, pues muchos negocios dependían de su diplomacia y capacidad para resolver situaciones difíciles.

Sin embargo no pasaban de ser esclavas de lujo, compradas y vendidas como un mueble valioso, y eran despreciadas públicamente. Ni siquiera podían poner sus nombres en las tumbas. La vida útil de las geishas era corta, pues rápidamente quedaban calvas por el ungüento con que se peinaban, y el plomo que servía como base para su maquillaje blanco las marcaba para siempre. Su destino por lo general era el asilo o el suicidio: nunca llegaban a independizarse de la okiya, y tampoco les hubiera servido demasiado lograrlo, pues la piel manchada las estigmatizaba para siempre.

Debían dedicar varias horas a vestirse. El maquillaje tenía que cubrir rostro y cuello (también se pintaban la nuca, que era considerada la parte más seductora). Después de colocarse la pasta blanca, pasaban un trozo de madera quemada para ennegrecer las cejas y delineaban los ojos con pintura roja para resaltar los ojos oscuros. De rojo también pintaban las mejillas (con polvo de flores) y los labios.
Untaban el cabello con un ungüento grasoso que le daba brillo y lo mantenía tirante y bien peinado durante una semana. Luego se ponían una serie de kimonos a modo de enaguas y sobre ellos el de geisha. Finalmente, un anciano -el hakoya- les envolvía fuertemente la cintura con una faja -que podía llegar a medir cuatro metros de largo- y daba los últimos toques al atuendo.

Todo realzaba la apariencia de marioneta que mostraban también con sus modales y su manera delicada de hablar. Sus rasgos de esfinge eran producto de un largo aprendizaje: se consideraba de mal gusto la expresión de cualquier sentimiento, tanto de tristeza o nostalgia como de alegría excesiva.



Tenía sus llaves, las de su apartamento y las de su corazón. A veces iba hasta su alcoba sin avisarle. Si estaba allí, esa imprudencia nos enloquecía hasta el paroxismo. Éramos capaces de retar lo más peligroso: ponerme en evidencia. Si ella no estaba, yo me llenaba de una ansiedad insoportable que sólo resolvía escribiendo una carta repleta de improperios y frases tiernas, llena de quejas y de lisonjas, embadurnada de impertinencias y de halagos; una carta que dejaba sobre su cama. Al final, esas esquelas, que ella fue coleccionando junto con los condones que usábamos, se convirtieron en el mejor testimonio de nuestro amor. Algunas veces la encontraba con alguien o estaba a punto de salir y aunque el acuerdo tácito era respetar esos momentos, la verdad es que mi corazón sentía con dolor la imposibilidad de tenerla en ese momento, pero no era su dueño. Y no era cuestión tampoco de celos, nunca existió algo parecido entre nosotros, sino más bien un sentimiento cercano a la tristeza, la desolación de no estar juntos, condición que, por lo demás, era la que sufríamos los dos como resultado de esa situación en la que yo no podía arriesgar nada de la vida que había construido o que me habían construido antes: ni el importante cargo que desempeñaba, ni mi familia; nada de eso era negociable y ella lo sabía, lo aceptaba, lo resignaba. Por eso, los momentos en que nos veíamos eran tan intensos, porque sustituían eso que no podíamos tener: la noche entera para nosotros, la exposición pública.

Un cronista japonés recogió la historia de una geisha que conoció en un asilo de ancianos a fines del siglo pasado. Umechiyo venía de una familia de buen pasar, pero arruinada por la muerte del padre. Sus tíos la vendieron a una okiya cuando tenía ocho años. Allí convivió con la administradora (una ex geisha), ocho geishas, dos sirvientas y un hakoya. Ella y otras seis niñas eran las oshakus (doncellas). La administradora llevaba un cuaderno en el que anotaba los gastos por comida y educación de cada discípula.

Además de estudiar todo el día desde las cinco de la mañana, el método para estimular el aprendizaje de las niñas consistía en tener un trato diferencial entre geishas y oshakus: éstas debían bañarse con agua fría y no estaban tan bien alimentadas como las otras, que no debían demostrar hambre ante un cliente.

Una mañana, cuando cumplió dieciocho años, Umechiyo fue de sorpresa en sorpresa: se bañó con agua caliente y le sirvieron una comida abundante y deliciosa. A la hora de vestirse, la administradora le dio un kimono espléndido y el hakoya le puso una faja bordada con hilos de oro.

Era su debut, aunque todavía no era una verdadera geisha. Fue con sus compañeras a un gran salón de fiestas, donde tuvo mucho éxito. Esa noche un comerciante sesentón decidió comprarla por unos cincuenta mil dólares de hoy (además de los gastos anotados en el cuaderno durante los diez años de estudios).

Aunque ella siguió viviendo en la okiya, tuvo una especie de boda: recibió de su dueño un anillo de brillantes, se organizó una fiesta a la que asistieron los personajes y las cortesanas más importantes del lugar y cambió su nombre por el de Umeya cuando se inscribió en el registro de geishas.

Para el hombre, ser dueño de una joven bella y talentosa como ella era una muestra de poder. Él y Umeya eran invitados a todas las fiestas importantes y los conocimientos políticos de la joven atraían el interés de personajes influyentes, lo que se traducía en prestigio para el patrón.

Un par de años después el comerciante volvió a pagar por ella para sacarla definitivamente de la okiya y hacerla su concubina. Pero no era una cuestión de amor: no se podía tener dos geishas a la vez y las complicadas convenciones exigían que el comerciante adquiriera otra para demostrar que era cada vez más poderoso, pero no podía correr el riesgo de desprestigiarse si la okiya vendía a Umeya a alguien de menor condición social.

Instalada en una linda casa, con dos mujeres que hacían de sirvientas y vigilantes, Umeya perdió contacto con el mundo exterior. Como concubina, una vez al año debía someterse a la humillación de presentar sus respetos a la esposa de su patrón (aunque no podía hablar, pues su voz habría ofendido la casa), quien le regalaba un kimono usado y agradecía los servicios prestados. Umeya sabía que más tarde la señora haría limpiar con sal los sitios donde había estado parada la concubina.
Cuando su dueño murió ella no se enteró: sólo lo supo cuando envió a una sirvienta a preguntar por su ausencia. Pero el dinero que la viuda le envió no alcanzaba para la supervivencia de ella y del hijo que había tenido.

Así las cosas, comenzó su decadencia: volvió a la okiya, donde sirvió a distintos patrones, y cuando se sintió vieja comenzó a dar clases, pero finalmente fue a parar al asilo. Su hijo se mandó a mudar en cuanto pudo, pues su origen era vergonzante.

Pero ni en el asilo tuvo tranquilidad. Sus modales, la calvicie y las manchas en la cara la delataban; sus propios compañeros la despreciaban y la obligaban a servirlos. Sólo una vez al año, para una fiesta que se celebraba allí, volvía a vestirse como siempre, cantaba y bailaba como sabía hacerlo: ante ese auditorio de indigentes, Umeya sentía que recuperaba su antiguo brillo.


Éramos dos seres distintos, tan distintos: yo organizado, racional, enredado; ella: intuitiva, soltera, descomplicada. Pero mis agendas, mis razones, mis enredos se quedaban inexorablemente fuera de la habitación; en primer lugar, porque el comienzo de cada encuentro era mudo: las palabras no tenían cabida en medio de esa amalgama de besos, de abrazos y de humedades; y en segundo lugar, porque cuando llegaban las palabras, ella sabía conducirlas hacia lo que me sosegaba y me tranquilizaba. Quizás por eso, cuando regresaba a ese mundo otro, el mundo oficial, el de las razones, las agendas y los enredos, estos y aquellas se volvían insulsos y manejables. Ese era quizás el valor más importante que tenía para mí la relación con Angela, pero también ése era el combustible para mi amor por ella, para mi dependencia de ella.

Ella pinta su cara para esconderla
Sus ojos son agua profunda
No es para la geisha querer
No es para la geisha sentir
La geisha es artista del mundo flotante
Ella baila
Ella canta
Ella entretiene
Cualquier cosa que usted quiera
El resto es sombras
El resto es secreto


Ya hacía bastante tiempo que no nos veíamos, hacía años que el remanso había cobrado su fin, cuando vi la película de Rob Marshall. Ambientada en un mundo lleno de misterio y exotismo que aún hoy sigue hechizándonos a todos, la historia tiene lugar en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, cuando una niña japonesa es separada de su humilde familia para trabajar como sirvienta en una casa de geishas. A pesar de que se cruza en su camino una rival traicionera, que casi consigue quebrar su entereza, la niña se convierte en la legendaria geisha Sayuri. Hermosa y dotada de un gran talento, Sayuri cautiva a los hombres más poderosos, pero sobre ella se cierne la sombra de un amor secreto, un hombre al que ella no puede aspirar.


Entonces, no sólo por los ojos de agua de Sayury, sino por la historia misma de la niña que termina de Geisha y por el ambiente del film, pensé en Angela. Supe que su complicidad, su cultura, su resignación, eran las de una Geisha. Supe también por qué había terminado nuestro affaire: habíamos vivido un anacronismo, una historia que no tenía cabida en nuestros tiempos y por esos estaba condenada a un final. La verdad es que hoy no sé qué es de ella, a lo mejor le sirve a otro señor, o ha hecho su vida y ahora tiene razones que dar, reglas que cumplir y enredos que solucionar. Tal vez se mudó de la ciudad o murió, no sé. Lo único cierto es que Angela, su amor, su recuerdo, es hoy una imagen que venero, y que mantengo en mi corazón


En la actualidad no son esclavas, sino que eligen libremente la profesión. Cuando no trabajan visten a la occidental; los cosméticos modernos y las pelucas les evitan los estragos de antes. A pesar de la prohibición, existen algunas okiyas adonde pueden ir a formarse, pero casi no quedan salones de fiestas, y los que hay son muy caros.

Su trabajo se parece más al de una anfitriona. Por lo general son contratadas por industriales o comerciantes que agasajan a sus socios o invitados con un espectáculo exótico o que mantienen el hábito de separar la vida familiar de los negocios y la política.

Algunas aparecen en la televisión o en el teatro u organizan shows para turistas. Ahora muchas hablan varios idiomas, saben jugar al golf o al tenis, pero todas mantienen la rica formación que las hizo célebres, aunque ya no tengan mucha ocasión de desplegar sus habilidades: trabajar en un club nocturno o en un restaurante de lujo es tanto o más rentable y no obliga a ningún tipo de educación especial. Sin embargo se muestran orgullosas de su profesión y una vez al año, hacia la primavera, realizan en las calles el "desfile de las geishas": allí, vestidas con sus ricos quimonos, regalan a la gente la fascinación milenaria de su arte



Bogotá, 2000 - 2003
Bogotá, 2006

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13/04/2006

Galácticos

Siempre nos causaron sorpresa y admiración. Orlando y Catalina son seres especiales, conectados con otras maneras de ver el mundo que para nosotros, los simples mortales, resultan francamente incomprensibles.

Su presencia despierta ese sentimiento ambiguo que oscila entre el prodigio y la incomodidad, pasando no pocas veces por el estupor. Son algo así como nuestra mala conciencia. Cuando aparecen (porque ellos no se presentan, uno no se encuentra con ellos, simplemente aparecen), empezamos a sentirnos mal, como si hubiéramos estado haciendo las cosas de una manera inadecuada

De modo que tampoco es que los busquemos mucho, no porque no los apreciemos, no, sino porque nos inquietan, nos sacan de la comodidad rutinaria de nuestras mediocres vidas.

Sus pensamientos, sus conocimientos y sus acciones resultan siempre, sino extravagantes, por lo menos incomprensibles, como si vivieran en otra esfera, en otro nivel (de conciencia, dirían ellos).

Pero nos hacen falta, porque de alguna manera también nos indican caminos alternativos, otras formas de ver, pensar y actuar en el mundo, que alguno llaman Nueva era, de modo que aquélla vez que dejamos de verlos ya no por semanas o por meses, sino por un año y medio, nos preocupamos. Al principio hubo bromas. Que ya se habían evaporado de tanta espiritualidad que habían alcanzado, que se habían ido para el Tibet con hijos y todo, que habían hecho un contacto del tercer o cuarto tipo, o simplemente que se habían ido al extranjero sin avisar.

Pero no. Orlando y Catalina, ese par de bellas personas, esa pareja armoniosa y segura de sí, andaban emproblemados como cualquier mortal y de qué manera.

El hijo menor era adoptado, todos lo sabíamos. Lo que no sabíamos era el drama que había detrás. Ignacio en realidad era el hijo de Hernán, el hermano menor de Catalina, insurgente de la guerrilla de las Farc, que había hecho pareja con Sandra, una mujer guerrillera, proveniente a su vez de un movimiento indígena insurgente que se había integrado a las Farc desde hacía ya varios años. Como es sabido, las mujeres guerrilleras tienen prohibido el embarazo y cuando sucede, son obligadas a abortar. Pues bien, Sandra quedó embarazada de Hernán. Apenas supieron, se sintieron asustados, pues sólo les quedaban dos opciones: o avisar a sus jefes, lo que implicaba el aborto, o encubrir el hecho, con todo lo que significaba. Optaron por lo último. Sandra empezó a usar fajas para disimular el cada vez más grande vientre, tuvo que seguir actuando como si no llevara su hijo adentro, esto es, caminar, abrir trochas, cargar el pesado armamento, cocinar y atender los campamentos en extenuantes jornadas, simular alegría en las festividades y no dejar ver en su rostro la amargura de su mentira.

Fueron meses muy duros. Hacia el séptimo mes de embarazo, Sandra sufrió un problema de salud grave. Hernán entró en pánico, pues una atención por parte de los médicos de la guerrilla, habría significado el descubrimiento de la patraña. Así que se ingenió una licencia para él y para su compañera y viajó de clandestino a Bogotá, donde su hermana. Ese mes de “permiso” en el que Hernán y Sandra tuvieron que reportarse diariamente, decidió el destino de la criatura. Fue un tiempo de esos en que los galácticos desparecieron para nosotros, tiempo secreto, necesario para fraguar lo que se requería para seguir adelante con los planes de Hernán y Sandra.

Sandra anticipó su parto, mediante una intervención por cesárea, estuvo con su hijo unos días y lo entregó en custodia a Orlando y Catalina, quienes lo criaron. Nosotros recibimos con beneplácito, aunque un poco extrañados, la noticia de la adopción, pues no conocíamos detalles. Lo asumimos como una de esas decisiones que los galácticos tomaban siguiendo caminos totalmente vedados para nosotros. Vimos crecer a Ignacio, aprendimos a quererlo y nos acostumbramos a considerarlo el hermanito de Santiago.

Pero las cosas no eran tan fáciles. La adopción, por supuesto no era legal. El compromiso adquirido por Orlando y Catalina era criar y mantener a Ignacio, mientras Hernán y Sandra arreglaban sus cosas en la guerrilla. Pero un poco porque algo así es casi imposible, un poco porque los padres se acostumbraron con el tiempo a la ausencia de Ignacio y a la cotidianidad de su vida guerrillera, tal vez por el ascenso de Herrnán en las filas insurgentes y su consecuente ganancia de privilegios y de nuevas responsabilidades, un poco por miedo, quizás por vergüenza, la promesa y los acuerdos se fueron relegando hasta quedar sin solución.

Ignacio fue creciendo, la familia de los galácticos se fue consolidando y todo pareció estabilizarse. Hasta esa otra vez en que nuestros queridos galácticos desparecieron de nuevo, esta vez por meses. Aquella vez que su ausencia nos llevó a pensar que se habían evaporado de tanta espiritualidad, que se habían ido al Tibet con hijos y todo, que habían hecho contactos de tercer o cuarto tipo. Tiempo secreto, del que no supimos nada, sino hasta mucho después, cuando alguien se enteró de la deserción de Hernán de las filas de la guerrilla. Deserción que se dio por la pérdida de Sandra, quien murió en combate. Hernán no soportó aquello y de nuevo se vio ante dos opciones: o suicidarse o escapar. Optó por esto último, y de nuevo Orlando y Catalina tuvieron que recibirlo, arreglar cosas para asegurar su destierro en algún plan de exilio y salvar así al hermano.

Tal vez, la única ganancia que quedó de todo aquello es la legalización de la situación de Ignacio, quien sabe hoy la verdad, pero no la añora, pues está completamente integrado al ambiente familiar donde creció.

Siento, como conocedor privilegiado de esta historia, que esas aventuras espirituales, de las que Orlando y Catalina son un paradigma, en un país como el nuestro, tan atravesado por conflictos, es una opción de muy difícil sostenimiento y sin embargo creo también que sin esos horizontes sería impensable un futuro para Colombia.

Salud, Orlando y Catalina; saludo queridos galácticos



Bogotá, 1994-2004
Bogotá, 2006

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28/03/2006

Dios te necesita

Me lo contó Junieles durante el seminario que en el 2003 organizó el Centro de Escritores de Manizales y al que asistíamos los dos, invitados por el generoso Octavio Escobar.


Tal vez fue en el comedor del hotel El Escorial o en la sala de recibo del Hotel Las Colinas o en el café El Osiris de la esquina de la 21 con 21, ya no recuerdo muy bien, lo que si tengo claro es que estábamos reunidos varios de los invitados al seminario, pues nos acompañaban, además de Octavio, Luz Mary Giraldo, Antonio María Florez, Eduardo García Aguilar, Rigoberto Gil Montoya y Rubén Vélez Correa[1]. Compartíamos algunas de las impresiones que nos había dejado el evento y no tardaron en salir a flote todas esas poses odiosas de los escritores con las que suelen demostrar que hacen parte del campus y que se comportan según el hábitus correcto[2], es decir, que son escritores reconocidos al menos por sus colegas, más allá o más acá de la calidad o efectividad de su obra, que debería ser en realidad el criterio absoluto para dicho reconocimiento. Yo, que he renunciado al afán de pertenecer al campus de los escritores colombianos, yo, que soy conciente de la mediocridad de mi obra, disfruto siempre de esos encuentros porque me dedico a develar sin escrúpulos qué hay de artificio y qué hay de autenticidad en cada una de las intervenciones de los “colegas”, y aquélla tertulia no fue la excepción.



Pasados ya varios minutos de la necia exhibición de credenciales, y cuando ya empezaban a escasear los temas, Junieles pasó a comentar intimidades de la reunión que sostuvieron algo así como veinte escritores en México a finales del 2002 con García Márquez, escritores de varias ciudades colombianas que asistían a un encuentro latinoamericano. Lo primero que reveló el joven narrador fue que la reunión con toda la comitiva nacional fue resultado de la rebelión de la colonia costeña (conformada por el propio Junieles, Efraím Medina y otro escritor cuyo nombre he olvidado), pues la intención inicial del Nóbel era reunirse sólo con sus tres coterráneos, lo que no fue aceptado por ellos, por simple sentido de equidad. La reunión se realizó finalmente con todos los veinte, pero fue decepcionante (y aquí la segunda revelación de Junieles) por dos razones.

La primera es que prácticamente el único interlocutor autorizado fue William Ospina, para quien fueron todos los elogios y todas las preguntas de Gabo, lo que convirtió a los diecinueve restantes en convidados de piedra. La segunda es que el tema que se desarrolló fue exclusivamente el de una apología del presidente Uribe, quien llegó a ser calificado por García Márquez como el salvador del país.

Obviamente, los contertulios de Manizales fuimos totalmente solidarios con la frustración sufrida por Junieles y sus compañeros en México y no dudamos en achacar el resultado de la fallida reunión al deterioro senil de Gabo, y hasta nos sentimos afortunados de no haber vivido ese momento y de no haber sido parte de la delegación colombiana al evento en México, todo lo cual, claro, correspondía a la tensión propia de las reglas del campus que también en nuestra reunión se desarrollaban con sutileza pero sin sosiego.


Después del relato de Junieles, el contenido de la reunión no avanzó más allá del recuento de otras anécdotas y revelaciones menores, con lo que pronto se disolvió. De camino al Hotel, Junieles, quien se había retrasado un poco y me había pedido que lo esperara, pues me quería dejar sus datos personales, recordó otro detalle de la reunión de México que no hizo sino confirmar dos cosas que ya para mí eran verdades nítidas: uno, que Junieles, hombre bueno, ingenuo y talentoso, no está todavía tan contaminado por las rarezas del campus, y, dos, que la literatura en Colombia se mueve más por el padrinazgo de ciertas figuras que por los méritos de los propios escritores.

Me narró Junieles que la noche anterior a la reunión con García Márquez, al llegar al hotel, el hombre del mostrador le entregó una nota que estaba marcada como “urgente”. Junieles se sintió ansioso, pues pensó que se trataba de alguna razón de su familla, pero decidió abrir el sobre sólo al llegar a su habitación. Aún allí, se demoró un poco, tratando de adivinar su contenido e incluso estuvo tentado a no abrir la nota, convencido de que no hay nunca nada realmente urgente y que si lo es se manifiesta de muchas maneras y que es preferible esperar la revelación de esas otras formas de la urgencia a enfrentar su simple y a la vez contundente registro escrito. En realidad se estaba llenando de razones para eludir la responsabilidad que surge por atender algo urgente, más cuando estaba tan sumido en la concentración que le exigía la expresión de un relato que le acababa de ser revelado.

Se sentó en la cama, arrugó el sobre, lo tiró a la cesta y decidió acostarse a dormir, pero unos minutos después encendió la luz, recogió la pelota de papel, abrió por fin el sobre y leyó:

Dios te necesita
Efraím

Nada más insospechado que aquél mensaje, tan inesperado que él no supo interpretarlo. Al comienzo creyó que se trataba de una boutade de su colega y coterráneo, tan dado a estos artificios, después pensó que le regalaban el comienzo de un poema, al fin renunció a la hermenéutica y decidió indagar directamente. Llamó a Efraín a su habitación y este le develó el misterio del mensaje

– Marica, Gabo te dio cita para mañana


Manizales, 2003
Bogotá, 2004 - 2005

[1] Hoy febrero 2 de 2006, me entero por boca de Octavio Escobar, quien me dio la noticia sin anestesia alguna, que Roberto murió hace un año tras un breve pero agresivo cáncer. Que Descanse En Paz
[2] Me estoy refiriendo a dos términos con los que Bordeau describe la manera en que se consolidan grupos sociales: campus es ese sector social específico que contiene condiciones particulares de pertenencia, club, dirían algunos; y hábitus es el modo de ser que cada uno de los miembros del campus debe exhibir para demostrar que se hace parte del club

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17/03/2006

La capital paraca

No hace muchos años, viajar a Montería, era como viajar a cualquier otra ciudad mediana del país como Pasto o Ibagué. Pero de un tiempo para acá, los aviones dedicados a pasajeros con destino a Montería son del tipo que uno esperaría para viajar a Medellín, Barranquilla o Cali. El aeropuerto también ha crecido, no sólo en tamaño, sino en servicios y lujos. Buen porcentaje de los viajeros es gente que va por negocios Y adentro, en la ciudad misma, la actividad económica es febril: cibercafés por todo lado, restaurantes y bares ostentosos, centros comerciales cada vez más grandes, hoteles cinco estrellas, bancos de fáciles transacciones, universidades de mil pelambres y todo lo que suele florecer cuando hay circulante de sobra. Y esa es la razón oficial con la que se explica la veloz evolución de Montería: mayor actividad económica, abundancia de papel circulante. Y como hay más circulante, el mundo económico empieza a rendir la pleitesía natural: llega la gente de otros lados a buscar oportunidades de lucro, las aerolíneas disponen sus mejores aviones, la alcaldía invierte en un mejor aeropuerto y la gente, el pueblo, se siente halagada con la presencia de personajes públicos importantes que vuelven su mirada a la antes olvidada, o por lo menos intrascendente, Montería, pueblo de monte, montería, antiguo lugar de caza de los indios sinú

Y es verdad, hay más actividad y más circulante, pero ese circulante es dinero del narcotráfico y todavía más claramente, del narcoparamilitarismo. Sólo eso explica que en los últimos diciembres en Montería se puedan conseguir dólares a 300 pesos, que los traquetos abunden como en ninguna otra parte del país y que la locura del dinero fácil se haya tomado la ciudad. Pero todo es hojarasca. Montería sigue siendo en esencia el mismo pueblo grande, sin servicios adecuados, sin una dinámica cultural apreciable y lo que es más peligroso ahora, viviendo una galopante inversión de sus valores tradicionales: todo el mundo está rendido al todopoderoso señor billete.

Ah: y todos aman al presidente Uribe, le juran también veneración, lo atienden con honores cada vez que él va a su finca a fornicar con sus amantes y disponen para sus hijos los mejores rumbeaderos, muchachos que saben que cuentan con una ciudad prostíbulo toda para ellos. Todos aman allí a Uribe y el les regala puentes y obras y carreteras, todos lo aman por eso, o bueno casi todos: hay quienes tienen razones para temerlo y hasta para odiarlo.

Sofía es una mujer joven y trabajadora que fue testigo de algo menos inaudito de lo que puede parecer a simple vista. Sofía fue asistente durante varios años de un médico, cirujano plástico, que llegó hace una década a la ciudad. Pronto el médico alcanzó la fama de milagrero y no le sobraron pacientes que llegaban a su clínica atraídos por los testimonios de gente que terminaba literalmente feliz con sus tratamientos. Pues bien, para el año 2001 y para desgracia suya, un tipo de clientes muy especial empezó a visitar su consultorio y a demandar sus servicios: don Berna, el gordo lindo y hasta el mismísimo Mancuso, entre otros jefes paras, acosados por la obesidad, acudieron a sus servicios. Y Sofía, la buena de Sofía, empezó a ganar fama de magnífica enfermera entre los nuevos usuarios.

Fue por esta razón que, para abril de 2002, ella, según me contó, se vio obligada a acompañar a su finca de recreo al señor Salvatore, para que personalmente se hiciera cargo de su cuidado, durante la convalecencia del último y radical tratamiento de lipoescultura que se practicara el vanidoso.

Salieron de Montería hacia Ralito en la mañana. A poco, cuando ya empezaron a aparecer por la carretera los colores azul y rosado de tono pastel en las fachadas de las casas y sobre las estructuras de los puentes y de los postes de luz (indicador preclaro de haber llegado a territorio para), fue invitada a ponerse un pasamontañas sin agujeros para los ojos. Durante más de cuatro horas soportó a ciegas un viaje entre trochas, quebradas y cercas que se abrían y se cerraban. Contó más de 40 puertas en ese recorrido que la llevó al paraíso paraco: una ciudadela que nada tiene que envidiar a las mansiones de Coral Grave, con habitaciones de lujo, varias piscinas, helipuerto, comunicaciones satelitales y criados, muchos criados.

Sofía estuvo allí, fungiendo de enfermera por una semana. Fue muy bien tratada: con respeto y lujo. El patrón fue un magnífico paciente hasta cuando, al séptimo día, amaneció con una ansiedad incontrolable. Vociferaba, daba órdenes desde su cama y ya no atendió ninguna de las recomendaciones médicas, sino que se paró, salió a su oficina de trabajo y desde allí se comunicaba con mucha gente por radioteléfono, celulares, satélite.

Varios helicópteros llegaron esa mañana al paraíso de Mancuso, y muchas camionetas de platón hicieron fila en la zona de básculas. Bultos eran descargados de las aeronaves, puestos sobe los camiones, pesados y finalmente despachados. Pudieron ser veinte o treinta, Sofía no sabe muy bien cuántos, todos llenos de bultos que estaban llenos de dólares, cuya cuantía se calculaba de esa forma tan grosera: por peso.

Al final de la tarde cuando la extraña actividad dio paso a una aún más extraña quietud, el patrón llamó a Sofía a su habitación, le ofreció disculpas por su comportamiento y le anunció que debería marcharse al otro día y que se dispondría de todo lo necesario para su retorno a Montería. No lo supo por boca del paciente, pero sí por el de su conductor al otro día: toda la bulla del día anterior obedeció al requerimiento del entonces candidato a la presidencia de contar con los dineros para la última fase de su campaña, dinero que debía alcanzar para el pago a las compañías encuestadoras, a los medios de comunicación, a los políticos regionales, en fin, para dotar de abundante aceite a una maquinaria que necesitaba funcionar muy bien en esas últimas semanas de la campaña.

- Plata, mucha plata para Uribe, mi niña –le dijo el hombre a Sofía-, billete que se lo va a cobrar todito el patrón

Sofía quedó muda y según me cuenta no dijo nada hasta el día en que, por alguna razón que no comprendo aún, soltó todo su rollo, como si no pudiera contenerlo más

Hoy, lo sabemos todos, Mancuso y su gente viven el mejor momento de sus vidas, gracias a las bondades de ese espectáculo circense que el gobierno de Uribe ha llamado cínicamente “proceso de paz”. Hoy, el parque natural del paramillo sigue inundado de matas de coca, de las que se siguen beneficiando el vanidoso y sus secuaces. Pero también hoy un nuevo episodio de violencia se cierne sobre la pobre Montería: la que se viene por el manejo del negocio durante los pocos meses que Mancuso esté en la cárcel.


Montería 2003, 2005, 2006
Bogotá, 2006

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16/03/2006

¿Qué hace un franchute viviendo en Guapi?


Hacia las 6 y 30 de la mañana, después de pasar una noche no del todo grata en una de las estrechísimas habitaciones del Hotel del Aeropuerto de Cali, salí hacia el counter de Satena con la intención de registrarme en el vuelo que tenía asignado para viajar a Guapi, a cumplir una misión más bien rutinaria, aunque en cierto grado memorable. A pesar de llegar con más de una hora de anticipación, la cola era muy larga, lo que llegó a preocuparme, pues bien es sabido que en los vuelos regionales no es que respeten mucho el cupo. Había más de las 30 personas que soporta el Focker y mucho equipaje del tipo cajas y equipamiento técnico, así que mientras lentamente avanzaba la fila, yo construía el plan b: permanecer ese día en Cali.

Justo adelante mío había una pareja constituida por una habitante de la región y un hombre joven que hablaba con acento francés. Pensé que podría ser algún extranjero de paso hacia la isla Gorgona, así que no le puse más atención y seguí maquinando el programa de actividades alternas que podría llevar a cabo en Cali ante la posibilidad de quedarme sin volar a Guapi.

Por fortuna, no hubo inconvenientes, así que abordé el avión y media hora después me estaba registrando en el puesto de policía instalado en el aeropuerto de la población caucana que visitaba. La persona que me esperaba, me saludó a lo lejos, pero al mismo tiempo que yo levantaba las manos para responder, el franchute alzaba su voz para gritar a modo de saludo el nombre de mi amigo, así que quedé un poco confundido. Supe casi enseguida por boca de mi anfitrión que el franchute vivía con él en su casa y por boca del propio franchute que llevaba año y medio viviendo en Guapi y era profesor de la Universidad del Pacífico.

Pasé aquél día y aquella noche desarrollando las labores que me habían llevado el remoto poblado negro y temprano en la mañana, después de una noche tranquila, me dirigí al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Cali.


Carlos, mi amigo Guapireño, me llevó en su moto desde el hotel y en el aeropuerto no demoré más de la hora de rigor antes de tomar el vuelo programado. Entretanto me dejé lustrar los zapatos por un muchacho de ojos tristes que me recordó a mi hijo, y disfruté la compañía del franchute, quien estaba también en el aeropuerto, sólo que no como pasajero, ni como acompañante, sino simplemente estaba allí, sin ninguna razón aparente. He llegado a pensar que estaba para contarme lo que después conversamos, pero eso sería forzar mucho las cosas, pues nuestra charla no estaba planeada, ni mucho menos seguía algún guión, aunque mi labor de cronista me ha hecho pensar luego que su relato ha sido muchas veces contado y por eso resultó tan eficiente.


Francoise es en realidad un canadiense aventurero, descendiente directo de los hippies que hace diez años aterrizó por estas tierras y se quedó. Su primer lugar de residencia en Colombia fue Popayán, donde se vinculó a la Universidad del Cauca como profesor de inglés. Y desde entonces no ha encontrado más que situaciones extrañas y muy colombianas, es decir muy particulares, a las que ha tenido que adaptarse y de las que ha aprendido suficientes lecciones, como ésa primera de que a un profesor de inglés, sobre todo si es extranjero, no se le brinda ningún programa o plan curricular, sino que se le pide que hable con sus alumnos y que los haga hablar.

A pesar de su talante despreocupado, Francoise asistió a su primera clase cinco minutos antes de la hora indicada: siete de la mañana, con lista en mano. Se sintió inquieto a los cinco minutos, pues no llegaba ninguno de sus alumnos y entró en pánico a los quince, ante la soledad total, así que decidió ir a la secretaría académica y allí comprobó los datos del salón. Volvió y se encontró con una alumna ya en el salón, quien le explicó que no debía impacientarse, pues la costumbre era que los estudiantes llegaran entre quince y treinta minutos después de la hora. La alumna le advirtió también que el profesor sí debía estar cumplido, pues a él se le aplicaría, como a todos en la universidad, la regla del cuarto de hora, es decir, que si no llegaba durante los quince minutos iniciales de la clase, ésta ya no se realizaría. De modo que, sin saberlo, había hecho lo correcto

Francoise decía todo esto sin parar, haciendo gestos histriónicos un poco exagerados e intercalando de vez en cuando la frase, eso es Colombia, mientras yo apenas lo escuchaba, comprobando que tenía ante mí a otro loco deslumbrado por Macondo. Un Macondo que para mí no tenía nada de gracioso o de paradisíaco, después de haber visto a esos adolescentes guapireños vagando por el pueblo sin mucho que hacer y soñando con salir a otro lado, a otra ciudad, pues su pueblo no ha sido capaz de crear un ambiente para retenerlos.

Para el segundo semestre, ya Francoise era toda una celebridad en la universidad y seguramente en toda Popayán. Eso quizá fue la razón que explica la segunda anécdota. Iniciado ya el periodo lectivo, fue invitado, ni más ni menos que por el vicerrector académico, a una misión en territorio indígena. Por más que indagó, preguntando al propio directivo, a su secretaria y a otros, no logró saber la razón exacta de su vinculación a la misión, así que de nuevo sin mucha trascendencia, decidió acompañar a la comitiva, a modo de aventura. El grupo de académicos se reunió con los representantes de la comunidad indígena al día siguiente de su llegada al resguardo y muy temprano comenzaron las exposiciones, que consistían en persuadir a los locales de las bondades del proyecto que desarrollaba la universidad, y muy especialmente de la sensatez del plan de distribución de ciertas actividades agrícolas por parcelas que ya habían sido determinadas por el grupo de investigación, lo cual entraba en contradicción evidente con las tradiciones y las decisiones autónomas del gobierno indígena, lo que, por supuesto, produjo no sólo discusión, sino gran malestar. Fue entonces, cuando el vicerrector sacó su as de la manga. Aseguró que el proyecto tenía veeduría internacional y señaló a Francoise, quien, no negó nada, no porque estuviera de acuerdo, sino porque no contaba con referencias para decidir algún tipo de comportamiento y ante la perspectiva de caldear aún más los ánimos de la reunión, simplemente no habló, convirtiéndose así en víctima de intereses cuyo origen y motivación prefirió no investigar.

Fueron para Francoise tal vez unos siete años en Popayán, en la universidad, donde hizo una interesante carrera de investigador, hasta el día aquél en que decidió pedir aclaración sobre su situación laboral y académica y descubrió que su salario y su cargo no correspondían al de profesor. Un año antes, había sufrido una gran decepción, después de que, con un equipo de profesores, había solicitado financiación para llevar a cabo una indagación de tipo socio antropológico, la cual le fue negada por no se sabe qué asunto burocrático, y que sin embargo descubrió después que le fue asignada finalmente por otra agencia a uno de los jurados externos a la universidad que leyó su trabajo y lo plagió descaradamente. La respuesta que esa profesora le dio a Francoise ante su reclamo fue, haga lo mismo y no se queje, simplemente es una forma de acceder a los escasos recursos.

Esto dejó muy golpeado a Francoise, pero la tapa fue lo que sucedió con otro proyecto en el que él, sin aparecer como investigador principal, prácticamente dirigía y desarrollaba con las uñas, a pesar de que se financiaba y se pagaba salario adicional a más de tres profesores que nunca escribieron una línea. Eso sí para impartir órdenes y encomiendas estaban listos los otros académicos. Una de ellas fue la misión que se le encargó a Francoise de escribir una cartilla de setenta páginas a manera de informe final del proyecto y como condición de la Uneso, la agencia financiadora, en menos de tres semanas y con la sola asistencia de una secretaria de tiempo parcial. Tiempo que se convirtió en dos semanas y luego en diez días y sin secretaria. Francoise terminó a medias aquél encargo y fue cuando decidió indagar por su pago y su rol en el proyecto. De su averiguación resultó que durante años había impartido clases, participado en proyectos de extensión y de investigación a pesar de que su cargo era el de fotógrafo, labor que había también realizado y muy bien, pues llegó a sentirse como corresponsal de la Nacional Geografic.


Obviamente, Francoise renunció y fue así como fue a parar a Guapi, poblado negro caucano, uno de los cuatro polos de la comunidad afro colombiana, junto con Tumaco, Buenaventura y Quibdo. Francoise vive con otros dos compañeros y no sólo no ha dejado el acento de su provincia franco parlante, sino que no ha aprendido a cocinar fríjoles, pero ama la vida que lleva ahora como profesor de inglés y de sistemas en la sede de la Universidad del Pacífico

Un minuto antes de abordar el avión y dejándome llevar por un impulso que mezclaba la inquietud y el chovinismo, le pregunté a Francoise por qué razón vive en Colombia a pesar de que tiene las oportunidades que ninguno de los chicos guapireños tiene de hacer una vida más civilizada en su país. Su respuesta sigue siendo un enigma para mí: Por que aquí si hay vida, me dijo, y sonrió como anticipando mi desconcierto.


Cali - Guapi, Febrero de 2006
Bogotá, 2006

14/03/2006

Cértegui: dónde las estrellas son negras

1.

El Chocó es quizás una de las regiones más bellas del país, pero a la vez una de la más desdeñadas por la institucionalidad colombiana, para quien es tan sólo el lugar a donde han decidido vivir a su manera los negritos y nada más. No hay por qué extrañarse por eso de que los ajenos a esa maravillosa tierra quieran apoderarse de ella a las malas, ya sea para explotarla sanguinariamente o para convertirla en ruta del narcotráfico.

De otro lado, visitar el Chocó es entrar en contacto con la hipérbole: naturaleza hermosamente desquiciada (derivación constante de la selva), temperaturas increíblemente altas todo el tiempo, niveles imposibles de lluvia y gente bella y tranquila, absurdamente bella y tranquila.

2.

Quizás una de las visiones más completas acerca del Chocó y de su situación actual la ha narrado ya el desatendido escritor Javier Echeverry en su también olvidada novela “Caimandó: El camino del caimán”, irónicamente ganadora del premio nacional en 1995.

En estricto sentido Caimandó no es una novela tradicional: no hay una construcción de personajes ni tampoco la hilvanación de una historia, sino que más bien es una alternancia de voces que —por un efecto de acumulación— nos van dando a conocer las circunstancias de vida (y de muerte) en el Chocó colombiano, concretamente en Caimandó un pueblo ficticio, que bien podría ser cualquier pueblito de la región.

La estrategia narrativa de Echeverri es como sigue: el autor implícito de la obra (disperso a su vez en distintos narradores), y quien ha adoptado el lenguaje de la región para comunicarse, hace una breve introducción a los distintos fragmentos del texto y enseguida deja que las voces de los personajes —a través de diálogos— asuman el control de la narración. Estos diálogos podrían pasar por transcripciones de testimonios reales, en cuanto se respeta no sólo la sintaxis y la estructura lingüística del habla regional, sino su visión de mundo. Así es como van sucediéndose los testimonios de Galinda, Juan Caimán, Rosira, la bruja Aluma Gamboa, seño Camila, Juana, el Rafo Urrutia y hasta un Ñojosejai muerto, entre muchas de las voces que se alzan gracias a esa función del autor implícito de hacérnoslas cercanas y audibles. Voces a través de las cuales se va dibujando el mapa etnográfico de la región, con sus mitos y temores, con sus quejas y denuncias y con el horror a la extinción cultural que repica en cada uno de los testimonios.

Si bien de este modo cada pasaje va cumpliendo una función claramente informativa, ésta no se realiza de una forma arbitraria, sino que más bien se solidariza con la visión de mundo expresada de fondo. En efecto, la composición del libro, veintinueve fragmentos, cuya summa no necesariamente constituye un todo narrativo —en el sentido que ofrecería la expresión canónica de la novela—, refleja la manera como el mundo de Caimandó soporta lo que Eliade llama "el terror a la historia" de una cultura enclavada en la realidad del mito. Una especie de "ataque por todas partes" del mundo modernizador: el terror que significa ver los ríos infestados de muertos, el terror que significa para una comunidad tratar de entender una violencia que tiene tantos matices como intereses ajenos —y que por lo tanto se hace imposible de rastrear— y el terror que sigue causando la explotación de la mano de obra rural. Un terror que tiende a ser explicado como la irrupción del mal en la armonía del mundo mítico y que, por lo tanto, se asimila según códigos ofrecidos por la leyenda y por los ritos, pero que termina, de todas maneras, resquebrajando el mundo tradicional.

De ahí que se narren en Caimandó las vivencias de ritos como el carnaval sampachero o versiones de leyendas, como la del ángel solo o la de Don Balboa. Todo esto, en un tono de queja (más que de denuncia) que expresa el dolor por lo perdido. Es lo que sucede, igualmente, con la sensación —extravagante, por lo demás— que se tiene del narcotraficante. Así mismo, la explotación es percibida como una maldición, y la guerra, con sus temibles puntas (narcotráfico, paramilitares y guerrilla), como el "agua sucia" que no merecen y que por momentos refuerza la condición de esclavitud en la que siempre han vivido los negros chocoanos. Lo único que cambia es el amo, pues éste ya no solamente es el compratierras, sino el baquiano rico, o el mafioso, o el paramilitar.

Poco a poco, el mundo caimandiano, con su sincretismo, sus conflictos y sus códigos, va abriéndose a través de una historia recuperada desde la oralidad, hasta configurar una imagen compleja, pero completa, de este mundo fronterizo y marginal, convocando, en quienes estamos del lado de acá (del de la historia oficial), una conciencia asombrosa de la presencia de este mundo.

Las mismas voces de la novela sintetizan la forma y el contenido de la obra. De un lado, aparece esta frase, "Que les cuente ella por boca propia", que bien podría servir de modelo de la manera como se comporta en general la novela: como el vehículo para permitir la expresión del otro, del nunca escuchado, del subalterno que ha desarrollado su propia historia más allá (y más acá) de la historia oficial. Así mismo se escucha esta otra voz: "te meten la guerra a la casa", una frase que expresa la condición general que denuncia la novela. De este modo, “El camino del caimán” constituye una estrategia de resistencia cultural cuya mayor fuerza está en la implícita necesidad expresada de unir mito e historia, oralidad y escritura.

A la apropiación del lenguaje que se requiere para expresar la visión del mundo de la etnia (y que ya habían realizado en Colombia Arnoldo Palacios y Manuel Zapata Oliveira), se suma ahora en Caimandó una ruptura de lo canónico a nivel macro estructural en tres aspectos: primero, la composición misma del libro, que como se ha dicho se da en forma de fragmentos, planteando así una "verdad por acumulación", más allá de la pretensión sistematizante de la homogeneidad narrativa tradicional; segundo, el debilitamiento de la anécdota en favor de lo "etnográfico", y tercero, la clara y consciente puesta en escena de la alteridad del autor, quien ahora se esconde, desprecia su autoridad narrativa y permite que aparezca el otro. Ejercicio consistente con un claro mensaje: denuncia, palabra para el silenciado, respeto por el otro.

3.

Pues bien, como diría un escritor colombiano: una cosa es conocer este testimonio y otra es hallarse. He visitado varias veces Quibdo y he padecido su caos, pero he visto también su crecimiento y lento desarrollo. Allí abundan las “rapis” o motocicletas que te llevan por mil pesos a cualquier sitio en medio de los autos y de la gente que por igual transita la calle. Allí el tiempo se dilata casi a voluntad (“tenemos tiempo”, me dice la persona que me guía cuando visito la capital chocoana siempre que empiezo a acelerarme muy al estilo bogotano, y con ello me obliga a entrar en otra dimensión del tiempo y de la vida), allí las caras están siempre sonrientes y los niños juegan a toda hora.

Claro que no todos. Están también los desplazados que llegan todavía hoy por montones a la capital. Niños que como en el Colegio Diocesano Pedro Graum, ubicado en la zona norte (la más pobre de Quibdo), tienen allí, gracias a ONGs y otras instituciones, la oportunidad de educarse y de salir del laberinto del horror. Hay allí maestros que son verdaderos héroes, profesores que aprenden a querer a esos chiquitos asustadizos y desconfiados, pero necesitados de amor. No es fácil. ¿Cómo va a ser fácil, para un niño recién llegado, recién sacado de su tierra, oír que otro le dice “sapo”, cuando esa palabra ha sido la que alguien utilizó para condenar a muerte a su padre? ¿Cómo va a ser fácil para un profesor entender lo que asusta o motiva a un niño criado en medio de la incertidumbre y el terror?

Esto me contó el Rector del Colegio Graum. La maestra de biología entró preocupada un día a su oficina a contarle en qué había parado lo de la niña que se negaba a oír su clase. No sólo se había vuelto muy agresiva con ella y con los demás, contradiciendo su hasta entonces comportamiento tranquilo y receptivo, sino que llevaba varios días sin volver al colegio, y nadie sabía sus razones, pues ella se negaba a hablar del asunto. El rector llevó el caso a la sicóloga y después de unas duras sesiones se supo que la niña había entrado en pánico cuando la profesora empezó a enseñar el funcionamiento de la lengua humana en su clase. No era para menos: ¡a sus padres y hermanos los habían matado precisamente por culpa de su lengua!

4.

En mi última visita al Chocó, fui, hasta Cértegui, un pueblito a una hora larga de Quibdo, por una carretera bastante buena, interrumpida en un par de trayectos, pero muy transitable. La idea era ir hasta el colegio municipal para oficializar la entrega de una biblioteca y para hablar con las autoridades del pueblo. El intermediario de la visita fue el mismo secretario de educación del municipio, un antiguo profesor del colegio, lo que me convirtió en el destinatario de información de primera mano. Fue él quien, además, me recordó que Cértegui es la cuna del escritor chocoano Arnoldo Palacios, autor de una novela colombiana canónica: La estrellas negras, un dato que sabe todo conocedor de la literatura colombiana.

Pero de nuevo: una cosa es saber e incluso hasta imaginar cómo es el pueblito, y otra es hallarse. Además de su pomposo y moderno palacio municipal, Cértegui es como cualquier otro pueblo de la geografía chocoana: pequeñas tiendas que mueven un exiguo comercio, un colegio en plena decadencia, algunos autos que recorren con desidia las pocas calles, una cancha de fútbol, donde unos cuantos muchachos juegan y sueñan con ser estrellas, así sean estrellas negras y una alcaldesa que literalmente ha heredado la alcaldía de su marido muerto un par de años antes por razones no muy bien determinadas.

Tal vez, Raymond, hayas podido imaginar a Cértegui cuando hiciste tu magnífica obra sobre la novela colombiana, pero estoy seguro de que no conoces Cértegui y por tanto de que el dato sobre la ciudad natal de Palacios no pasa de ser eso en tu estudio: una información más. Tal vez, Raymond, si hubieras visto a esos negritos que yo vi jugando fútbol a la hora en que debían estar estudiando, con sus caras llenas de ilusión, tal vez si te hubieras desesperado con la falta de señal telefónica como me tocó a mí, tal vez si hubieras visto el palacio municipal, tal vez si hubieras conocido a los profesores del colegio, tal vez si hubieras tenido que beberte toda el agua que me tocó beber para evitar la insolación, tal vez si te hubieras enterado de que algunos de los niños desplazados que atiende el colegio Pedro Graum vienen de muy cerca, o que vivir en Quibdo es el sueño más grande de algunos de ellos, tal vez, Raymond, habrías entendido mejor por qué las estrellas de Arnoldo Palacios, sólo podían ser negras…


Quibdó – Cértegui, 2003, 2006
Bogotá - 2006

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9/03/2006

Una cabeza cae en el salón de clases

Nos hemos acostumbrado tanto a eso de los atentados terroristas que incluso algunos pasan desapercibidos y ya no son noticia. Ese es el caso de la explosión de una bomba de mediano poder ocurrida a finales del año 2003 en la carrera séptima de Bogotá, a la altura de la calle 40, a eso de la diez de la noche de un jueves tranquilo.

Hacia las nueve y media de la noche de aquél día, al otro lado de la calle, al frente del edificio de Educación Continua de la Universidad Javeriana, un hombre caminaba con evidente ansiedad de un lado hacia otro, cruzando primero la calle 40 hacia el sur hasta llegar al viejo edificio de la embajada francesa, devolviéndose luego hasta la entrada del túnel peatonal, y repitiendo el trayecto una y otra vez. Nunca se le vio atravesar la avenida ni bajar por la calle 40. Durante casi una hora recorrió la acera occidental de la carrera séptima sin modificar la ruta.

Al interior del Edificio de Educación Continua, todo era casi silencio a esa hora. En el único salón ocupado por estudiantes, se desarrollaba una actividad de evaluación individual, de modo que a excepción del ruido del sanitario que se descargaba una y otra vez debido a un escape y del rasguño simultáneo de los esferos sobre los papeles que contenían la prueba, nada más se escuchaba.

A las nueve y cuarenta y cinco, se dio por terminada la evaluación y diez minutos después sólo permanecían dentro del edificio Pacho Cisneros, el celador, y Yadira Martínez, la conserje, quien gastó diez minutos más recogiendo algún posillo y cerrando los salones. Ya en la calle miró su reloj y comprobó que eran las diez y diez, hizo cuentas sobre el tiempo que tendría en la mañana para hacer algunas diligencias personales y se dirigió hacia el sur, en dirección a la calle 39, por la acera oriental. Antes de cruzar la esquina, el hombre del frente hizo una pausa en su monótono vaivén y sólo entonces se notó que cargaba una tula, se agachó, la abrió como buscando algo adentro, la cerró, volvió a incorporarse y reinició el recorrido

La doctora Ana María León, directora del Centro de Educación Continua de la Universidad Javeriana, apagó el televisor al finalizar la emisión del noticiero, a las diez y diez de la noche, se dirigió a la alcoba de Laurita, su hija menor, y comprobó que seguía dormida, fue al baño, se lavó los dientes, y volvió a la cama, donde Eduardo, su marido, dormía desde hacía media hora. Verificó el mecanismo despertador, apagó la luz de la lámpara y puso su cabeza sobre la almohada, pero un segundo después la levantó intempestivamente, como reacción al timbre del teléfono, eran las diez y veinte minutos de la noche.

Pacho percibió de reojo una especie de fogonazo seguido de un ruido ensordecedor, llevó instintivamente sus dos manos a los oídos y tardó un minuto más para reaccionar, alguna esquirla de los vidrios destrozados del edificio rozó su cabeza y él se tiró al suelo, donde permaneció unos segundos, hasta cuando creyó que todo había pasado. Yadira sintió un empujón en su espalda después del estruendo y corrió, no hacia a la calle 39 como tenía previsto, sino hacia el interior del parqueadero del Edificio de Derecho. Percibió un olor a quemado y vio trozos como de árbol que caían sobre un automóvil, disparando las alarmas. Se sintió sola y la invadió un sentimiento de tristeza como pocas veces había experimentado, al poco rato lloraba desconsolada, pensando en sus dos hijos.

El hombre del frente hizo una pausa en su monótono recorrido, se agachó, puso la tula sobre el piso, miró su reloj y se dio cuenta que eran las diez y doce de la noche, levantó la tula y al ponerla sobre su hombro izquierdo recibió una ráfaga de imágenes en su cerebro. Recordó, como en una película acelerada, su reciente vida en la zona rural de Pereira, el asesinato de sus dos hermanos y de su padre, los gestos de horror de su madre y el peso de la tula, esa otra tula, en la que empacó de afán lo necesario antes de huir a Bogotá, para ponerse a salvo de los asesinos que no descansarían hasta acabar con todos los varones de la familia.

Ana María, lanzó un grito de asombro con el que despertó a Eduardo, no podía ser, un atentado en la Javeriana, tenía que salir para allá. Los niños también se despertaron. Eduardo llamó a un hermano suyo, quien aceptó ir lo más rápido posible al apartamento para cuidar a los niños, mientras los padres atendían la emergencia. Yadira decidió volver al edificio tomando todas las precauciones, las sirenas de las ambulancias y de los autos policiales sonaban enrareciendo el sosiego de la noche, mientras Pacho terminaba de hacer las llamadas de rigor. El hombre de enfrente había desparecido de la escena. Eran las diez y media en punto.

El paisaje que apreció Ana María a su llegada fue desolador. La portada y el segundo piso del edificio situado en al acera occidental de la carrera séptima, donde funcionaba un salón de belleza, estaban destrozados, las ventanas de los edificios adyacentes y cercanos habían desaparecido, la fachada del edificio de Educación Continua había sufrido graves daños y adentro varios salones estaban despedazados. Aquél donde se había realizado la evaluación pocos minutos antes, había recibido el impacto de la onda explosiva. En el interior, una buena cantidad de mesas había quedado aplastada por efecto del derrumbe de parte del techo. En la otra parte, se veía un gran agujero.

Ana María, acompañada de paramédicos y policías de la estación vecina, inspeccionó en detalle los estragos del salón. No tardó en encontrar la causa del gran agujero: una cabeza, la cabeza del terrorista, había caído dentro. Todavía goteaba su sangre. En pocos minutos, un grupo especializado del escuadrón antiexplosivos de la policía dio con los restos esparcidos del hombre de la bomba. Los brazos habían caído en el parqueadero de Derecho, a unos cien metros del salón. Eso que Yadira creyó que era una rama de árbol era uno de las extremidades del terrorista.

La noche terminó para Yadira, Pacho y Ana María a las dos de la mañana, después de que surtieron todas las indagatorias de rutina, después de evaluar la manera de enfrentar la situación al día siguiente, después de sosegar su ánimo, después de verificar que lo ocurrido había sido real, tristemente real, y no el brazo de alguna pesadilla colectiva.

Se indagaron varias hipótesis sobre el atentado: podría estar dirigido a la estación de policía, situada a escasas dos cuadras abajo, por la calle 40, pero también podría estar dirigido al salón de belleza, que fue el establecimiento que más sufrió daños, o podría estar dirigido contra la Universidad Javeriana. Aún hoy no se tienen certezas ni del objetivo ni tampoco de los autores intelectuales. Lo único que se ha comprobado es la identidad del hombre de la bomba, un desplazado más de la violencia que resultó involucrado, no se sabe muy bien cómo, con maleantes muy peligrosos, tan peligrosos que contaban con insumos de guerra. Alguno de los actores del conflicto: narcotraficantes, mafiosos, paracos o guerrilleros. Para el caso da lo mismo.

No hay certezas, sólo víctimas, y esa imagen tan macabra de una cabeza cayendo dentro de un salón de clases de la que difícilmente nos podremos sustraer.



Bogotá, 2003
Bogotá, 2004 - 2005

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15/02/2006

Mujeres

La mujer es la madre de la fantasía —ha recordado en algún lugar Carlos Fuentes, citando a Jules Michelet—: posee la segunda visión, las alas que le permiten volar al infinito del deseo. Mientras el hombre lucha y caza, la mujer intriga y sueña. ¿Será por eso que me resulta tan difícil comprender una mujer? En todo caso he aprendido que siempre es mejor estar alerta ante sus reacciones imprevisibles, ante la errancia de sus trayectos: si ayer te declaró el amor más devoto, hoy puede que ya no esté tan segura. Muy posiblemente, entre un momento y otro, ha ocurrido algo que la ha obligado a incluir un nuevo dato en su caprichoso esquema de pensamiento (algún detalle frívolo, ahora mejor sopesado, como un gesto sospechoso en nuestra sonrisa o la última palabra que, aunque dicha con la más tierna inocencia, a lo mejor sonó para ella con cierto tono); de modo que ya su opinión no puede ser la misma. Claro que si lo que quiere es obtener alguna prebenda, saca a flote toda su maquinaria seductora, que puede abarcar desde el simple coqueteo hasta la más terrible confabulación, pasando por estrategias menos contundentes, como la niñería o la docilidad servil. Su pensar-vivir es mucho más práctico de lo que parece, sobre todo porque siempre está atenta a los pormenores. En ella no es posible que algo se pase por alto (como sí nos sucede a los hombres, más preocupados por mecanizar actos y abstraer operaciones y conceptos que por observar lo cotidiano y concreto).

Pero cuánta falta nos hace su presencia, su visión, su sensibilidad; sin ellas no podríamos vivir, seríamos seres reducidos, recortados y fríos, quizás porque nosotros mismos hemos acrecentado esa necesidad. Existen muchas explicaciones para comprender esa extraña dependencia que nos hace tan frágiles ante la presencia de lo femenino, pero la que siempre me ha fascinado es la que propone Freud.

Según el viejo Freud, la tradicional alineación, según la cual lo racional, serio y reflexivo corresponde a la naturaleza masculina, mientras lo emotivo, frívolo y espontáneo más a la femenina, es consecuencia de una particular dinámica de esa gran operación cultural que habría de conducir al modo de pensar-vivir de la modernidad, con su exagerada valoración de la razón, en detrimento de la sensibilidad.

Freud relaciona tres de estos procesos culturales con el resultado mencionado: la prohibición de Moisés de hacer imágenes perceptibles de Dios (o sea la obligación de adorar un Dios no visible), el desarrollo del discurso (que necesita del apoyo de operaciones “intelectuales” como la conceptualización, la memoria y las inferencias, frente a la desconfianza por un conocimiento a través de lo sensorial) y, finalmente, el cambio de un orden social matriarcal por uno patriarcal, es decir, la imposición de la paternidad como un valor más importante que la maternidad, en la medida en que ésta queda probada por la “simple” evidencia de los sentidos, mientras que aquélla necesita de una inferencia y una premisa. Los tres procesos estarían confirmando la promoción de lo inteligible sobre lo sensible, del significado sobre la forma, de lo invisible sobre lo visible, de lo abstracto sobre lo concreto.

Es desde ahí, desde esa elevación del principio de paternidad, desde donde podemos comprender numerosas consecuencias sobre lo cotidiano: la angustiosa urgencia de los padres, por ejemplo, de asentar la relación con sus hijos, de controlar la vida sexual de sus mujeres. Pero más complejas aún son las consecuencias a otros niveles: el poderoso impulso de los hombres de afirmar y asegurar mediante invenciones culturales (el nombre, la herencia, etc.) su pérdida insatisfactoria del contacto mamario con los niños, les habría llevado, en general, a dar un alto valor a las invenciones culturales de naturaleza simbólica. Puede incluso inferirse una inclinación a valorar lo que generalmente se llaman las relaciones metafóricas (semejanzas entre ítems, abstracciones, ideas), más allá de las relaciones metonímicas maternales, basadas en la contigüidad. Y esa exageración nos habría escindido y —de alguna manera, en lo cotidiano— nos habría reducido, generando un nuevo tipo de yugo, una singular dependencia de lo femenino. Así que este proceso de desnaturalización no es gratuito: ¡y a qué costo lo pagamos los hombres!

Por eso he decidido escribir mi crónica personal desde la perspectiva de una presencia de las mujeres en mi vida: porque necesito restablecer el contacto, especialmente con aquellas que más han influido en eso que podría llamar mi educación sentimental... Al fin y al cabo, los hombres, como los Dioses, nacen y mueren sobre el pecho de una mujer...



Bogotá 1889
Bogotá, 1989 - 2005

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14/02/2006

Matilde Arrepentida

Ciertos actos de nuestra vida suelen encarnar sólo en lo imprevisible, en lo inesperado. Muchas veces nos preparamos para afrontar sus consecuencias, pero éstas no acaecen o simplemente dejamos de percibirlas y seguimos esperando que ocurran, hasta que ya no hay nada que podamos hacer para evitarlas o para atenuar su avance; a veces, incluso, es posible que jamás sepamos que ya se han incorporado al flujo de nuestra vida. Esto lo intuí una tarde en que mamá contó una historia que jamás le había escuchado. Por su tono —confidencial— y por la manera —incontenible— como fluyó de su alma, comprendí que, después de mucho, se liberaba de una carga terrible. En realidad sentí compasión por ella: cuánto tiempo soportó esa culpa sin saber que ya, con su propio fracaso (y con el estigma que dejó sobre nosotros) había pagado con creces la deuda.

***

Elvira conoció a Matilde en la iglesia de su pueblo, en una de las misas de seis de la mañana, a las que acostumbraba a ir todos los días. Le llamó la atención aquel rostro que nunca había visto, tan blanco y terso que parecía angelical. La vio arrodillada frente al altar, rezando muy concentrada, pero no la encontró en la fila de la comunión.

Varias veces la volvió a ver aquel día: en la fuente, en las tiendas, en el mercado; y, cada vez que la encontraba, Elvira sentía que todo adquiría un nuevo color, una nueva energía. Supo entonces que era de la capital. Cuando la vio en el río, con su ropa alegre, riendo a carcajadas, exhibiendo su cuerpo perfecto, sintió una descarga que le erizó la piel.

En la noche —lo supo— la cantina se incendió de lujuria con la presencia de Matilde: fue el escándalo y Elvira, como todas las mujeres del pueblo, sintió vergüenza de haberse sentido atraída; pero, en secreto, esa noche soñó ser Matilde. Fingió pudor a su marido, olvidó el alimento para su pequeño hijo y anduvo todo el otro día caminando como entre brumas.

Elvira se enteró de que Matilde sólo iba a estar tres días. La otra muchacha que había visto con ella y el conductor de la camioneta que las acompañaba hacían parte del equipo de ventas de alguna compañía que, de gira, había parado en el lugar, como si algún designio rencoroso los hubiese traído hasta allí.

La tarde sólo le alcanzó a Elvira para imaginar la estra­te­gia del encuentro. El sueño, que la noche anterior no la dejó dormir, ahora le cortaba el sosiego. Estaba segura de una cosa: quería ser como Matilde, o mejor aún: ser Matilde.

En la noche, el esposo se quejó de nuevo de su desamor. Elvira había perdido el ritmo de sus cosas, estaba como obnubilada, sin poder prestar atención.

Al otro día, temprano, Elvira se acercó a Matilde y rezó junto a ella:
—Me llamo Elvira y te he visto en la fuente, luego en el río, también en la cantina, sé que vienes de la capital y que mañana partirás a otro lugar. He soñado que sería como tú y desde entonces ya no puedo vivir. Quiero que me lleves. Puedo dejar hijo y marido, deseo ser como tú: ir a la ciudad.
—Elvira, estás loca, mujer. Cómo vas a dejar a tu familia. Estás loca. No soy tan libre como tú quieres creer; pero si tu decisión es firme, madruga mañana: te espero a las cuatro en la plaza, puntual.

La tercera noche, Elvira amó a su marido con furor. Esta vez él protestó por su ímpetu vulgar y la golpeó. Ella amenazó con irse. Sentía en su interior que estaba haciendo lo correcto y con ese ánimo partió en la camioneta rumbo a lo que imaginó sería su libertad.

Durante días recorrieron caminos, visitaron pueblos, cono­cie­ron gente, se dedicaron a vivir. Justo al mes, una fuerza misteriosa, una irrupción desco­no­cida, atacó su ser. Llegó contundente, imprevisto, sin alternativa, ese poder. Matilde la vio llorar. Una semana completa luchó Elvira contra aquel enigma que al fin la derrotó.

—Debo volver, Matilde. No aguanto más. Siento que debo estar al lado de mi hijo y de mi marido, no sé explicarme este dolor.
—Ese es el precio, Elvira, un precio que no todos pueden pagar. Lo vi en tus ojos el día que me hablaste en el sagrario, pero también supe que nada podía hacer. Has sido fuerte, mujer, lo has sido, pero ha llegado el momento de la paz.
—Si Matilde, tienes razón, soy débil, sé lo que me quieres decir, ésa es la verdad. Pero ahora cada día que pasa me duele y ansío con toda mi alma volver. No hallo el momento de amar de nuevo a mi marido, de alimentar a mi hijo otra vez, de volver a ser como era antes de conocerte.
—No te reprocho nada, Elvira. Ese es tu deber. Ve a ellos, ésa es tu libertad.

***

No había rastro de hombres jóvenes. Elvira entró a un pueblo, su pueblo, convertido en ruinas. Algún ataque del ejército o de la chusma, quien sabe, había arrasado el lugar. La casa estaba destruida, el hijo y el marido moraban ahora en el cemente­rio. Sobre su cabeza una llovizna de escupitajos le recor­dó su error. Lloró en la noche más allá de toda razón. Ambuló durante el día más allá de todo límite.

En el camino a pie hacia la capital, el hombre de un camión se detuvo y ofreció llevarla. Elvira ni siquiera se resistió cuando el camionero la forzó como pago a su favor: no tenía nada ya por qué luchar. Tampoco reaccionó cuando, en la ciudad, después de dos días de errancia, la ficharon y luego la encerraron en la comisaría.

Cuando Matilde, una semana después, pasó por Elvira, supo lo que había ocurrido y comprendió que la muchacha lo había perdido todo, incluso la razón...

Poco días después, Elvira murió en casa de Matilde y ella juró guardarse esta experiencia, sin saber que la amargura con que vivió por esa culpa secreta se filiaría genéticamente hasta marcar muchos de los comportamientos en nosotros, sus hijos; hijos también de la violencia.



Llanos Orientales - Bogotá 1951
Bogotá, 1989 - 2005

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13/02/2006

Lucero inalcanzable

No podría describir ahora su rostro ni mucho menos su cuerpo, porque hoy la sigo recordando como la chica que se le pasaba allá en la ventana del segundo piso de la casa de enfrente. Además, con el tiempo, la distancia real que separaba mi vista de su imagen se ha hecho enorme, de modo que ni siquiera puedo recordar si era rubia o morena. Sólo me ha quedado esa vaga sensación de que siempre estuvo allí, quizás porque esa es la única impresión que aun pervive en la estrecha parcela que mi memoria ha dispuesto para los recuerdos, cada vez más borrosos, de esa época en que por última vez fui feliz e inocente.

Sabía su nombre, porque entonces mamá lo repetía con frecuencia, casi con desesperación. Por mucho tiempo, su tragedia fue el tema de plática de las señoras que la visitaban. Nunca comprendí muy bien su historia. Sólo recuerdo que mamá me decía que había muerto, que había fallecido (una palabra que me sonaba misteriosa y compleja), que se había ido para el cielo y todas esas cosas que se dicen a un niño de seis años para no afectar su sensibilidad. Pero yo seguía viendo allí, en la ventana del segundo piso de la casa de enfrente, ese rostro bello y esas dos prominencias de su pecho que para mí, niño que no conocía el pecado, constituían el secreto. Seguía viéndola incluso muchos meses después de que no se habló más de ella en la casa; mucho después de su entierro, de las misas conmemorativas, mucho después del último recuerdo que circuló en el barrio. Lo extraño es que fue precisamente después de su desapa­ri­ción que ella se fijó en mí: me hacía señas, me llamaba con sus dedos blancos, me lanzaba besos con sus manos, me invitaba a su compañía. Mi madre estuvo a punto de hacerle caso a una vecina suya en la idea de visitar un especialista (así llamaban al loquero), para que me observara, porque todos estaban convencidos de que por alguna diabólica razón la muerte de Lucerito me había trastor­nado. Pero era verdad, ella seguía en la ventana; claro que ya mucho más tranquila que en los días en que todo había sido comadreo y chisme en el barrio por lo de su boda con el viejo del supermercado; por entonces yo la notaba muy angustiada: se recostaba contra el vidrio y se ponía muy fea, con esa nariz como de marrano que se le deformaba cuando pegaba demasiado su cara y la boca llena de babas y las mejillas mojadas por sus lágrimas y esas manos crispadas que no parecían suyas, manos de loca, blancas, demasiado blancas, como vacías de sangre. Gritaba con un alarido mudo que me asustaba y torcía la boca como un demonio de esos que entonces aparecían en las revistas de superhéroes. Fueron varios días así. Después no volvió a salir por un tiempo, hasta una mañana en que —ya sin esperarla— volví a verla en la ventana. Entonces no me quedó duda de que todo había sido puro cuento, una mentira que habían inventado en la casa, en la cuadra, en el barrio, quién sabe por qué razón. Apenas alcé la persiana la vi, como si ella hubiera estado espe­rando ese momento: empezó a moverse graciosamente para llamar mi atención, girando sus brazos, sonriendo y gesti­culando algo que yo entendí como su mensaje de supervivencia, y sentí un estremecimiento en el pecho y en las manos. No me asusté, recuerdo que no me asusté; ni siquiera me sorprendí, simplemente le seguí el juego y más tarde le relaté a mamá el prodigio, pero fue cuando ella me explicó eso de fallecer (que no era padecer ni humedecer, sino fallecer). Al principio no supe qué pensar. Recuerdo que le conté a mi hermano Ricardo que ella se asomaba todavía en la ventana y él me contestó algo que me gustó mucho: «debe ser que la pobre se quedó atrapada en el cristal». Pero, en realidad tampoco me creyó; lo dijo como para salir del paso ante mí insistencia y ya no volvió a hacerme caso.

Tiempo después, ella fue desapareciendo también para mí. Sin embargo, a veces, cuando estoy angustia­do y triste, vuelvo hasta la vieja casa, miro la ventana del segundo piso de enfrente y aunque —por supuesto— ya no logro verla, su simple recuerdo me sosiega. Si me preguntaran por qué dejé de verla, no sabría qué contestar. De lo único que estoy seguro es que su ausencia definitiva en mi vida tiene algo que ver con el gran abatimiento que sentí cuando por primera vez le pegué a un perro manso, en alguna de mis aventuras infantiles.


Jaime Alejandro Rodríguez
Bogotá 1970
Bogotá, octubre de 1989 - 2005

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Angelita Desagradecida

Linda Angelita, provocaste ese furor inexplicable que me llevó al umbral de la locura. Quién lo iba a creer: yo, el chico de los cincos en matemáticas, el sensato y aplicado, apenas un niño grande, con una cara que escondía mi verdadera edad, metido en semejante lío. Pero no podrás negar que fui yo el único, linda limeña, flor de la canela, el único que se presentó a tu puerta justo cuando tu más lo necesitabas, en el momento más oscuro de tu vida, y nada menos que para hacerse cargo de lo que encerraban esas caderas in crescendo que te convertían día a día —secreto sólo para mis ojos— en una mujer verdadera. Claro que estaba dispuesto a todo: había planeado hasta el más mínimo detalle no sólo de nuestra fuga, que era lo más fácil en medio de mis alucinaciones, sino, sobre todo, de nuestra vida de ahí en adelante; quizás pobre, pero llena de amor y felicidad, eso no lo puedes negar, como tampoco que decidiste hacerme caso después de que te encontré en el parque llorando, desesperada, porque ya no podías ocultar más al bebito que esperabas y yo supe darte el consuelo que necesitabas y que nadie podía brindarte, ni siquiera el estúpido de tu novio, porque el muy tonto había huido al saber la noticia, y entonces armaste tu valija con algunos trapos, echaste el viejo chal de tu abuela enferma sobre tus hombros y sacaste todos los ahorros de tu madre, pobre Enriqueta. Lo del odio vino después, claro, mi linda limeña, pero cuando partimos en aquella madrugada estabas dichosa y soñabas con que todo saldría bien y hasta me diste un beso en la mejilla que imaginé como preámbulo de lo que vendría después. Pero que tonto fui, un auténtico idiota, porque ni siquiera dejaste que te tocara durante aquellos tres meses de heroísmo absurdo, con el pretexto de que era malo para el bebé, cuando yo había leído en las revistas Luz, que mi madre ocultaba en el maletero del armario, que era precisamente todo lo contra­rio, pues nada había mejor para la salud de la madre y de su hijo que las frecuentes caricias de la pareja, así, incómodo y todo como debía ser, pero no, no y no, te negaste siempre, linda limeña de signo capricornio, mi flor de la canela, cómo es posible que tú no me hayas dado gusto, si nadie nos vigilaba, si el mundo era sólo de los dos y tú no, no y no, tú no eres el padre, no tienes derecho, y yo, como si lo fuera, y ella, ni mucho menos y además siento asco de ti, ni más faltaba, qué tal, y yo ruegue y ruegue, hasta que se acabaron los ahorros de tu madre y te cansaste de mis súplicas, flor de la canela, mi linda limeña; y, claro, cruzamos de regreso el puente y la alameda y nació el hermoso Daniel para orgullo de Enriqueta y de todos los antiguos fiscales de tu libertad y para desdicha y deshonra mías, el hazme-reír del barrio, obligado a huir como una caricatura de los donjuanes fracasados, con la carga de un fiasco inconcebible...



Bogotá 1974
Bogotá, octubre de 1989 - 2005

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12/02/2006

Una utiopia llamada Luisa

Cómo olvidarlo. Semana santa del 73: un viernes soleado, diez de la mañana. Luisa había salido a esperarme a la plazoleta del pueblo, según lo convenido, mientras yo viajaba en bus —ya con retraso— desde la ciudad hacia el lugar de la cita, después de haberme peleado con todo el mundo en casa; armado apenas con un morral de milico que había conseguido en el mercado de los hippies, vestido apenas con un blue jean desteñido y estrecho, una camiseta china muy delgada, sandalias suela-de-llanta, sin medias (claro) y luciendo un cabello libre y suelto que —por fin aquel día— había franqueado la terrible barrera que le imponían mis orejas-de-dumbo; y envuelto por la misma aura vital que dos horas antes, al momento de comunicar a la fami­lia, reunida en pleno, la tremenda decisión de abandonar la casa, se había apoderado de mi cuerpo en forma irremediable.

No cabía de la dicha en el bus-destino-U: los ojos que me miraban (o extrañados o rabiosos o asustados o cómpli­ces) alimentaban mi confianza. Para mi suerte, la música que difundía la radio a esa hora no podía ser más apropia­da: el rocanrol sabrosito que me transporta­ba tan fácilmente al paraíso, a esa especie de edén entrevisto en las películas de Elvis o de James Dean donde sólo hay muchachi­tas flacas y medio putonas encargadas de la dicha eterna.

Así habría de ser mi vida de ahora en adelante, así debía ser. Lo único que me preocupaba era de qué manera habría de integrarme al grupo si no tenía ni la más remota idea de hacer música. Claro que para bailarla y gozarla no había quien me ganara, pero hacerla era otra cosa. En todo caso, me habría sentido más tranquilo si, según lo convenido, Luisa hubiera hablado ya con Lucas sobre la posibilidad de colaborar con los textos, en la composición de las letras, quizás con algún poema mío de esos tan bonitos, tan románticos.

Y no es que Luisa me hubiese plantado, según se supo después, sino que se cansó de esperarme y se volvió para la casa, justo un minuto antes de que el bus destino-U llegase a su destino.

De cualquier manera, no pasó mucho tiempo antes de que me entrara el culillo y entonces ya no supe si quedarme allí (Like a fool on the hill) esperando a alguien que tal vez ya no vendría o regresar (Lucy vuelve a casa), pedir perdón y asunto concluido.

Lerdo como estaba, tardé bastante en tomar alguna deci­sión y, como en toda historia de amor, cuando Luisa volvió al lugar de la cita ya no me encontró, aunque no porque me hubiera devuelto o no hubiese llegado, como pensó ella decepcionada al comienzo, sino porque a esa hora estaba en la alcaldía explicándole a un par de poli­cías corrompidos mi extraña presencia en la plazoleta.

Bueno, el asunto es que por fin nos reunimos en la noche, allá mismo en el caserón, donde Lucas, Gustavo, Blanca, Clara y Leo y una muchachita de pelo largo, liso y negro de rostro divino —cuyo nombre sólo conocería después— esperaban impacientes el hervor de la aguapanela que habría de librarlos del frío glacial que ya amenazaba congelarlos. Mientras tanto, bebieron ron y gozaron con mis estornudos de primíparo (unos alaridos terribles que lanzaba cada vez que intentaba tomarme un trago con esa natura­lidad con que los otros parecían hacerlo).

***

Llegó un momento, entre la media noche de aquel viernes y el amanecer del sábado, en que me quedé inexplica­blemente sólo y comencé a errar por la casa como un zombi.

Aunque no era mi primera visita, sentí de pronto la necesidad de reconocer el lugar; al fin y al cabo ése habría de ser mi habitat de ahí en adelante.

Me habría gustado encontrarme con Leo o con Lucas (Gustavo siempre me causó desconfianza), ahora que me sentía tan bien, para conversar de música. Porque a mí, que quede claro, no me gustaban esas baladitas de Enrique Guzmán o César Costa y detestaba la sensiblería lloricona de Ádamo. Yo, que quede claro, en cuestión de música, lo que amaba de veras era el rock duro, el de Sar­gent Peper o el de los Rolling, el rock duro, el que ellos, la banda de Lucas, se atrevían a tocar. Hasta conocía varias canciones bien berracas, ya se sabe, letra fuerte y ritmo violento. Incluso había pasado el último fin de semana traduciendo las letras de Woodstock: Jimy Hendrix, Santana, Cream, Trafik y, por supuesto, los rocanroleros de siempre: el viejoelvis, Chuck Berry, Bill Halley, música de verdad. Nada de Rafael o del club del clan, nada de eso.

Pero al parecer no había nadie. Arriba encontré los cuar­tos vacíos. Siempre me habían llamado la atención esas habita­ciones desordenadas, llenas de cachivaches y artesa­nías, colchón en el piso en lugar de cama, móviles figuras pendien­do del techo, cobijas regadas. Nada que ver con el cuartito ordenado que todas las mañanas me arreglaba mamá. Pero lo que me fascinaba realmente eran los afiches. Era como si los personajes que re-presentaban estuvieran allí de verdad: el Che, Mao, Marilyn, Nicol, Cristo, Lumumba; como si en serio estuviese allí toda esa gente chévere.

Bajé las escaleras y salí al patio. De nuevo me entró el culillo. ¿En realidad no había nadie? ¿Estarían metiendo droga dura? ¿Qué sería mejor, abandonar todo esto? No. Estaba decidido: cualquier cosa que hiciese ahora tenía que involu­crar a Luisa. No. Fin de las dudas.

Un par de manos se posó sobre mis ojos y sin saber cómo ingresé de nuevo a la casa llevado por ese ángel de pelo negro que ahora ya tenía nombre: se llamaba Inés.

Sobre las baldosas heladas del garaje, al lado de Luisa y de Blanca, sentí que un chorro de lava perforaba mi garganta: acababa de tragarme un vaso de ron de un solo sorbo pensando que era aguapanela. Pero bien, todo estaba bien, sobre todo esa "escalera al cielo" que Lucas había tocado en su guitarra acústica y ese "stream", anuncio de rumba, que se había fajado Gustavo en la batería. Todo estaba bien: las otras canciones que ya empezaban a sonar, la voz de Clara y hasta el triángulo inaudible que tañía Inés con inocencia suma. Todo estaba Bien. Blanca, Luisa y yo, con las palmas, colaboramos en la percusión.

***

Ese sábado, tras la rumba, todavía confundido, presencié un amanecer saturado por la luz ondulante y tibia de mi propia desazón; y (mientras retor­naba el rito diabólico de los pocillos de ron que podían estar llenos de aguapanela o al contrario, y la pared tapizada de afiches —que la noche anterior pareció cobrar vida en medio del convite— volvía a lucir inmóvil, fantas­magórica) sentí que la música suicida de Jim Morrison se deslizaba desde la grabadora con el ritmo de la desolación.

Al medio día, una lluvia fina comenzó a manchar de gris todas las ventanas y el sueño se apoderó de la casa. Después de una siesta más bien corta, desperté de pronto en mitad de una escena dantesca: me rodeaban cuerpos regados sobre la fría baldosa del garaje que soltaban espasmos como de agonía; una pierna, cuyo origen no pude precisar, me impedía moverme y el grito que quise expulsar, y que se me quedó atrapado entre el pecho y la garganta, fue emitido por alguno de esos cadáveres con la resonancia del terror. Pero todo estaba bien.

Todo había estado muy bien. Mis fibras se habían conmovido sinceramente con ese chorro de música que había saltado desde las guitarras: Jimi Hendrix, Janis, the Rolling, la Banda... Todo bien. Había sentido la música por primera vez, incluso con dolor. Había entendido que música es también golpe o color que rasguña la piel; había comprendi­do el sentido cósmico de la voz de Jagger.

***

La plaza de los vientos está situada en el cruce de las tres calles principales del suburbio, cerca de la alcaldía menor y frente a la iglesia. A las diez de la mañana del domingo, podía sentirse ya con toda su fuerza la razón del sobrenom­bre. A esa hora, cada puesto de venta se encontra­ba firme­mente enclavado, no sólo en la glorieta, que era el sitio de más congestión, sino también en la boca de las tres calles que llegaban hasta la plaza.

Se iniciaba, así, la actividad dominical en U; una mezcla de fiesta popular y venta de baratillo. Tal vez las cosas ahora sean distintas, pero entonces, la plaza de los vientos era una especie de ágora donde tenía lugar toda clase de manifestaciones populares. Allí era dónde la banda de Lucas hacía sus presentaciones de rock.

Una de las cosas que más me desconcertó, durante aquellos días en el caserón de U, fue la manera como el comportamiento del grupo variaba sin seguir ningún modelo. Por eso, quizás, tras aquella primera noche medio loca del viernes y la pasividad casi total del día siguien­te en que nadie salió a la calle —ni siquiera para reponer el ron que tanta falta hizo para curar el helaje de la segunda noche, violentamente fría— me sorprendí tanto con la inusitada actividad del grupo. Muy temprano, Inés se levantó, preparó la aguapanela, desper­tó a los demás como una madre bondadosa despierta a sus chiquillos. Luego, con Clara, se dedicó a limpiar y afinar los instrumentos, mientras los otros se vestían y ensayaban coros o hacían bromas muy animados.

A media mañana, por fin apareció Luisa en compañía de Blanca y me explicó que el grupo daría un concierto en la plaza de los vientos en la tarde. Para fortuna de todos, el alcalde menor había sido compañero de estudios de Lucas y por eso había accedi­do con gusto a contratar el grupo para una presentación semanal en la plaza a manera de recreación. Por fortuna, no sólo tenían muy buena acogida, sino que incluso actuaban en las fiestas particulares de la gente del pueblo que así se había acostum­brado a ellos. Era su manera de sobrevivir, no muy conse­cuente a mi criterio, pero tal vez la única.

Aquel primer domingo, mientras escuchaba el nights in white satin con que se abrió el concierto, mientras observaba a los muchachos del pueblo, emocionados y felices, mientras las manos de Luisa aprisionaban mi pecho con ternura y mantenían el ritmo de mi corazón dichosamente acorralado, mientras la música comenzaba a fundirse con el viento y con el sol, yo no podía pensar en otra cosa sino en la suerte de ser partícipe de la maravilla. Estaba allí integrado a un grupo de aprendices del rock, en un suburbio perdido, intentando vivir de un manera bien distinta, sin preguntarme mucho por qué lo hacía, sin cuestionamientos ni temores, sencillamente feliz.

***

... Así viví, así me acos­tum­bré al toquecito dia­rio, místico, pendejo, a esquivar el amor baboso de Gusta­vo, a soportar los berrinches de Die­guito (el misterioso hijo de Inés), hasta que fui esposado, pateado y encarcelado, tras la trifulca en que terminó el concierto del domingo siguiente. Todo acabó a la media noche de ese domingo. ¡Qué ironía! Para enton­ces, ya había agarrado el ritmo del grupo, ya mis crisis estaban superadas. Incluso a esta altura me había resignado a compartir con Blanca su amor por Luisa (que entre ellas no sólo era ese amor entre primas, tan natural, sino un amor más atrevido, más, por decirlo así, carnal) y aunque algunas cosas todavía me incomodaban, había logrado amoldar mi espíritu a esa manera libre de amar que el grupo predicaba (claro que no tanto como para soportar las babo­sadas de Gustavo, quien, gracias a Dios, no pasó de sus insinuaciones homosexuales).

Toda una vida lanzada al carajo, toda una subcultura subyu­ga­da, toda la filosofía de la paz y el amor, toda esa posibili­dad de vivir distinto, el gran horizonte de la libertad sin límites, la tranquilidad interior del hippie que ya estaba adquiriendo, la serenidad del yogui, la beatitud del budista que estaba alcanzando, todo para la mierda: la música rock, el bajo eléctrico —que ya empezaba a sonar tan bien bajo mis dedos—, mis composiciones y mis poemas para la mierda. No era justo que el caserón fuera clausurado para albergar ahora a una viejitas que pondrían su venta de helados, claro que no era justo.

Y en sólo diez días me había ganado la fama de drogadicto, autista y esquizofrénico y si no es por mamá, me llevan a un nosocomio a curarme de la locura. A cambio, tuve que inscribirme en la universidad y pedir perdón ante la familia, reunida en pleno, que al final respiró tranquila porque su hijo pródigo había vuelto a casa, pero sobre todo porque habían logrado desterrar a ese demonio que se hacía llamar Luisa y que por poco arras­tra a Federico a los infiernos.



Bogotá 1973
Bogotá, 1989 - 2005

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10/02/2006

Alcira Abandonda

Sola, la pobre, enclenque, muerta de frío y de hambre, después de tres días de auto-sometimiento absurdo, de heroísmo tajante, de miedo, puro y metafísico miedo, la encontraron allí, en el baño de hombres del edificio viejo de ingeniería, ese antro lleno de obscenidades y amoníaco demoníaco, después que todo pasó y pudimos entrar, estu­dian­tes de último semestre, a esta universidad que todavía tiritaba de miedo por lo que acababa de ser la más san­grien­ta, la más cruda, la más hiju'eputa de todas las acciones conjuntas que policía, ejército y organismos de seguridad del estado habían emprendido jamás contra el ya de por sí débil y decadente movimiento estudiantil. Yo me la había encontrado de nuevo una tarde en la cafetería de Artes y de pura rabia y de puro corrompido (porque unos días antes no había querido aceptar un café que yo le había ofrecido) me empeñé en conquistarla, y dicho y hecho, aunque no sin trabajo, dramaturgia, litera­tura de pacotilla y otras artimañas que me convirtieron a sus ojos en el líder estu­diantil más importante de la universidad, compañera, y el más protegido, claro que sí, por eso no tengo problemas nunca, porque soy el ideólogo más duro de la facción más dura de las brigadas de choque: sin una justificación mía no se mueve un solo dedo del ala militar del movimiento, óyelo bien, ni un sólo dedo, así mija que o sales conmigo o te caes con todo el mundo, y mejor que nadie te tilde de reaccionaria en estos días de tensión, mejor que no, y me la llevé ese mismo día a unas residencias donde conocí sus escasas y tristes carnes y su sumisión ideológica y hasta su devoción por el eros libre y maravilloso que facilitaba la utopía, según ella, en sus dimensiones mas nobles, medio putona también, pero sobre todo tierna y pendeja, la presa perfecta para mis desahogos. Así que, para demostrarle mi capacidad de mando, saqué de la manga la fecha y hora de la próxima protesta y el detalle de cada una de las tácticas que los muchachos de la brigada habían derivado de mi postura estratégica, cosa fácil de saber porque la descripción de las acciones ya circulaba hasta en los salones y grupos más cobardes, una simple conmemoración más, sólo que yo le agrandé sus dimensiones, le ensalcé algunos detalles, supuestamente desconocidos, como por ejemplo el uso masivo de armas de fuego y, por supuesto, la invité a participar y le ofrecí una función específica, no muy peligrosa, pero tan importante para el golpe como para que su éxi­to —y éste estaba garantizado— la colocase en una condición de vanguardia que la haría escalar posiciones dentro del movimiento como nunca nadie antes, y para celebrarlo nos fuimos a inventar otra utopía, esta vez en el apartamento de sus padres, bajo un sol implacable que nos permitió saborear nuestros cuerpos con ese gusto salino del mar que tanta falta le hace a nuestra ciudad. Llegado el día, todo preparado. Nuestro punto de maniobra: el edificio viejo de ingeniería, un lugar mas bien aislado de la acción, y con rápido acceso a todas las salidas en caso de urgencia, muy bien protegido además, porque era allí desde donde se iba a dirigir toda la gesta. Lo extraño es que la celebración tuvo desde el comienzo visos más violentos y audaces que los esperados. La acción se desarrolló con la vehemencia y el vigor con que yo la había exagerado a Alci­ra, con uso de armas de fuego y todo eso, tan fuerte y tan provocadora que la reacción de la policía y del ejército se hizo extrema y pudimos ver (yo y otros compañeros, porque Alcira estaba en el baño de hombres del edificio haciendo de vigía y preparan­do un informe del avance de las fuerzas del estado) cuando el grupo estudiantil de retaguardia fue acorralado al frente, en el edificio de ciencias, vimos cuando un muchacho cayó herido de muerte por la espalda, cuando los policías golpearon con sus carabinas a la multi­tud que se agolpaba contra las puertas del edificio, cuando los vigilantes las cerraban y cuando caían más compañeros que luego fueron levantados y llevados por los mismos policías, vimos también cuando un grupo logró romper las ventanas y subió a la decanatura llevando al muchacho que había caído herido por la espalda y cuando anunciaron que se tomarían el edificio; y permaneci­mos, acosados más por el miedo que por otra cosa, hasta que la universidad fue desalojada, ya en la noche, con lacrimóge­nos, hora en que también nosotros pudimos salir de allí y volver a nuestras casas, seguros de que no volveríamos hasta después de un cierre bien prolongado. Pero tres días después de que todo pasó, tras haber hecho las averiguaciones de rigor, de haber indagado en hospitales, en la morgue, en todas par­tes, me desperté con la imagen de Alcira encerrada en el baño del edificio viejo de ingeniería y corrí a donde un amigo que podía ayudarme a entrar a la universidad, ahora militarizada y evacuada totalmente, y entonces la encontra­ron, sola, la pobre, enclenque, muerta de frío y de hambre, después de tres días de auto-sometimiento absurdo, de heroísmo tajante, de miedo, puro y metafísico miedo, la encontraron allí (porque yo al fin no fui capaz de entrar), en el baño de hombres del edificio viejo de ingeniería, ese antro lleno de obscenidades y amoníaco demoníaco...



Bogotá 1980
Bogotá, octubre de 1989 - 2005

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9/02/2006

Claudia Traicionera

A pesar de los vaticinios de lluvia, decidimos ir al con­cier­to. Creo que ambos estábamos de acuerdo: era preferible salir y asumir las siempre terribles secuelas del invierno a tener que soportar la inamovilidad del encierro y el tedio de mirar ese cielo-raso carcomido, a punto de desplomarse. Claudia y yo lo sabíamos sin decirnos nada; el apartamento se había infes­tado con el olor de nuestros rencores y se había hecho ya inhabitable. Seguíamos unidos por una extraña comunión de acuerdos tácitos, aunque éstos ya no tuvieran el encanto de los primeros, los del amor adolescente; aquel lenguaje que rechazaba las palabras por innecesarias y que nos permitía el goce de reír por trivialidades, inventar locuras y soñar un mundo prohibido, atravesando los caminos del silencio, como única condición. Entonces, la carencia de palabras era un juego que nos obligaba a dar más de nuestro propio cuerpo. Ahora tampoco hablábamos, pero el juego se había convertido en pesadilla; nuestra vida discurría por el canal del único sobreentendido posible: fracaso absoluto de la relación, amor-que-perdió-todas-sus-salidas. Unos minu­tos antes, Alberto, el único ser en el mundo que aún creía en la posible redención del amor, había llamado para invi­tarnos al concier­to de la filarmónica. Conocíamos el pro­grama de antemano y, aunque deseábamos ir, ninguno se había atrevido a partir sin el otro, enredados, como estábamos, en la maraña de la inercia. Después de la llamada resolvi­mos abandonar las horas aburridas del cuarto y salimos, dejando abiertas las venta­nas, con la ilusión de que el viento desalojara, mientras tanto, las dolencias de su interior. Ella, a pesar de mi enfado, se vistió con el saco ecuatoriano, último fetiche de su irreparable libertad; yo colmé mis bolsillos con dientes de ajo sólo para acosarla. Recuerdo que en la calle, por un instante, creí reconocer la ingenuidad de los primeros días: Claudia caminaba adelante, con pasos cortos y rápidos, casi a saltitos, como una niña, y de vez en cuando desviaba su mirada hacia atrás para vigilarme. La dejé tomar distancia para evocar el olor de sus axilas y, con él, fluyó también la sensación del sudor que escurría por su cintura cada vez que hacíamos el amor en su alcoba, bajo el acecho de la madre obsesiva. Y el recuerdo de Ícaro, el azulejo que com­pramos en el mercado de las pulgas para que fuera testigo de nuestro amor, también aleteó en mis venas. Así, redimida por el gris metálico de la tarde lluviosa, me pareció, de pronto, ver a Claudia como era antes y en algún túnel interior tembló esa parte de mí que tanto amó su cuerpo y sus palabras. Al llegar al para­dero, mi sonrisa atropelló su rostro desprevenido. Ella respondió con un gesto sorprendentemente cargado de ternu­ra; un gesto que borró casi al instante, avergonzada, seguro, por el desliz de su corazón.

Durante el intermedio, tuve ocasión de charlar con varios colegas que habían asistido al concierto. Alberto se mostró inquieto por mi prolongada ausencia a clases; luego me describió la grave situación y la tensa atmósfera vivida en la universidad por esos días. Creo que me habló de terro­ris­mo, intervención militar y augurios de cierre, pero mi atención no se concentraba ya en sus palabras; se dirigía hacía la extraña trasparencia del vidrio exterior al edifi­cio de conciertos. La lluvia había formado un velo de gotitas sobre el cristal y, a través de él, pude ver una Claudia distinta, hermosa, infinitamente más joven y leja­na. El verde de sus ojos cortaba la bruma de la tarde. Quizás a su lado alguien hacía bromas, porque la vi reír sin agobio, y los "genial, genial" con que celebraba los aciertos de su acompañante, desmoronaban la ventana. Empecé a sentirme mal. Acepté el café que me ofrecieron en la barra de la dulcería con la esperanza de mitigar así el frío y la angustia que anquilosaban mis manos. Recuerdo que me asaltó intempestiva­mente una convulsión involuntaria en mis labios (el tic de mis primeras adolescencias). Abatido, tuve que separarme del grupo. Al retornar al auditorio, creí desfallecer; una grieta se abrió, como si el tablado hubiera cedido ante mis pisadas. No obstante, logré llegar hasta mi puesto y el tercer aviso me devolvió la calma: Claudia se acomodó en el mismo asiento, a mi lado, fin de los temores. Volví a concentrarme en la interpretación de La Inconclusa. Apenas el oboe inauguró el tema, tuve la impresión de hacerme liviano; una extraña sensación que me permitía contemplar la escena desde la bóveda de la sala sin moverme del asiento. Un estado indes­criptible gracias al cual puede ver cuando Claudia despegó de su silla y cabalgó sobre la ola de un acorde, como en un columpio, contrariando la gravidez de su materia: una alucinación causada quizá por la terrible premonición de su ausencia.

Al evocar aquella tarde, me invade un infinito temor. Los intentos por determinar el momento exacto o la precisa dimensión de esa experiencia se hunden en la incertidumbre. Fue como si, por un segundo, lo hubiese olvidado todo: mi origen, mi nombre, mis problemas. Como si el sonido de los violoncelos hubiera atrapado mi mente confundida (sí, recuerdo que fijé la atención en la fila de los instrumen­tos de cuerda y sentí por primera vez el sueño). Me acuer­do perfectamente que, poco antes, miré a Claudia y la sorprendí dormida. Tuve que ahogar el comentario que desea­ba hacerle. Quizá entonces, cuando apoyé de nuevo mi cuerpo sobre el espaldar del sillón, sentí el placer (o el deseo, cómo saberlo) de no estar allí. Pero tal vez fue después, cuando me acomodé bruscamente, aprovechando el final del movimiento y dejé de pensar en los anteojos de Franz Schu­bert, decidido a provocar la atención de Claudia; un poco por vergüenza, pero también tentado a fastidiarla. Tal vez en ese momento, porque ella se movió pesada y me miró con rencor y entonces le escupí una sonrisa hipócrita que ella rechazó. O más tarde, en aquel instante en que las cuerdas del Adagio volvieron a ganar mi atención y pude congregarme de nuevo en el dramático diálogo de los instrumentos, que expresaba —con una correspondencia aterradora— lo que bullía en mi interior. Sí, fue entonces: me acorraló la confusión y sentí cómo la campana del auditorio se derrumbó de pronto sobre mi cabeza y me encasilló en el asiento. Percibí un crujir en mis mandíbulas y tuve la impresión de saltar; un minuto, apenas, de maravillosa placidez, que atribuí al cansancio acumulado en la semana.

Aquella jornada culminó con el rompimiento definitivo de nuestra relación. Claudia no regresó jamás. Me dejó su ropa y hasta sus libros; la foto­gra­fía de Ícaro sobre su hombro, y el olor amargo de su recuerdo adherido a la pintura desecha por la humedad de ese cuarto inverosímil.

De nuevo, sobraron las palabras: al volver del baño, la busqué entre la multitud aglomerada a la salida de la sala de conciertos. La divisé por fin del brazo de su amigo. Intenté llegar a ella, pero fui incapaz de alcanzarla; llevaba en mi pecho la insoportable carga del horror: poco antes del final de la sinfonía, había bajado para ganar tiempo en el baño de hombres. Durante el descenso, tuve la impresión de estar viviendo un momento pasado y, al entrar al baño, vi un hombre que corrió al interior del orinal. No presté atención: traía demasiado apremio en mi cabeza. Al volver al tocador para lavar mis manos, vi de nuevo al hombre al otro lado del cristal y reconocí en la fascina­ción de sus ojos la indudable semejanza de su rostro. Creo que ambos huimos del lugar hacia salidas diferentes, com­pletamente horrorizados. Afuera, cuando quise correr o gritar, una insólita pasividad se adueñó de mi ánimo y me conformé con observar a Claudia, seguro ya de mi perdición: su espalda oscilante y su cuerpo cada vez más dócil al lado de la sombra de aquel misterioso estudiante, cuyo nombre nunca pude conocer, me enfrentaban a esa brutal certeza.

Desde entonces ya no pude ser el mismo. Abandoné por un tiempo mis cátedras y sólo regresé a la universidad para asistir a los concier­tos, con la vana esperanza de encontrar allí una salida a mis angustia. (¿Cuántas veces he vuelto los sába­dos, intentando invocar, con la repetición, una fórmula mágica que me devuelva los instantes no vividos, los momen­tos anónimos que no quise asumir? ¿Cuántas veces he bajado al baño de hombres y he mirado el espejo del tocador, esperando que el gran viento vuelva a soplar ante mi rostro y me revele sus secretos? Pero nada sucede. Como si la marcha de mi destino se hubiera detenido desde aquella tarde y me tuviera vedado el ingreso a los misterios de mi alma, a esa caverna descono­cida de mi ser que —¡cobarde!— rehusé explorar.


Bogotá 1982
Bogotá, octubre de 1989 - 2005

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